El salvador de sombrillas

Luis Carlos Holguín nació el siete de noviembre de 1952, en Amagá Antioquia, tierra de café y minas. A los siete años se fue de la casa, pero desde mucho antes ayudaba a su mamá ya que era el mayor y porque su padre ausente, que era de familia acomodada, no respondió por los hijos.  De su infancia recuerda una época de sufrimiento y lucha al lado de su madre, quien murió en 1965 arroyada por el tren, en Puente Venecia en Antioquia, cuando él tenía 13 años. –Los vecinos me contaron que ella entró al túnel y no se percató de que el tren venía y la arroyó, la volvió pedazos. Cuando me contaron que había muerto yo estaba en Angelópolis en una finca, y unos conocidos me dieron la mala noticia. Yo no les creía, y sí, era cierto–, dice con tristeza.

En ese momento en el que su madre murió, Luis empezó a perder el vínculo con sus parientes, con su tierra y hoy dice que no tiene hermanos aunque a veces los recuerda, pero son pensamientos que no habitan su corazón y no llaman su alma. Por ejemplo hace más de diez años no sabe de su hermano Miguel Ángel Holguín, y teme que haya sido afectado por la avalancha en Mocoa.

Luis, un hombre bajito, de cabello canoso ondulado y bigote que pasa el labio inferior, pero que no llega a la barbilla, empezó a trabajar con un arriero, de él  aprendió a cuidar a los animales, a tratarlos, a sembrar la caña, a cortarla y a sacar la panela. Estuvo en las máquinas de molienda y conoció todo el proceso. Los dos hombres iban desde Angelópolis hasta Titiribí, bajaban por Amagá e iban a Armenia Mantequilla. También conoció el Tolima, allí aprendió a cocinar y a hacer la chicha de cabeza de arracacha.

El hombre de rostro redondo, frente amplia y nariz achatada, habla rápido y con seguridad sobre sus múltiples trabajos, entre esos el de ordeñador profesional, el cual desempeñó en varias fincas ubicadas entre La Ceja y Rionegro, en Antioquia. Él asegura que ha llegado a ordeñar a mano hasta 78 reses desde las cuatro de la mañana hasta las nueve. Luis Carlos fue una suerte de errante por Antioquia, y mientras inició a contarnos cómo empezó su trabajo reparando sombrillas, nos dice que las cosas que pasan en la vida son parte del proceso, y que no siempre regresar a los mismos sitios y con la misma gente es una buena opción.

Mientras busca una varilla de aluminio entre cientos, en un cajón, recuerda que  muchas veces se ha sentido más en familia con aquellos que no llevan su sangre. –Yo he tenido hasta siete hijos adoptivos, que me han correspondido como hijos, me visitan, y preguntan por mí–, dice. Las dificultades económicas lo han hecho trabajar como celador nocturno en Amagá, y también como cotero, desde ese oficio conoció a una mujer, y en 1998 el amor lo llevó hasta Medellín, donde experimentó un cambio de vida que él define como muy bravo por su ignorancia.

–Yo estudie hasta primero de primaria, por mi desempeño me pasaron a segundo grado, y en Angelópolis a tercero. Yo he sido bueno para el estudio pero lo dejé porque necesitaba trabajar.

Yo aprendo con mucha facilidad–, dice mientras esboza una leve sonrisa debajo de su bigote blanco, estilo inglés.  

Él se define como un matemático y nos habla de los números naturales, fraccionarios, y los racionales, cosa que pocos bachilleres saben distinguir ahora. Luis Carlos, quien colecciona piedras raras que se encuentra, continuó sus estudios después de los 40 años, pero solo llegó a quinto grado, según dice, porque tiene un problema de bipolaridad.  

Cuando llegó a Medellín no sabía hacer nada. Bueno, solo sabía cargar bultos, ordeñar vacas, sembrar la caña, hacer panela, además sabía vender, cargar y vigilar. Por eso, cuenta cómo empezó a vivir de este oficio:
“Yo vendía mazamorra por acá en el Centro de Medellín y un día una señora llegó con una sombrilla mala y yo traté de arreglarla. Lo único que hice fue organizarle un alambrito. Yo no tenía ni idea de eso, ni herramienta. Después un amigo que trabajaba acá en el pasaje comercial de San Antonio me dijo que me iba a enseñar a arreglar paraguas, pero lo hacía como a medias, y yo quería entender mejor, entonces al tiempo cogí y le desbarate una sombrilla y él me dijo: ¡Hombre como me desbarata toda la sombrilla! ¡Eso no se hace así! Y le hice armar eso de nuevo, completica, y así aprendí de una vez por todas”.

En la entrada sur del pasaje comercial, al frente de locales cerrados por moras en el pago, está el local, atiborrado de cajas con repuestos de sombrillas de diversos estilos y formas, que él distingue: las elegantes de hombre ejecutivo, conocidas como clásicas con bastón, las automáticas, las compactas o plegables, las burbujas, las infantiles, las de diseñador o de alta costura y las rompe vientos, además tiene parasoles, sombrillas gigantes que casi le doblan en tamaño al hombre.

Luis Carlos consigue los repuestos con los habitantes de la calle, ellos llevan lo que encuentran y les da 500 pesos por cada paraguas. Esa es la única manera, según él, de tener repuestos,  porque comprar repuestos a China es imposible, ya que se le tiene que comprar por millones, y los repuestos en Colombia no los hacen. Entre los repuestos más difíciles de conseguir están los mangos o cabos, porque es la parte que más rápido se dañan.

El reparador de sombrillas asegura que ha generado un método de velocidad.
–Yo generé un sistema de velocidad para reparar la sombrilla, ¿sabe por qué? Porque yo soy ambidiestro, los ordeñadores necesitan ser ambidiestros y eso me ayuda a ser rápido y arreglo la sombrilla en minutos. Esta forma de trabajar ha hecho que no se le queden sombrillas.

Mientras pone un clavo pequeño para unir dos varillas dice:
“Yo le pongo una varilla o dos al paraguas por el mismo precio, por una razón muy elemental y es que para poner una o dos debo hacer el mismo proceso, es decir desarmar el objeto. Reparo una sombrilla desde 2000 pesos. Y para mí, sea la sombrilla que sea, es desechable, excepto los parasoles, los cuales reparo en un día y puedo cobrar por lo menos 30 mil pesos”.

Entre las herramientas que tiene en su cajón de madera, lleno de partes de sombrillas, hay agujas, hilos encerados, alicates, pinzas, alambres, clavos pequeños y a un lado una suerte de yunque delgado y pequeño donde apoya la sombrilla para remachar. Luis señala que de las cosas buenas que tiene su trabajo es que diario hay plata, siempre alguien necesita reparar su paraguas y no importa si es en invierno o en verano.

Luis Carlos, con su baja estatura ha rodado por diversas ciudades, como las sombrillas que él arregla, y de tantos oficios y trabajos ha sabido sacar lo mejor para su vida, así como aprovecha cada parte de las maltrechas piezas, y evita que hagan parte de las toneladas de basura que arroja la ciudad.

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Saúl Franco
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