El dulce de la caña no abandonó a Buenos Aires

Son las cuatro de la mañana de un viernes fresco y tranquilo. El croar de las ranas retumba en los caños, y el paso de las bestias cargadas de caña anuncia que este no es un viernes cualquiera. Es día de molienda en la vereda Buenos Aires de San Luis, y por eso Alba, Gonzalo, Tulio, Eliecer, Alfredo y otros cuantos campesinos más se disponen al trabajo en el entable, no sin antes equiparse bien con sus frascos de aguapanela, claro o jugo, que serán el sustento para parte de su jornada. Las cargas de caña ya están medidas y separadas. Son ocho en total, correspondientes a cada uno de los asociados de este entable comunitario llamado Grupo Asopanela. Uno de ellos arrastra el bagazo seco de la caña hasta la parte inferior del entable y empieza a llenar el horno, un subterráneo de unos 10 metros de profundidad sobre el que está el área de cocción. En minutos el bagazo empieza a arder, y así será durante toda la jornada, gracias al trabajo de este atizador que tiene como responsabilidad mantener el fuego constante para que puedan hervir los jugos hasta convertirse en panela.

Alba, en su labor de minguera, empieza a arrastrar las cargas de caña hasta el sitio dispuesto para que Alfredo, el metecaña, pueda levantar los manojos con más facilidad y enseguida convertirlos en guarapo al atravesarlos con fuerza por el motor, que no dejará de rugir sino hasta entrada la noche. A través de un conducto los jugos llegan hasta la primera paila, y mientras empiezan a hervir, Tulio, quien a la vez cumple el papel de presidente de la asociación, retira con precisión las impurezas que flotan sobre el líquido. Así, el guarapo se va convirtiendo en miel rápidamente, y en ese proceso es transportado de una a otra paila. La primera tanda ya parece estar lista para ser libreada, por eso Rafael, para cerciorarse, echa en un balde con agua un poco de la miel espesa, que se endurece de inmediato al contacto con el agua. Este pedazo de dulce que llaman conejo es apetecido por uno que otro niño que se pasea alrededor del trapiche. Como el conejo ya anunció que la miel está lista, Rafael la traslada hacia la batea donde otros la revuelven durante un par de minutos para que seque y poderla vertir en los moldes. En cuestión de minutos salen hacia la bodega las primeras libras de panela y con eso se completa un ciclo de producción que los paneleros tendrán que repetir decenas de veces durante el día.

Poco conversan entre ellos. Sus esfuerzos están concentrados en la producción, aunque no falta, de vez en cuando, uno que otro chiste o recocha, al estilo de sus mejores épocas en la vereda, porque el regocijo y la tranquilidad no siempre los han acompañado. Este mismo lugar, donde hoy los paneleros encuentran su sustento, fue hace unos años parte del escenario de un conflicto que azotó a la vereda y obligó a muchos campesinos a salir, sin más en sus manos que una bolsa de panela y un puñado de miedos y esperanzas.

En el Oriente antioqueño se habían asentado grupos guerrilleros desde los años 70, pero solo a partir de los años 90 tomaron fuerza en muchos de los municipios de esta subregión, y para finales de la década, la escalada bélica y la mayor parte de los eventos armados se concentraron en el oriente lejano, en donde, según explica Clara Inés García en su libro Geografías de la guerra, el poder y la resistencia, San Luis fue el municipio más afectado por mayor número de eventos armados y por la disminución del ingreso económico. En este contexto, Buenos Aires resultó ser un territorio estratégico sobre el que pusieron su interés los diferentes actores armados, por su ubicación limítrofe entre San Luis, Granada y San Carlos.

Sobre esto, e intentando que su voz no sea enmudecida por el fuerte sonido del motor, Alfredo cuenta que “estaba uno por ahí trabajando cuando vio que entraron personas como distintas y forasteras a la vereda, y les ve uno como armas, y de ahí para allá fue que empezamos a ver gente armada en la vereda, iban entrando, y al principio no se vio como tan alta la violencia, ya a lo último sí fue como más tremenda la guerra. Aquí primero fue el ELN, después llegaron las FARC. Ya cuando fue más problemático, fue cuando entró la fuerza pública, el Ejército, y dicen que habían entrado también de pronto las Autodefensas. Ese fue como el tiempo más difícil, cuando se juntaron todos y la guerra brava en el 2000”.

La llegada de los actores armados a Buenos Aires significó para la comunidad perder su tranquilidad, y renunciar a muchas de sus prácticas cotidianas, bien por el miedo o bien por las amenazas y prohibiciones directas que recibían. “Antes de la guerra era bueno, porque prácticamente uno podía andar a la hora que quisiera, podía hacer uno lo que quisiera con tranquilidad. En cambio ya cuando comenzó la guerra ahí sí es verdad que a las cinco de la tarde ya tenía uno que estar encerrado”, dice Tulio mientras agacha tímidamente la mirada y descansa su cuerpo en un tronco de madera ubicado al lado de las pailas hirviendo.

El día avanza en el entable y la mezcla del vapor caliente, el olor dulce y el sonido del motor se va haciendo más compacta cada vez. Se pierde entre las montañas y se convierte también en paisaje. Las acciones se repiten, y eso, tal vez, es lo que quisieron por años estos campesinos: que nada hubiera interrumpido su paso, su ritmo, su risa.

Eliecer es el ripiador y está pasando el bagazo fresco de un lado a otro, y mientras lo arruma sobre un costal de fibra, recuerda cómo los actores armados llegaban, casa por casa, pidiendo a los jóvenes ser colaboradores de cada una de sus causas. “Por eso, uno como campesino, con familia, con harto miedo, no le quedaba otra que irse. Vea, cuando eso salían esos buses de aquí llenos, eso era con gente empacada, parados, y uno aquí le daba verdad como nervios y como mucha tristeza. Yo bajaba y le decía a la señora, vea, ahí se fue fulano de tal, perano, ahí iban en el bus, y eso daba tristeza, eso ya de día en día esto bien solo. La gente se iba y dejaba esas casas así abiertas, no le importaba dejar televisores, camas, neveras, licuadoras y fogones hasta prendidos, y se iban a cualquier hora del día, iban saliendo… cuando anochecía o amanecía. Y era gente buena, no era sino por el temor que si no colaboraban los mataban, o los llevaban obligados, entonces por ese motivo es que la gente se perdió toda”, termina diciendo Eliecer, a la vez que toma impulso para arrastrar la carga de bagazo.

El sol del mediodía empieza a arder en Buenos Aires. También, las mujeres van llegando hasta el entable con una ollita de comida y la recarga de bebida para sus esposos e hijos que llevan horas sin parar sus trabajos. Por eso, mientras comen, ya son ellas las responsables de ripiar, meter la caña, limpiar el guarapo, etc. El espacio, entonces, se torna más familiar y lleno de entusiasmo. Las familias allí se conocen, se ayudan y tejen lazos fuertes entre ellas, porque saben que además de protegerse, deben conseguir su sustento todas por igual, y que del trabajo de cada una depende la economía de todos.

Y esto es y fue así incluso en los momentos más difíciles, porque como cuenta Tulio, a quien el sombrero y su cabeza gacha le tapan la mirada, “cuando la guerra, uno sabía que debía estar ahí buscando el sustento para la familia. Que si de pronto uno caía le dañaba el proceso a los demás para trabajar. Si alguno de la vereda se perdía, nosotros íbamos y hablábamos con ellos donde estuvieran, que nos los devolvieran. ¡Claro! Vea por ejemplo, este muchacho ahí se le llevaron un cuñado y ahí arriba fuimos y hablamos por ellos, ¿qué tuvieron que hacer? Largarlo, porque ya se veían que estaban cogidos, porque como fuerza pública no podían hacer eso; claro que muchos lo hicieron, pero ya fue porque así les aumentaban el sueldo o les daban más vacaciones”.

Mientras en el entable la producción del día continúa en marcha, Ernestico, uno de los habitantes más antiguos de esta vereda, está sentado en el corredor de su finca mirando al frente, hacia las montañas. Aunque poco recuerda los sucesos recientes, habla con detalle y propiedad de los hechos que marcaron su vida y la historia de la vereda: “Yo estaba moliendo allí un viernes, cuando por ahí como a las cuatro de la tarde sentimos un candeleo en el Chocó y nosotros: “se metió la guerrilla”. Preciso, al otro día me voy yo por allí a vender el dulce, cuando la razón que sí, que sí, que habían matado un poco de gente, como por desconfianza. Eso iban unos gentíos con unos caballitos que no se veía sino carga, eran tapaos de carga de panela. Subimos a una casa y había como otro carrao, toda esa gente de por allá desocupó, porque esa noche eso estuvo muy fuerte allá, eran velando la gente pues que hasta en la ramadas, ¡ah, jueputa! Y se fueron, desocuparon todo eso. Dejaron por ahí gallinas, marranos, hasta ganado dejaron”.

Con un suspiro, Ernestico interrumpe el relato, como tratando de recordar para no dejar ningún detalle por fuera, y continúa: “Al otro día, al domingo, de San Luis mandaron cuatro carros pa' llevarse la gente de por aquí. Entonces ya era allí subiéndose la gente. Ese día se llenaron esos carros y salieron, pero de por allá arriba los hicieron volver. Ahí estaba la guerrilla, ahí abajito de ese motor estaba la guerrilla, y que no dejaban pasar sino los que fueran como a mercar y a volver con el mercado, que los demás pa' las casas. Y así fue. Ya no dejaron sino ir un carrito. Y las volquetas, una la quemaron ahí en el Chaquiro, y otra como estaba nueva les dio pesar quemarla, esa sí la dejaron seguir pa' San Luis”.

Y como relata Eliecer al referirse al mismo suceso, “esa fue la manera de quedarse esto solo”, porque la gente, como pudo, se fue toda hasta los cascos urbanos de San Luis, Granada y San Carlos, o hasta Medellín. “Ellos no querían que nadie saliera, porque era un escudo pa' la guerra. Pero la gente por miedo se fue, porque uno ver tantos aparatos dando candela por encima de uno... eso da miedo”, complementa Alfredo, con la vista concentrada en meter la caña al motor, como perdido en sus recuerdos. Y es que Alfredo, como muchos en esta vereda, a pesar del temor a perder todo, se fue para San Luis. Sacó su neverita y se fue, aunque sabía que si se iba a ir no podía llevarse nada, “uno tenía que irse, desplazarse como calladito más bien, sin mucho equipaje, porque si se daban cuenta lo atajaban”.

Así fue que el rugir de los entables paneleros perdió su fuerza; el dulce olor que se sentía en las montañas empezó a evaporarse en medio de la guerra y los caballos subían cargados, pero no precisamente de caña. No era fácil para nadie desprenderse del único lugar donde obtenían su sustento, donde se sentían parte de algo y como paneleros dignificaban día a día su labor. Este periodo de desplazamientos masivos significó el abandono casi total de toda práctica, y además de la producción de panela, se detuvieron otras actividades como la siembra de café, maíz y plátano.


Eliecer nunca se fue de la vereda, por eso, con más razón, repite mientras sigue arrastrando el bagazo, que la guerra es una cosa muy verraca. “Yo salía pal pueblo con la panelita y a mercar, porque aquí no dejaban traer mercado, y ese gentío por ahí en las aceras, gente conocida que uno sabía que vivían era por aquí, y por la noche se iban para esos albergues a dormir amontonados, entonces uno la pensaba, uno decía no, qué desconsuelo. Pero así era la vida, uno aquí venía y decía que qué desconsuelo uno por allá, y uno se iba para el pueblo y le daba miedo venirse para acá, de saber que uno llegaba aquí y ahí mismo cogían a investigarlo a uno, usted a qué fue al pueblo, qué estuvo haciendo, a quién vio por allá… eso era muy maluco”.

De hecho, no solo Buenos Aires sino todo San Luis registró un nivel de desplazamiento tres veces mayor al del Oriente antioqueño. Del total de la población de esta subregión (529.977, según cifras del Dane en el 2005), se desplazaron 107.317 personas, equivalentes a un 20.2%, lo que para San Luis sería aproximadamente un 60% de población desplazada. Según lo manifiesta Julián Duque Aristizabal, personero municipal de San Luis, “Buenos Aires era primero un corregimiento, y pasó de ser corregimiento a vereda ya que la guerra hizo desplazar a sus habitantes hacia otras partes del territorio nacional”.

La luz del día empieza a agotarse, igual que la energía de estos campesinos que llevan ya 14 horas convirtiendo en panela la caña que por meses cultivaron. A las seis de la tarde Alfredo pasa el último manojo de caña por el motor y de inmediato lo apaga. Camina hasta la bodega para ver el arrume de panela correspondiente a su carga, pero las noticias no son muy gratas. Es poca panela para tanto trabajo. Sin embargo, renueva sus ánimos y empieza a empacar las bolsas, cada una con 24 pares, y por la cual le pagarán aproximadamente $35.000. Aunque parezca poco, se trata de un ingreso estable, mucho más si se compara con aquella época de violencia, entre 1997 y 2004, cuando incluso el ingreso económico municipal estuvo diez veces por debajo del de otros municipios de la subregión.

Eliecer se limpia el sudor de la frente, y mientras empaca sus bolsas de panela igual que Alfredo, cuenta que “muchos regresaron, otros vendieron por allá mismo las propiedades, y ya vino también fue gente de Medellín a trabajar y así...”. En esa época, la difícil situación económica por la que atravesaban los campesinos hizo resurgir el valor del trapiche, puesto que muchas personas después de desplazarse para otros cascos urbanos, volvieron a la vereda porque no encontraron qué hacer. Además su vida había girado en torno a la caña, y así supieran o encontraran la forma de hacer algo, sus habilidades y motivaciones estaban arraigadas a lo que les posibilitaba el trapiche no solo como actividad económica, sino como forma de tejer lazos sociales.

Así, desde su acción cotidiana emprendieron una resistencia a la imposición de la guerra. Los constantes llamados de la población civil apaciguaron los combates, y las mismas confrontaciones atenuaron la presencia de los actores armados en el territorio. Entonces, tras años de ser un fortín de la guerra, las acciones militares disminuyeron en Buenos Aires y una tensa calma empezó a reinar.

Aunque ya no hay fuego en el horno, ni miel en las pailas, el calor emanado durante todo el día sigue acompañando a estos campesinos en las últimas acciones de molienda. Terminan de empacar las cargas y algunos las llevan hasta la casa de Enrique, un antiguo asociado que vive a bordo de carretera, desde donde despachan hacia el pueblo su producción. Son las nueve de la noche. Todos se despiden, recogen sus cosas, y cierran con candado la puerta del entable. Caminan hasta sus casas, donde pasarán tranquilos una noche más en la vereda. Esta vez, ningún actor armado va a interrumpir sus sueños.

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Sara López
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