Digna y la ciudad de márgenes

Un  día de abril Digna caminaba por el sector entre la canalización de la quebrada La Iguaná y la Universidad Nacional en Medellín, al costado del cerro El Volador. Sus recuerdos vinculados a este barrio de infancia fueron la fuente de su emoción cuando, pasando el puente de la 65, vio un espacio banqueado entre las casas que ya comenzaban a formarse por este corredor.

Con la urgencia de un lugar para vivir y criar a sus tres hijos, comenzó a preguntar  puerta a puerta por el propietario de aquel terreno que ahora parecía abandonado, a pesar de tener señas de haber sido trabajado. En su insistencia dio con una mujer que le dijo que su hija lo había banqueado pero se había ido para Cartagena, y  no vio ningún problema en cedérselo.

La construcción comenzó una vez la oscuridad fue suficiente para que Espacio Público no molestara. Eran las 2:00 de la mañana.  Digna y sus tres hijos, Juan Pablo, Anthony y Juan Esteban, acompañados por tres vecinos del sector, comenzaron la construcción en todo el borde de la canalización, una construcción de esas que se abren espacio en una estrecha ciudad como Medellín.

El clima de aquella noche no fue benévolo. Pronto la lluvia comenzó a caer, pero esto no evitó que sus vecinos siguieran levantando la casa, mientras Digna y sus hijos se resguardaban bajo un plástico. Ya agotados y con la dificultad en medio de la oscuridad, el ánimo se sobrepuso de nuevo como al inicio, cuando Diana, la vecina de al lado, iluminó con una bombilla lo suficiente para que estos tres hombres terminaran de construir la nueva casa hasta las 4:00 de la mañana. “Fue un 24 de abril, eso es algo inolvidable, uno cómo se va a olvidar de qué día hizo su casa, porque esa era mi casa, no un ranchito, es que yo soy  muy creída ¡hay que darle vida!”, recuerda Digna con su habitual manera de chancear mientras conversa.

Al fin la casa estaba lista, y esa mañana la habitó una satisfacción digna de un hogar que se hace con esfuerzo. Ahora solo faltaban algunos detalles: el piso por ejemplo había que terminarlo de aplanar, luego había que armar la cama y ubicar los pocos muebles que habían recolectado. “En principio con las tablas se veía como un ranchito, entonces volví al botadero y me encontré uno de esos tapetes de caucho que son como de carro, me encontré muchos partidos en cuadritos, y los muchachos de allá como tienen los mototaxis, y como uno maneja la energía y Dios siempre está con uno, me los  bajaron porque eso pesaba mucho. Con eso entapeté toda la casa y puse una lona que es como de carpa, ya no se veían las tablas, eran las paredes blancas, yo tenía mi casa”, cuenta  Digna Marilen Torres, de 33 años, y quien vivió los últimos cuatro en la que muchos llamaron La Comunidad Los Ranchitos, un  grupo de casitas asentadas a la orilla de la corriente de agua que aún resiste a la voraz urbanización en el occidente de la ciudad.

Desde que construyó su casa, la rutina de Digna se acomodó al barrio que habitaba. Se levantaba a las 5:00 de la mañana, a las 5:30 despachaba a Juan Pablo, su hijo mayor jugador de futbol, a las 6:30 al segundo, Anthony, quien practica taekwondo, y a las 8:00 llevaba al kínder al más pequeño y más inquieto, Juan Esteban. Luego se dedicaba a los múltiples quehaceres que implican un hogar,  al terminar con estos salía en dirección a la Plaza Minorista, a unas escasas cuadras, y allí surtía el maíz, el aceite, el azúcar y la esencia de vainilla para su negocio de arepas de chócolo.

De la boquilla de un recipiente para salsa dejaba caer un par de gotas de aceite en una  plancha que le prestaban por el Estadio. Con la experiencia conseguida hasta ahora, Digna no necesitaba de un molde para que la masa tuviera la forma ideal de una arepa. Por lo general se demoraba una hora para producirlas; una vez listas las empacaba de a cinco, y luego salía a venderlas con Anthony, a quien recogía del colegio al medio día y quien le seguía el paso por los diferentes locales cercanos a la calle Colombia, donde vendía algunos paquetes y fiaba otros. “Ojalá tuviera una microempresa” expresa Digna, quien en un buen día lograba producir 18 paquetes de arepas.

Sin embargo en el pasado, según relata, le tocó rodar. Cuando vivió en el barrio Olaya, en la comuna siete de Medellín, su hermano prestó un dinero y fue asesinado. Entonces los paramilitares del barrio le empezaron a cobrar a ella esa deuda, y la zozobra crecía igual que el último hijo dentro de su vientre. “Me daba miedo salir, me miraban y se reían”, dice. En ese momento se dedicó a vivir encerrada, con el creciente rumor de que este grupo que ejercía el control en el barrio iría tras ella por una deuda ajena. En medio de esto, y con ocho meses, nació Juan Esteban; ella recuerda que se mareaba y  le dolía la cabeza al alimentarlo. Con la preocupación por su vida y la de su hijo recién nacido, bajó de peso y llegó a ser talla seis, cuando normalmente era diez.

Un día el rumor llegó, se tenía que ir del barrio porque la iban a matar, pero ella no le prestó atención a eso, sólo  hasta que una señora  del barrio tocó su puerta e insistió en que no podía esperar. Con lágrimas en sus ojos, salió de allí apenas con un morral; adentro de este llevaba unos cepillos, los papeles, un tetero, un tarro de leche y unas pocas prendas de sus hijos; en un brazo cargaba a su pequeño y con el otro llevaba al del medio. Así comenzó a rodar.

Las tías de ella los recibieron en una casa en el barrio Belén, sin embargo allí ya vivían 11 personas y  para entonces Digna no tenía un trabajo. Aunque los primeros días todo fluyó  bien, pronto comenzaron los problemas entre tantas personas viviendo en poco espacio, así que Digna decidió mudarse de nuevo donde una amiga que le ofreció un espacio en el barrio Santa Lucía. Allí no pararon los problemas. Los conflictos entre su amiga y su esposo comenzaron a preocuparla. Durante tres meses que vivió allí le tocó ver múltiples peleas, algunas terminaron en actos de agresión y esto comenzó a afectar a su hijo Anthony, que se retraía al ver esto, “sentía que le hacía mucho daño a mis hijos”. Así llegó a dar a La Iguaná.

Al regresar a su casa de vender arepas de Chócolo, Digna le dedicaba tiempo a sus hijos. A ellos les  preguntaba por sus tareas, aunque negaban tener alguna; les ayudaba, bañaba al más pequeño y  después les preparaba la comida. A las 8:30 de la noche todos ya estaban durmiendo en su hogar. “En mi caso no hay figura paterna, entonces tengo que hacer de los dos, no todo sale siempre bien, no todo sale como uno espera, pero todo es una lucha, y con los hijos no es hasta donde uno pueda, sino hasta donde no pueda también”, afirma convencida.

El rumor de tener que partir volvió a aparecer en la vida de Digna y esta vez el miedo lo compartió con todos los vecinos de las casas autoconstruidas a un lado de la canalización. Llegó una notificación de la Alcaldía que decía que sus casas serían desalojadas,  para recuperar un espacio público que nadie reclama, pero que responde a las márgenes trazadas  en los planes de ordenamiento territorial de la ciudad. Esta vez Digna se preocupó porque además de no saber hacia dónde ir y tener que emprender una travesía forzada por la ciudad, nuevamente está esperando dar a luz.  

El desalojo, anunciado para el 28 de marzo, se llevó a cabo a pesar de la resistencia de la comunidad y la solidaridad de un grupo de estudiantes de la Universidad Nacional, que a través de un campamento pretendían impedir que este grupo de alrededor de 107 personas, entre ellos la familia de Digna, fueran dejados en la calle. La noche anterior Digna acompañó la actividad hasta tarde, y ante la insistencia de los jóvenes de que fuera a descansar por su estado de embarazo, se fue a dormir a su casa, pero muy temprano, en la madrugada, el ruido con la presencia de la Policía, el  ESMAD y  los funcionarios, la despertaron. Quisieron instalar una mesa de negociación con la administración, poner una tutela para frenar el desalojo, pero ambos intentos no dieron resultados, y optaron por sacar a la carrera los pocos enseres que podían y desplazarse hasta el coliseo de la Universidad Nacional. Allí lograron la interlocución con las entidades públicas.

Ahora, su familia se encuentra fragmentada, sus hijos mayores están viviendo con unos familiares, y Digna junto su hijo menor se encuentra en una casa de un estudiante que se volvió albergue.  Restan los días de abril para que su nuevo hijo nazca; la travesía de  Digna por Medellín persiste.

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Miguel Ángel Romero
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