Cañón, el ermitaño y defensor del páramo

Humberto Cañón observaba fijamente hacia la cumbre del nevado del Tolima mientras nos contaba lo sucedido en su infancia, aproximadamente unos  45 años atrás: “un avión se estrelló a unos pocos metros de donde mi familia tenía la finca, llena de ovejas para la producción de lana, y de caballos para bajar cada tres meses al pueblo a comprar los víveres”. Los vestigios históricos del suceso eran visibles  al llegar a 3500 metros sobre el nivel del mar, en el páramo del Tolima. Hasta ese lugar, ubicado en la vereda Hoyo Frío, más conocido como “Termales de Cañón”,  llegamos gracias a las anécdotas sobre un “ermitaño” que vivía en la base del  volcán del Tolima.

Desde una de las cumbres más altas se visibilizó, luego de tres noches de camping,  aquel lugar que nos recibió  con un desestresante baño de agua caliente  mineralizada. Gigantescas montañas con frailejones de más de dos metros de altura, grandes colchones  de  agua, cuevas donde antiguamente habitó el oso de anteojos, el Valle del Placer, lugar mitológico de la laguna El Encanto, y restos del avión estrellado, se veían desde unos kilómetros antes de llegar a aquel lugar idealizado.

“CAÑOOOOÓN”, gritaba el parcero con quien  iba. Llegamos,  y al fin tuvimos el placer de tener en frente a aquel hombre de aproximadamente 55 años de edad,  que nos recibió con un caluroso saludo y con agua de plantas aromáticas cultivadas por él mismo en su huerta. Él se llamaba Humberto Cañón Salinas, un hombre de figura hosca y dejada, de gran barba y piel tarjada por el frío, y con un gran sentido de la conservación natural. Con sus fuertes manos construyó la piscina termal más paradisiaca del Parque Nacional Natural Los Nevados y quizá de toda Colombia.

Al día siguiente, luego de  un placentero descanso,  escuché atento las anécdotas de Cañón, entre ellas cómo aquel lugar, de un poco más de 800 metros cuadrados de tierra, era la única propiedad que él poseía, dado que numerosas hectáreas pasaron a ser reservas de la sociedad civil con la nueva carta constitucional de 1991. Desde ese entonces el Estado le dejó ese pedazo de tierra  a su familia, y años después, aprovechando el cráter que dejó el impacto del avión, levantó aquella piscina en uno de los lugares más altos del mundo, y  por tal cualidad, un sitio visitado por nacionales y extranjeros. También nos contó que, no pocas veces, cuantiosas fueron las sumas de dinero que le ofrecieron para comprarle ese lugar.
Desde que salimos del bosque alto andino y  empezamos a transitar el bosque de páramo, era evidente el orden militar establecido allí. “No haga quemas, recoja las basuras, cierre los pórticos, cuidamos los bosques y el agua…FARC EP”, se leía en uno de los letreros. En la pequeña  y humilde finca paramuna donde ahora habitaba solitario Humberto Cañón, estaba el mensaje más largo de esa guerrilla. Quizá el único error de Cañón fue haberse criado en ese territorio de páramo, en el cual para inicios del año 2010, empezó la incursión paramilitar. Desde ese tiempo, en distintas ciudades, se empezaron a escuchar historias de montañistas, según las cuales habían empezado a masacrar familias enteras en el páramo del Tolima.

En el termal de Cañón contemplamos las escarpadas montañas, vimos las alucinantes noches estrelladas, compartimos historias en el caluroso rancho de Humberto, y leímos las dos bitácoras cuidadosamente guardadas por él. Las bitácoras eran  memorias escritas de las personas que llegaron al termal y decidieron dejar sus vivencias, sentires y pensares en aquellos robustos libros.  Había mensajes de superación, de heroísmo, de amor a la naturaleza, de entusiasmo, y en definitiva, de todas las cosas más sublimes y bellas que salen del alma humana. “Esos son mis tesoros”, decía Cañón mientras se fumaba un cigarrillo.

Pasados tres días, levantamos la carpa  para empezar a descender. La despedida fue emotiva, conmovedora, pero al mismo tiempo revitalizante. Dejar al ermitaño en su soledad, sabiéndolo empoderado de su riqueza, generó profundas reflexiones.

Pasaron entonces varios años. Transcurría el 2010, cuando de repente, me sorprendió ver a Humberto Cañón siendo entrevistado por noticias RCN en el noticiero del medio día. Él hacía la invitación a conocer el “Termal de Cañón”, ubicado a unos 4000 metros sobre el nivel del mar, en la base del volcán del Tolima.  Al año siguiente, luego de unos meses de la entrevista, la última noticia que tuve  fue que a Cañón lo habían asesinado con arma de fuego y arma blanca  al mismo tiempo. Esto ocurrió un sábado por la tarde  en el mes de marzo, luego de un baño de agua caliente en su piscina. No hay claridad sobre quién asesinó a Cañón, si fue el Ejército Nacional, las fuerzas paramilitares, la guerrilla o la delincuencia común, lo cierto  es que hacía  poco tiempo había sido  víctima de un atentado y que ahora el termal estaba en manos del Parque Nacional Natural Los Nevados.

Han pasado seis años, y todavía hay impunidad frente al asesinato de Humberto Cañón Salinas, el “ermitaño”. La justicia  argumenta que su asesinato fue “al parecer por venganza”. Seguramente, bajo esta premisa, nunca se encontrarán a  los culpables, porque se trataba de un humilde hombre, con sentido de pertenencia, ligado a su territorio y que se opuso a la venta de su tierra para el desarrollo de grandes proyectos turísticos. Humberto Cañón era un amante y defensor de la vida en los páramos, y esa condición le costó la vida.

¿Cuál era el afán de los asesinos por la desaparición de todo rastro de memoria física en la base del volcán del Tolima? ¿Dónde estarán  las bitácoras, baluarte de Humberto Cañón, el “ermitaño”? Algunas personas dicen que las quemó el Ejército Nacional de Colombia, otras que fueron hurtadas por particulares, o que fueron tiradas al fondo  de la piscina y por lo tanto se deshicieron  sus hojas.  Lo cierto es que el termal sin el ermitaño carece del misticismo, el encanto natural y la  fraternal acogida de uno de los hombres que vivió en uno de los lugares más  recónditos, altos y  hermosos de Colombia.

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Edwin Cortés Jiménez
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