Un guerrero de corazón

La jovencita salió a casa de la tía por un helado. Su padre, Eliecer Guerrero, hacía días tenía el antojo de comer algunos, pero por no tener nevera los preparó donde su cuñada. Él la esperó en una esquina del andén de la vieja casa, y muy silencioso, como era inusual, tomó el helado, la abrazó cariñoso, luego dio la espalda y a paso firme caminó por la vereda. La niña, con mirada inocente observaba mientras desaparecía en la esquina de la calle de tierra. Eliecer se dirigió al hospital a atender su afección de corazón.


“Cachucha”, como le decían por cariño sus compañeros y amigos, fue un guerrero incansable, de corazón gigante, altruista y filántropo. Con la sencillez, honestidad y su fuerza en el hablar, inspiraba confianza y autoridad, características propias de un líder catatumbero. “En eso coincidimos todos los que lo conocimos”, expresó su hija Yesica, quien continúa con su legado.

El Tarra se erige como municipio
“Yo era líder comunal pero me tuve que desplazar”, esas fueron palabras de Eliecer en el libro Memoria: puerta a la esperanza. Hacia los años ochenta empezó a interesarse e integrar el movimiento comunal que surgía en esa época en diferentes lugares del Catatumbo, incluido El Tarra, lugar donde vivía. En ese entonces, el campesinado con mucho esfuerzo lograba arrebatarle al Estado pequeños proyectos que beneficiaban a las comunidades, así se fueron interesando por la organización y la articulación en la Junta de Acción Comunal.

Eliecer históricamente integró junto con otros líderes y lideresas la  constitución de El Tarra como municipio, donde su principal propósito era mejorar la calidad de vida de sus habitantes, con programas reivindicativos que se habían logrado en el paro del Nororiente, como la electrificación, la construcción de escuelas, de puestos de salud, de vías y de alcantarillado; además fue pionero en la organización de cooperativas campesinas que contribuían a consolidar una propuesta económica para la región.

Como líder innato luchó incansablemente para que su voz se escuchara. Entonces, comenta su hija, no tenía problemas para hacer las cosas, para protestar y para exigir los derechos de las comunidades. Nada era suficiente para detener el espíritu guerrero de este líder de machete y azadón.

Empieza el exterminio
La violencia paramilitar comenzó hacia el año 1997, cuando empezaron los rumores de la entrada de este grupo al Catatumbo. En ese momento la coca se expandía por algunos pueblos, como El Martillo, Filo Gringo y El Tarra. Poco a poco la violencia se fortaleció y empezaron las amenazas contra el proceso organizativo del cual las campesinas y campesinos eran protagonistas. Con la violencia se rompió el tejido social y apareció la descomposición social y el narcotráfico.
 
“El Diciembre Negro” fue anunciado para el año 1998, pero nunca llegó, lo hizo para el Día de la Madre. Contaba Eliecer que fueron crueles las noticias que llegaban sobre las masacres en La Gabarra. El miedo se vertía como una penumbra oscura sobre la gente de la región, se temía que llegaran los “paracos” en la noche y mataran a todos, por lo que se optó por dormir en el monte. Eliecer estuvo en Filo Gringo, o lo que quedó del pueblito, puesto que los paramilitares al llegar y no encontrar a nadie, saquearon y luego quemaron las casas. En el camino dejaron desolación, 36 muertos se recogieron y enterraron en El Tarra. “Algo que solo puede hacer la gente así de violenta, más que violenta, enferma, psicópata, drogados o no sé cómo se podrá definir eso”, atestiguaba.


Nos persiguen donde vayamos
Inició la odisea. La gente vivía atemorizada, aseguraba el líder. Nadie aguantó la situación y comenzaron a desplazarse. Él lo hizo junto a su familia, inicialmente hacía Convención, donde solo pudieron estar seis meses porque allí también llegaron los paras, el horror, las amenazas y las muertes. Luego se dirigieron a Cúcuta donde trataron de instalarse y reconstruir su hogar, pero las condiciones no fueron buenas, el hambre y el abandono del Estado fue el plato fuerte para las personas que sufrían la barbarie del desplazamiento forzado. Eliecer con su espíritu luchador lideraba el movimiento que articulaba desplazados que provenían de los diferentes municipios del Catatumbo. “Él hablaba y lo escuchaban, porque él inspiraba autoridad y no temía hablar con quien fuese para denunciar y exigir garantías”, dice su hija.

En ese momento, decidieron tomar la Catedral de Cúcuta como refugio para los desplazados. Fue un 16 de septiembre del 2002. Alcira, su esposa, recibió a las siete de la mañana la llamada de su marido, quien le pidió presuroso que se dirigiera junto con los niños a la Catedral. Cuando llegaron allí, ya había varias familias. La condición de desplazados hizo que mucha gente en Cúcuta fuese indiferente, por lo que tuvieron que padecer hambre, aguantar el calor capitalino y soportar las incomodidades en la ostentosa construcción. La curia, por su parte, no se solidarizó, solo quería desalojar a las personas que día a día llegaban a la capital norte santandereana a refugiarse del terrorismo paramilitar. Finalmente, en acuerdo con los sacerdotes, la Defensoría y Acción Social, se hicieron acciones para el retorno de las familias a sus respectivos lugares de origen.


El plan retorno
Eliecer regresó a su tierra, mientras que su familia se instaló en Ocaña y continuó siendo como siempre el hombre luchador. La experiencia paramilitar lo motivó más a establecer varios procesos organizativos del movimiento social, lideró el retorno a pesar de que el Gobierno no cumpliera con lo pactado. Siempre tuvo un plato de comida para llevárselo a quien no tenía, y siempre puso a su familia como el centro de su vida, a pesar de las múltiples dificultades por las que atravesaron.

Pero el destino no quería que viera realizado su sueño, y en el 2009 su corazón no aguantó más, no cupo en su cuerpo, fue tan grande que decidió parar. Su hija lo vería en casa por última vez ese día que fue por el helado.

Share this article

About Author

Cisca
Leave a comment

Make sure you enter the (*) required information where indicated. HTML code is not allowed.

Nosotros

Periferia es un grupo de amigos y amigas comprometidos con la transformación de esta sociedad, a través de la comunicación popular y alternativa en todo el territorio colombiano.

 

Por ello comprendemos que la construcción de una sociedad mejor es un proceso que no se agota nunca, y sabemos qué tanto avanzamos en él en la medida en que las comunidades organizadas fluyan como protagonista. Es en este terreno donde cobra siempre importancia la comunicación popular.

últimas publicaciones

Contacto

Medellín - Antioquia - Colombia

 

Calle 50 #46-36 of. 504

 

(4) 231 08 42

 

periferiaprensaalternativa@gmail.com

 

Bono solidario

o también puede acercarse a nuestra oficina principal en la ciudad de Medellín, Edificio Furatena (calle 50 #46 - 36, oficina 504) y por su aporte solidario reciba un ejemplar del periódico Periferia y un libro de Crónicas de la Periferia.