Viernes, 07 Julio 2017 00:00

Editorial 129: Comunicación popular: un arte que transforma

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Hace casi 13 años que se materializó la idea de Periferia como prensa alternativa, y con ella se avivó el debate por la necesidad de la comunicación popular como proceso para la formación de sujetos políticos, autónomos y transformadores. Una propuesta que aún la mayoría de las organizaciones sociales y políticas, y la izquierda en general, no ha podido o querido adoptar a pesar de reconocer y denunciar a los cuatro vientos el poder de los dueños de los medios masivos de comunicación, y su papel determinante en la orientación de la política, la economía, la forma de pensar y sentir, y en general de la ideología de casi toda la sociedad.

Se ha dicho hasta el cansancio que en los medios masivos, especialmente en los audiovisuales, jamás informan de manera objetiva; que allí no salen las historias de los pobres y de las comunidades que luchan por sus derechos, menos las de sus líderes y lideresas; que en ellos se exaltan a los ricos y se protegen a los corruptos. Al contrario los grandes medios que son propiedad de poderosos grupos industriales o financieros, nacionales y extranjeros, banalizan y ridiculizan los procesos de transformación de los pueblos y los satanizan, les quitan su validez, los convierten en amenazas a la democracia, los condenan para que luego lleguen las demás instituciones a jugar su papel de judicialización o de criminalización. Por eso el asesinato o detención de líderes y lideresas sociales pasa desapercibido o es justificado para la sociedad.

La comunicación nos pertenece naturalmente a todos y todas, porque nacimos con ese don; no le pertenece a los grandes medios y grupos económicos. Sin embargo la sociedad entera les ha cedido esa exclusividad a ellos, y le endosamos el fundamental papel de educar, formar, informar y divertir a nuestras familias. Y es obvio, porque los dueños de esos grandes medios nos entregaron la tarea de trabajar muchas horas y cansarnos al extremo, para que luego lleguemos a verlos y escucharlos, para que nos digan qué hacer, a quién querer y a quién odiar sin formula de juicio. Por eso son tan poderosos, por eso aunque nos manipulan terminamos abrazándolos y reconociéndolos como si estuvieran haciendo una gran labor. Por ello aunque odiemos los impuestos, la corrupción y la violencia, no conectamos a las clases políticas ni a la élite económica con el desastre social y ambiental de la Nación, y más bien señalamos en sentido equivocado, el que ellos nos señalan.

La comunicación popular es núcleo de la autonomía, de la democracia. De la autonomía porque les da la herramienta a las comunidades para que se autorreconozcan, y para que valoren sus propios esfuerzos, sus luchas y sus propuestas sociales y políticas, para que se vean como protagonistas de su propio presente y futuro, y no como gregarios de las apuestas de otros. Y es clave para la democracia porque les permite a los sectores y regiones abandonadas, excluidas y segregadas por el Estado, plantear sus cosmovisiones, su diversidad, sus apuestas territoriales y sus problemáticas, vinculándolas a la lucha por el poder político, cosa que no va a hacer nadie sino las propias comunidades.

Por eso no es poca cosa que un gran medio invisibilice los paros de Buenaventura y Chocó, y las acciones represivas de las fuerzas armadas y de policía contra los y las manifestantes, mientras al desayuno, almuerzo y comida nos muestran las protestas de la oposición en Venezuela, y señalan y denuncian como graves las acciones de la guardia en ese país. ¿Qué diferencia, según los medios masivos, existe entre la violencia de la policía venezolana, y la brutalidad de los escuadrones antidisturbios colombianos, Esmad, que se llevan por delante ancianas, niños y niñas y habitantes de una región que todos sabemos que han sido abandonados y condenados a la miseria y la muerte? Ahí está el centro del asunto, si no nos apropiamos y desarrollamos nuestros propios procesos de comunicación popular, otros nos van a mostrar lo que se les ocurra y con el enfoque que quieran.

Es cierto que las redes sociales podrían funcionar en estos casos para mostrar las injusticias, siempre y cuando cuenten con un importante nivel organizativo y se usen de manera leal, pero jamás servirán, si se usan de manera parcial o espontanea, para formar a esos sujetos políticos que interpreten y asuman un papel transformador de realidades, como por ejemplo la precarización de la labor docente que hoy viven cientos de miles de maestros y maestras y sus familias, y el sistema de educación en general. No obstante, algunos maestros aún no conectan su dura y difícil realidad con los responsables de esta, y hasta los eligen para que gobiernen.

Hoy más que nunca la comunicación popular, que no es solo la prensa, los audiovisuales, la radio y demás, debe resaltarse y ganar un papel protagónico en las luchas que libra el pueblo colombiano. El arte en toda su dimensión también educa, forma y transforma y hace parte de la comunicación popular.

Las organizaciones sociales y populares, los sectores democráticos y progresistas, se deben a sí mismos una reflexión profunda sobre la necesidad de vincular en todas sus apuestas, procesos y proyectos la comunicación como eje estratégico, pero la comunicación que camine hacia la construcción de una nueva hegemonía, una humanista, democrática, con valores solidarios, etc. No hay que perder el tiempo tratando de derrotar a los monstruos mediáticos a través de sus mismos juegos de engaño y posverdad; hay que hacerlo a través de propuestas creativas, nuevas, propias, honestas, que engrandezcan la condición humana de los más humildes y les dé su valor en esta tierra.

Por lo tanto, mientras verdaderamente tomamos conciencia del papel de los medios y la importancia de adelantar proyectos de comunicación popular para nuestras apuestas y las comunidades con las que trabajamos, lo mínimo es apoyar aquellas que ya existen y le han brindado años de esfuerzos a esta difícil contienda, como Periferia, por ejemplo.

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