Mi amigo Carlitos, el reciclador

“Yo tenía en uno de los costados del parque principal un puestico de mangos, duré casi seis años con él, este me dio el sustento diario para mí y mi madre. Ponía los mangos encima de una cajita de plástico blanca, la recuerdo muy bien, y con unas varillas que servían de patas para que quedara como una mesita. Vendía de todos los precios: desde $100 hasta $500. Los conseguía trepándome en los árboles frutales de las veredas del corregimiento donde vivo: San Antonio de Prado, en Medellín. Con lo que alcanzaba a vender en un día compraba unas panelas, arroz, dos huevos y varias papeleticas de café para llevarlas a mi casa, donde vivo con mi mamá. Ella está ya muy viejita; con sus 84 años de vida ya tiene dificultades para caminar, y casi todo el tiempo está quieta en la casa.  

Esa era mi rutina de todos los días, hasta el día que entendí que la situación económica estaba muy dura. Recuerdo que una tarde mamá llegó al puesto de mangos para pedirme algún peso para comprar lo del almuerzo y no había ni vendido $500, esa noche conversando con ella en casa le dije que ese negocio estaba muy malo. –Claro mijo, ni para comprar dos papeleticas de café alcanza–, me contestó. Entonces decidí rebuscármela de otra forma. Yo no iba a dejar que mamá aguantara ni que se muriera de hambre. Uno no puede dejar morir de física hambre al ser que le dio la vida.

Es que a uno de 49 años dónde lo van a contratar, dónde voy a conseguir trabajo en una empresa con todas las prestaciones y seguridad social. A uno viejo y acabado en ninguna parte lo contratan legalmente. En esos días de desolación, tratando de vender los manguitos, fue cuando se me apareció la virgen en un pensamiento, una idea para salir de este apuro. Me dije: Carlos Arturo, me voy a poner a reciclar. Y pensé que cuáles eran los lugares donde no pasaban reciclando, y fue cuando decidí coger una ruta algo larga para ensayar. Conseguí dos costales de malla, de esos rojos, me los colgué en cada hombro y arranque a caminar loma arriba. Las primeras veces el recorrido era desde el parque principal del corregimiento hasta la vereda Montañita; entraba al lugar que llaman “La Quesera” y volvía a bajar dando una especie de vuelta, eso es como 6 kilómetros en total. Fue un martes, nunca se me olvida cuando empecé, porque ese día es que pasa el camión de la basura por esas veredas. Recogí tanto reciclaje que cuando bajaba llevaba los dos costales llenos, y en las manos como podía también cargaba reciclaje, bueno, lo que creía que era reciclaje, pues no todo lo que llevaba se podía vender. Yo pensaba que todo lo que las personas botaban servía para venderlo en la chatarrería.

Con el pasar de los días los habitantes de la zona me fueron conociendo y dejaban al lado de la basura que se lleva el camión, las bolsas con el reciclaje. Y aprendí con el tiempo que lo que a uno le sirve es papel, cartón, envases de gaseosa grandes, y chatarra, que es por la que mejor pagan.

Con los cinco años que llevo en el reciclaje, he aprendido que no todo se puede ir a vender el mismo día que se recoge, toca ir guardando en la casa, especialmente lo que es la chatarra. El reciclaje cambia mucho de precio. Lo mantengo bien organizado, porque hay que separarlo bien, estripar bien las latas, clasificar el papel archivo de los otros, el cobre, el aluminio, no solo es recogerlo, toca arreglarlo bien para que no lo rechacen donde lo vendo, y no pierda tiempo en la bodega, entonces llevo todo a la casa y allí lo clasifico muy bien. Por eso es que en la casita organicé varios lugares para mantenerlo, muchas veces esa chatarra me ha sacado de unos líos impresionantes. Es muy difícil ahorrar plata en estos tiempos que todo es tan costoso y toca vivir del día a día. Guardar la chatarra es como tener unos ahorros para el día que suba el precio y llevarla a vender.

De las situaciones que le pasan a uno por ignorante al principio, fue la vez que llevaba las botellas de cerveza a la chatarrería, allí me pagaban por kilo de vidrio, pero si las vendo directamente en las tiendas me dan $100 por botella, así le gana uno más.

Donde vendía el reciclaje, le caí bien al señor, porque yo desde siempre he sido una persona muy humilde y honrada. Un día llegué con tantos costales trepados en mi hombro y sudando hasta petróleo, como dicen. El señor me propuso prestarme una carreta pequeña que no estaba usando, con la única condición que mientras la usara fuera construyendo la mía, esto para que me fuera más fácil transportar todo el material. Ese día salí empujando la carreta del negocio, y con la chatarra que iba recogiendo en los recorridos fui haciendo la propia. Solo me quedaba faltando pagar a un soldador para armarla y comprarle las llantas, entonces un señor que me regala el reciclaje me prestó la plata y así pude terminarla.

Uno de los días más alegres que tuve fue cuando la armamos. La organizamos muy bien, con llantas grandes para que me quedara fácil moverme al subir y bajar con el reciclaje, y con varas largas para poder agarrarla. Mi carreta es única en el pueblo, quedó lo más de bonita, y pintadita toda azul. Cuando bajo muy cargado la gente me grita: ¿Carlitos compró un camión o qué?

Los martes y los viernes son los días que voy a recoger el reciclaje en la vereda, porque son los días que pasa el camión de la basura, y los otros días me dedico a organizarlo bien. También hay días que voy a ayudarle al señor de la chatarrería a organizar todo el material que le llega, otros días hay personas a las que les recojo el reciclaje que me dicen que les ayude a arreglar el techo de la casa, a trastearse, a limpiar la finca, a revolver la mezcla para tirar segundos pisos, y yo estoy dispuesto a ayudarles para lo que necesiten. Es como un servicio mutuo”.

Carlitos saca de su bolsillo un imán grande, lo pone encima de una lata, y esta no se pega, entonces coge la lata y la mete en una de las bolsas de la basura. “Mire esto, no sirve de reciclaje. Señor, hoy en día las cosas no las hacen como antes, ya todo es basura, y hacen las cosas con pasta, todo es desechable, como la vida misma”.

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Arturo Buitrago
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