Segunda clase: lo no contado

La historia no es algo tan explícito, ilustrativo y exacto como nos lo enseñan en los colegios o en documentales de televisión; suele ser una telaraña de hechos que casi siempre quedan más o menos ocultos a los ojos de la oficialidad, es decir, solo lo políticamente correcto o lo moralmente aceptable, es lo que se recuerda a través de los años y aunque esos acontecimientos visibles pueden ser representativos de lo ocurrido, con el tiempo, nuevos paradigmas y principios exigen sacar de la tumba esos lapsus con los cuales la historia cobra un mayor sentido y relevancia.

Repasemos la historia oficial: el 28 de diciembre de 1895, los hermanos Lumiere presentaron en París, Francia: el cinematógrafo, uno de los primeros (y el más famoso) aparatos para filmar  y proyectar la imagen en movimiento, la vida y la luz en una placa fotosensible que evolucionaría con las décadas hasta hacerse digital (los avances tecnológicos han facilitado y empequeñecido las cosas, pero es el mismo principio el que permite grabar la luz). En una de las primeras proyecciones estuvo la contraparte de lo que significó el cine de los Lumiere, George Melies, el mago de la luz, el inventor de los efectos especiales y contador de historias por excelencia. Melies y Lumiere son dos apellidos tan famosos que basta con hacer una búsqueda rápida en internet para descubrir su lugar y su trascendencia para la humanidad. Este artículo no tratará sobre estos indiscutibles genios, sino de dos pioneros en la sombra, una mujer de Europa y un hombre de Latinoamérica.

Alice Guy posiblemente no sea un nombre que con tanta facilidad, como “Lumiere, Scorsese, Tarantino o Godard”, remita a una idea del cine, lo cierto es que Alice fue una de esas primeras aventureras de la luz, capaz de dar su vida por algo sin futuro (en aquel entonces) como el cine, y peor aún, tener que hacerlo siendo mujer en una industria que menospreciaba (y menosprecia) su talento por transgredir la frontera de lo normal, lo típico.

Alice Guy nació en Francia el primero de julio de 1873 en una familia de padres editores, en 1894 consigue el puesto de secretaria en la Compañía General de Fotografía, de Max Richard; empresa que luego sería comprada por Léon Gaumont, quien solo vería en el cinematógrafo un aparato científico más que un medio para narrar; Alice sí predijo el universo y la magia que contenía esa “cajita” y en 1897 Gaumont le confiaría la dirección de la división cinematográfica de la compañía, "siempre que la tarea no le impidiera seguir realizando sus funciones como secretaria". Alice dirigió en 10 años (en la Gaumont) más de 100 películas, entre ellas, la primera superproducción de cine “La pasión o la vida de Cristo” (1906). Leon Gaumont escribiría las memorias de su compañía a partir de 1907, para así sepultar en el olvido a aquella mujer que lo hizo nacer.

En marzo de 1907 Alice parte hacía Estados Unidos con Herbert Blanché, su marido, y fundarían las compañías Solax en 1910 y Blanché Features en 1913 en las cuales realizaría más de 1000 películas, entre westerns, comedias, ciencia ficción, etc., antes de un estrepitoso divorcio, a partir del cual caería en el olvido; como si solo fuera posible ser “alguien” a la sombra de un hombre, Alice fue olvidada y reducida al papel secundario de secretaria o amante de los “grandes productores”, esos a los que su trabajo los nutrió de la grandeza con que aparecen en los libros de historia y portadas de libros.

Sus hijas, sus testigos, las pocas películas que sobreviven al tiempo (implacable con las mujeres solteras) están logrando que Alice recupere el lugar que merece en esta historia y como ellas, miles de caras sin rostro, de historias silenciadas, devoradas por el óxido y el olvido, escondidas por el ego de los hombres, de sus jefes, de sus señores. Alice Guy, pionera del cine narrativo, impulsora de los géneros cinematográficos que aún hoy llenan las salas de cine, una mujer que creyó en las historias, un nombre que no se puede seguir olvidando cuando se habla de los orígenes; Alice Guy, por delante de apellidos como Melies o Lumiere, y muy atrás, casi en el olvido, un Gaumont.

En la telaraña de la historia, hay otro nombre que debería ser siempre recordado, un Quijote de Itagüí, Colombia; una de las primeras personas en revelar y grabar una película a color (“Guatavita, milagro de una civilización”, 1971), con máquinas enteras pirateadas por él desde los tornillos hasta los lentes: Guillermo Isaza, niño necio, indomable, expulsado de cuatro colegios e inventor de máquinas.

Guillermo nació en 1930 y murió en el 2004, un año antes había sido reconocido con el premio “Toda una vida”, por el Ministerio de Cultura. Durante su juventud fabricó cámaras para filmar a color con manuales de la Kodak y aunque sus aportes narrativos o estéticos no dejan de ser experimentos de un inventor, su perspicacia para crear lo aparentemente inútil, y además mantener vivo el valor de lo efímero son los valores que hacen de este hombre alguien inmortal. A partir de mediados de mayo, en el municipio de Itagüí, Antioquia, comenzará el Cineclub Guillermo Isaza con el ciclo “Museos”, este será un espacio importante para recuperar las historias de aquel loco que se gastó la herencia de la tía para inventar juegos de luces y sombras.

Alice Guy y Guillermo Isaza son apenas dos de los protagonistas que por algún motivo no han salido muy nítidamente en los créditos finales de una película llamada cine, que sea esta una introducción a sus vidas y obra, porque también es cine esas películas que nadie ha visto pero que tienen un valor incalculable para la humanidad.

 

 

 

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