Llamarlo por su nombre: crónica de un aborto clandestino

Era un lunes cuatro de enero cuando percibí que mi cuerpo empezaba a sentirse algo diferente, mis pechos se hinchaban y me dolía el abdomen. Supe que tenía que hacerme un chequeo, así que fui a uno de los laboratorios en el que las pruebas de sangre tienen un mínimo valor de 12 mil pesos. En una sala de espera pequeña como las que suelen estar en los laboratorios de los barrios pobres me extrajeron sangre. Luego de cinco minutos la enfermera, con emotividad, me entregó un sobre con los resultados y dijo: “felicidades, ya eres madre”. Todo en ese instante se derrumbó y sentí que mi profesión y mi vida estaban dando un giro que quizá nunca daría vuelta atrás.

Para ese entonces vivía y trabajaba en uno de esos lugares adentro, bien adentro de la tierra, en el corazón de un páramo, en la tierra luchada y defendida por los indios y campesinos que agitaban las banderas de rebeldía; pero justo en ese momento estaba pasando vacaciones en la ciudad. Por eso lo que más me preguntaba a mí misma era cómo mantener un embarazo en la ruralidad del país siendo madre soltera, porque era cierto, sabía que la compañía del hombre cobarde que germinó en mí, era de esas que solo responde a instintos carnales de una noche, mas no de esas que te alientan al calor de la solidaridad. Por eso, bajo mil interrogantes, busqué posibles soluciones en la web y vi entre ellas un fármaco que podría ayudarme. Parecía sencillo y por eso llamé a varias amigas pidiendo su opinión. Todas respondieron positivamente. En una de esas páginas había un anuncio con un número de teléfono que decía pastillas en Medellín, Manizales, Cali, Bogotá y Pereira. Al llamar inmediatamente me contestó un hombre de voz gruesa y le consulté. Me dijo: “se las llevamos a su casa y tiene un costo de 80 o 120 según la dosis”. Acordé una cita en la plaza principal y colgué. A las dos horas estaba allí sentada, con las piernas temblando pero segura, porque si algo me dejó ser una mujer feminista fue afirmarme a mí misma que ser gestante debe partir de un deseo más no de una obligación como única opción de vida.

Al trascurrir un rato llegó una mujer de unos 40 años al lugar pactado. Ella era la encargada de entregarme un sobre con unas pastillas adentro. Le pregunté cuáles eran las instrucciones, me explicó paso por paso, luego le pregunté si esa era la única entrega que realizaría ese día, y ella respondió: “Son aproximadamente unas 30 o 40 dosis que entrego por toda la ciudad cada día. Tranquila no eres la única”. Me sorprendió pensar cuántas mujeres, cuántos cuerpos, estarían en mi misma situación.

Esa noche, quizá una de las más largas de mi vida, me introduje la dosis como me fue explicado. Según calculaba, solo tenía 15 días de gestación y el proceso debía ser corto, sin tanto dolor. Me recosté y esa noche, al parecer, todo había pasado.

Una semana después viajé de nuevo hacia mi lugar de trabajo, que como ya había explicado es un lugar rural. Luego de unos días debía hacerme nuevamente la prueba de embarazo para confirmar mi aborto. Bajé al pueblo que quedaba a 4 kilómetros de la vereda donde habitaba y me realicé la prueba. Para sorpresa mía aún salía positiva. Opté entonces por hacerme una ecografía transvaginal.

La ciudad más próxima en la cual podía hacerme el procedimiento quedaba a 3 horas y media, por eso cogí el chivero que atravesó las espesas montañas de la cordillera central y llegué al sitio. Es difícil describir lo que es sentir y oír algo dentro de ti. En realidad son dos cosas que se cruzan, la racionalidad y la emotividad, es una batalla incesante en donde todo pasa por tu mente, desde las viejas estructuras conservadores que nos han instalado en nuestras mentes hasta las ideas progresistas que estamos construyendo día a día.

Nuevamente la odisea. Esta vez sería más difícil que la anterior porque sería la segunda dosis y tenía que ser más alta. Estaba en un lugar alejado y abandonado por Estado y no tendría el acompañamiento adecuado para efectuar el procedimiento.

Esa noche recuerdo que llovía a cántaros, el frío era abrumador y la oscuridad y soledad como en toda zona rural era insoportable. Realicé el procedimiento. Esta vez fue diferente. Los dolores se intensificaron a tal grado que sentía que me iba a desmayar, vomité toda la noche, el frío hacía que mi cuerpo temblara cada vez más, las contracciones eran muy fuertes y el sufrimiento era gigante. Por fortuna tuve la compañía de una gran amiga, compañera, cómplice y madre, una mujer luchadora y solidaria. Gracias a ella pude resistir, porque sin la voz de solidaridad que emitimos cuando las mujeres nos juntamos, hubiera sido imposible persistir. La noche acabó y con ella su espantoso sufrimiento.

Pasó una semana, mi aspecto era pálido y mi cuerpo se sentía débil. Para reponerme de una mejor manera recurrí a métodos ancestrales de limpieza del útero, como la ruda. Durante toda la semana hice bebidas de esta planta con la que millones de nuestras abuelas y madres abortaron. Sin embargo, mi espíritu continuaba débil, necesitaba el calor del hogar porque solo allí, en los brazos de otra mujer fuerte como el roble que es la madre, era donde podría reponerme. Cogí una kía para viajar a la ciudad de Popayán y allí dirigirme a mi ciudad natal.

Mientras esperaba en la terminal de trasportes de la ciudad blanca, sentí que algo grande empezó a bajar de mi útero, era como si toda mi matriz se comenzara a desprender. Entré inmediatamente al baño. Cuando observé, la hemorragia era tan grande que ni mis manos la podían controlar. Asustada, devasta, sola, en una ciudad invadida por la moralidad, tomé un taxi hacia un hospital. Allí, en la sala de urgencias me senté a esperar. Seguía teniendo hemorragias y contracciones mucho más fuertes, mis lágrimas no paraban y mi corazón estaba roto como una vasija de barro impactada con fuerza.

Me atendió una mujer joven de unos 25 años de edad. Por miedo, desinformación y confianza por ser mujer le conté mi historia. Inmediatamente su mirada se clavó en mí y desde ese momento tuve que sentir el verdadero infierno por ser una mujer que decide suspender su gestación. Me remitieron al piso de gestación que tenía un pasillo largo y gris en donde se oía el ensordecedor grito de tres mujeres que estaban a punto de parir. Había enfermeros y médicos por todos lados. Era uno de esos días donde los hospitales están llenos de casos urgentes. Me dieron una camilla en uno de los rincones más oscuros del lugar y me formularon nuevamente dosis del mismo fármaco que había consumido días atrás.

Esta fue aplicada por un enfermero joven que me miraba con desprecio mientras me limpiaba la incesante sangre que salía de mi cuerpo. Aún recuerdo lo que negligentemente me dijo al oído mientras introducía las pastillas en mi boca: “ve usted cómo viene matando, no sé da cuenta que está siendo una asesina, mire cómo esto que usted está expensando es un bebé, debería sentirse avergonzada”.

No solo fue él, fueron todos quienes trabajaban allí. Ellos pasaban, miraban con desconfianza y dureza, deshumanizando todo mi ser y desdibujando mi sentir. Por eso, mi permanencia en el hospital San José de Popayán me responde por qué realmente muchas mujeres terminan desangrando en sus casas, antes de optar por ir a un hospital, y con tristeza me hace comprender la efectividad de la presión social ejercida a todas nosotras quienes no pudimos buscar en los centros hospitalarios la ayuda inicial necesaria.

Quizá este solo fue un hecho para visibilizar, pero refleja las historias de cientos de mujeres que a falta de las garantías que debe propiciar el Estado, viven a diario situaciones similares o peores en diferentes lugares del país. Según el Espectador, “en Colombia se registran anualmente 911.897 embarazos no planeados, lo que significa 89 por cada 1.000 mujeres, y cerca del 44% de ese tipo de embarazos termina en aborto inducido, [solo] en 2008 el 99,92% de abortos practicados fueron clandestinos e ilegales”. Por eso es realmente importante pensar en los casos con un final diferente, en los cuales muchas mujeres terminan en sus camas siendo recogidas por sus madres y amigas como cuerpos inertes. Según la ginecóloga Laura Gil, “El 13 por ciento de las muertes maternas son debidas al aborto [clandestino], cosa que no debería suceder porque son absolutamente prevenibles”. Es incoherente entonces que en el país se prime la vida de un ovulo fecundado que aún no ha desarrollado sistemas nerviosos sobre la de una mujer.

Esto es un tema de género, pero también de clases, y ahí es donde radica la mayor problemática, pues la mayor parte de las mujeres que mueren en estas prácticas son mujeres de los barrios pobres de las ciudades quienes al no tener una elección más digna y humana abortan en la clandestinidad, sin ayuda ni atención hospitalaria adecuada. Pero son quienes administran el poder del Estado, hombres y mujeres de la oligarquía, los que nunca comprenderán que en nuestro cuerpo somos nosotras quienes decidimos. Ahora habrán podido consensuar este debate dentro del Congreso, pero nunca podrán acallar nuestras voces y nuestro derecho a seguir eligiendo.

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Violeta González
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