Quinta clase: hablar de cine

Estoy aquí para hablar de cine. Crónica ficción ensayo sobre el 20 Encuentro Nacional de Críticos y Periodistas de Cine, Pereira, 2017.

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Estoy aquí para hablar de cine. Estaba sentado en un avión esperando el despegue, eran las 12 del día, volaría de Bogotá a Pereira. Motivo del viaje: 20 Encuentro Nacional de Críticos de Cine. Estado civil: amanecido. Antecedentes: cinefagia. Todo bien, todo bonito. Heme ahí con mis lentes oscuros puestos, esperando que el animal mecánico despegue y sin prestar atención a las abstraídas explicaciones que daba la azafata acerca de cómo ponerse caretas y salvavidas, porque no me servirían más esas explicaciones de lo que me podría servir un alka-seltzer, además, porque no me gusta salir a pasear con miedo a morir. De repente la voz de un niño irrumpió en el hecho, quitándole solemnidad a esas gallinas uniformadas que eran para mí en ese momento las azafatas.

El niño naturalmente hablaba como si estuviera en su casa, especialmente porque dirigía sus palabras a la mamá y a la abuelita que lo acompañaban. El hogar de un niño afortunado son sus seres queridos. Yo nunca monté en avión de pequeño, mis familiares dicen que sí, pero yo no lo recuerdo. Recuerdo que siempre viajé en buses intermunicipales con la carota pegada a la ventana si era de día, o recostado al regazo de mi madre si era de noche. Me iba quedando dormido mientras las estrellas giraban dentro del marco de la ventana a medida que el bus culebreaba en los caminos que llevan a los pueblos antioqueños. Ese espectáculo que me ofrecía el cielo estrellado girando caprichosamente dentro del marco de la ventanilla de un bus era para mí como ver la mejor película; el esplendor de la naturaleza en bruto como en una película que se llama Baraka (1992, USA), que es un tipo de cine que prescinde del guion en sus formas clásicas y tradicionales para dejar que la imagen hable. Pero que la imagen hable en serio.

En esos viajes en bus, hasta ya estar grandecito, esa era mi película predilecta, la del cielo. Los otros pasajeros se dopaban y se dopan con las películas habituales de un viaje en bus: raperos gringos o estrellitas americanas ridiculizando los roles de la gente común (por ejemplo SoulPlane. 2004, USA); idiota americano tomando malas decisiones durante una hora y media de película para que triunfe una cierta inocencia capitalista (por ejemplo las películas de Adam Sandler); pareja de modelitos a prueba de todo siempre bellos y armados (por ejemplo Sr. y Sra. Smith. 2006, USA); mercenarios psicópatas que se reintegran a una sociedad psicópata (por ejemplo El Transportador. 2002, Francia), o una más de las interminables secuelas y sagas de efectos especiales y paroxismo en el montaje (por ejemplo Rápidos y furiosos 7. 2015, USA o ResidentEvil: Capítulo final. 2017, Canadá). En fin, cine comercial, cine de centro comercial, cine a dos mil pesos en el centro. En todo eso me hizo pensar la voz del niño que irrumpió en mi hecho, no tuve ni siquiera curiosidad por mirarlo, bastaba con escucharlo, era el sonido más fuerte en el avión, ni los motores estaban tan confiados como ese pequeño.

-Adiós Santi, me voy de Bogotá, me voy para Pereira! Adiós tío Pacho, me voy de Bogotá, me voy para Pereira! Adiós Manuelita… Mami ¿por qué no vino Manuelita?-, dijo el niño, o más bien lo gritó.
-Tenía varicela mi amor, por eso tampoco fue a cine con nosotros ayer-, dijo la madre, o más bien lo susurró.

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Estoy aquí para hablar de cine. Pensé. Mirando la ciudad desde un taxi, adivinando la ciudad ajena y rápidamente me percaté de que el taxi tenía cuatro velocidades y el taxista sólo dos temas de conversación: la política o las mujeres. Naturalmente le hablé de mujeres, “permítame contarle mi poética vida con las mujeres señor taxista”, pensé, pero el señor taxista se me adelantó, comenzó una larga y vulgar perorata descriptiva de cómo le gustaban las mujeres, sus palabras eran un espectáculo incómodo para mí. Hablaba de las mujeres como un arqueólogo habla de una lista de inventario: como hablando de cosas muertas y enterradas.

Yo perdí rápidamente la atención, pero dejé que el taxista siguiera hablando; me abandoné a mirar la ciudad de Pereira mientras pensaba que Medellín es la mujer predilecta, la mujer con que uno vive, la compañera, y a Medellín le somos infieles con otras ciudades. Nació en mí la pregunta:
-¿Qué clase de mujer es Pereira?
Estoy aquí para hablar de cine. No es Medellín, es el Valle de Aburrá, pensé. Pereira debe ser más territorios, concluí.
-¿Y cómo va la ciudad, compañero?-, pregunté al taxista. Y al taxista se le borró la sonrisita que traía pintada mientras recordaba sus empolvadas historias con mujeres y poniendo cara de serio pero conservando la malicia simplemente me dijo:
-Mijo, pues ya llegamos-.
Le pagué y me dijo: -En este momento estamos en fiestas-, y fue a mí al que se le dibujó una sonrisita en la cara. Ya llegamos, pensé.

3
Estoy en el hotel en un cuarto que tiene cinco camas. Las probé todas y todas las almohadas. Hay ciertas cosas que yo hago cuando estoy solo en los hoteles, primero me desnudé y leí un poco de un libro que traía de Bogotá, me lo regaló una amiga que parece sacada de Todo comenzó por el fin (2016, Colombia). De repente se hizo tan notoria la ausencia de aquel frío capitalino. Entonces me bañé, cantando canciones de salsa, naturalmente. En el baño de un hotel siempre me hace falta la compañía de Latina Stereo (emisora de solo salsa en Medellín), por eso canto dos y tres y cuatro con el mismo sabor. Ya con la salsa en la cabeza puedo salir a caminar, pensé. Y efectivamente salí a caminar pero ya no pude pensar más, me dediqué fue a sentir.

La crítica cinematográfica consiste, para mí, en explicar por qué una película nos hace sentir lo que nos hace sentir. Después de saber que la película es un artificio pensado, resulta necesario para alguien con afán expresivo determinar cómo es posible que una obra de arte nos haga sentir un instante sublime. Si bien el tema del encuentro en esta ocasión era “El cine y la literatura”, lo realmente importante de este suceso es el encuentro de unos pocos buenos amigos. Si bien yo no puedo hablar de Pereira con dominio, si bien no quiero desglosar los temas, las exposiciones ni las controversias que se desataron del 18 al 21 de agosto del 2017 en Pereira, lo que sí pretendo es explicarles esencialmente lo que es este encuentro: una reunión de gente convocada por German Alberto Ossa Echeverri, director y fundador de los encuentros nacionales de críticos y periodistas de cine en Colombia; esa gente son mis colegas, o sea, sujetos que tenían clara solo una cosa cada uno: ESTOY AQUÍ PARA HABLAR DE CINE.

4
Voy en un bus para Medellín, miro por la ventana el cielo estrellado, esta vez yo no reposo en el regazo, ahora una mujer reposa en el regazo mío. En ese bus seguí siendo niño pero susurraba como las madres, pensando en mis amigos.

Me iba quedando dormido mientras las estrellas giraban dentro del marco de la ventana a medida que el bus culebreaba  en los caminos que llevan a la capital antioqueña. Los amigos, en el recuerdo, eran los arrieros que me iba encontrando. Y es así como hablar de cine es hablar de la vida, esa que es más real que imaginada, que está tan presente y de la cual sentimos, palpamos y nos despedimos de los amigos.

 

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