Los espectadores

El cine es una actividad artística e industrial; no suele ser una labor supeditada solo a la inspiración personal o al trabajo individual sino que depende del trabajo colectivo y de la sincronía grupal que por lo general está guiada (o dirigida) por las necesidades estéticas y narrativas de un autor, en el mejor de los casos.

En los otros casos, el trabajo está guiado sólo superficialmente por un director; o mejor dicho, él no es el autor de la obra y solo cumple la tarea de dirigir una orquesta compuesta por alguien más. Aquí la obra obedece a parámetros estéticos y narrativos exigidos por una productora que replica métodos seguros para recaudar dinero, repite lo que vende seguro, y para esto, las sagas de películas como las de Rápido y Furioso, son el perfecto ejemplo. Es lo común pero no es lo de siempre, que haya también productores que trabajan en pro de las exigencias de un autor y encaminados a construir y allanar el terreno para que la inspiración se materialice; pero lo normal es que el cine, cuando es una labor más industrial que artística, busque principalmente ganar dinero. Lo hace Hollywood cada año con las películas de superhéroes, mismas sagas donde cada película es dirigida por alguien diferente y, aun así, todas se ven igual; máquinas tragaperras para siempre ganar, metes una moneda de 250 millones, y te sale otra de 500 millones (La película “Los vengadores: era de Ultrón” (2016) costó 250 millones de dólares y recaudó, solo en Estados Unidos, el doble).

El cine es una actividad artística, puede exprimir el alma de alguien y convertir esa sustancia en una obra íntima y personal para la eternidad, explorando estéticamente la vida humana y los misterios de la existencia. Y es una actividad industrial porque, generalmente, hacer películas requiere de un esfuerzo humano lo suficientemente grande y constante como para necesitar de dinero, herramientas, y conocimientos técnicos y artísticos de muchas personas. Casi siempre las grandes obras de cine para la historia encuentran un punto de equilibrio en donde, o las necesidades industriales se ponen al servicio del arte; o el artista (o autor), consciente de sus limitaciones económicas (industriales) trabaja mano a mano con el productor para que las ideas encuentren un canal idóneo para su materialización.

En el primer caso, el autor se ha labrado un público y tiene un camino tan bien construido, que la productora confiada de su talento puede propiciar cualquier cosa que pida: si el director quiere que una vista panorámica de toda la ciudad, alquila un helicóptero porque sabe que la puesta en marcha de los “caprichos” del autor son la materia prima para que las salas se llenen; en el segundo ejemplo, el autor sabe que no puede alquilar un helicóptero entonces, junto al director, contratan a un muy buen maquetador que pueda hacer una réplica de la ciudad. En los dos casos hay una necesidad artística y una respuesta industrial, y no necesariamente alguno de los dos es mejor resultado que el otro. En ambos casos hay un equilibrio que permite la existencia del cine. En síntesis: una idea encarnada en alguien que dirija y un presupuesto que facilite el camino hacen una película.

Todo, para llegar a los ojos de alguien. Los espectadores somos el principio y el final de estos esfuerzos; es por las preferencias del público que se establecen patrones, estilos y formas de hacer cine, pues finalmente somos nosotros, simples mortales, los que pagamos la boleta, uno de los más grandes insumos para el presupuesto en el cine (o en los tiempos modernos: la suscripción a Netflix, a la televisión por cable, al Internet para Youtube, etc.). Una película muy vista genera las suficientes ganancias para poder seguir haciendo cine; o por lo menos esa es la lógica.

Y esa no es más que la lógica (tan irreconocible en Colombia) porque si solo el cine que genere ganancias es el que merece existir (y evolucionar), estamos condenados al mal gusto. Otra importante fuente de recursos debería ser el Estado (ente administrador de los recursos públicos), en la medida en que se reconozca el cine como un acto educativo y cultural, signo y símbolo de una identidad que se construye con el tiempo que va, y la memoria viva que viene y resignifica.

En últimas, aún cuando el presupuesto para hacer cine salga del Estado, somos los espectadores quienes decidimos como compradores de un producto, o como ciudadanos con exigencias frente a los impuestos (el presupuesto recaudado por todos), los que aceptamos qué se nos muestra y qué no, y de allí se desprende nuestra responsabilidad frente a las imágenes. Esta responsabilidad doble, como espectadores y ciudadanos nos exige cierto compromiso frente a las pantallas.

Como espectadores debemos darle una oportunidad a otras alternativas de distribución, como los cineclubes, o las películas alternativas que casi nunca llenan las salas comerciales, como las colombianas y las de otros países diferentes a las de Estados Unidos, o incluso las independientes de ese país. Y no es dejar de ver el cine que nos guste, es ampliar las posibilidades y arriesgarse a ver otra cosa, porque especialmente cuando gusta el cine (o cualquier otra cosa) descubrir es un premio.

Como ciudadanos, la labor es un poco más compleja y demorada. La cultura no es algo que resulta de repente, se labra cada día esculpida por el tiempo y no sigue, aunque lo parezca, ninguna agenda económica o de gobierno; es el quehacer constante de las comunidades y las personas lo que la forja. También tiene qué ver con pagar una boleta, pero especialmente tiene qué ver con aprender a mirar, que no es una necesidad solo para los críticos de cine o cineastas, sino para todos nosotros, víctimas muchas veces de los medios de comunicación que hablan con imágenes, como la televisión, la prensa, las redes sociales, etc. Y como al aprender a leer, aprender a ver no es solo una tarea de interpretar signos, sino además, un ejercicio que implica entender un sistema comunicativo y adjudicar unas intenciones al emisor: leer algo es también leer a alguien, y mirar algo, es también mirar a alguien, casi siempre sin intención, quienes tienen el poder de los medios audiovisuales crean y recrean los valores de su época, lo que se puede mostrar y lo que no.

Por eso nuestra responsabilidad como ciudadanos es tan compleja y difusa. La cultura no es un ente controlable y definible fácilmente. Lo primero es que deberíamos estudiar e intentar comprender la labor de los medios de comunicación, saber por qué y para quién existe RCN y Caracol (y todos los canales de televisión), analizar la forma en que se difunde la información por medio de las imágenes (entender que los colores y los sonidos provocan emociones, que los planos para grabar a alguien expresan sensaciones, que los melodramas llegan al corazón porque magnifican emociones que todos tenemos y sus formas se usan tanto en las novelas venezolanas como en los noticieros del mediodía, o que detrás de todo hay una cabeza que reflexiona sobre lo que se va a mostrar y lo que no). Lo segundo sería entender que, como en la escritura, existen muchos otros idiomas, otras estéticas, otros mensajes, otros autores; y darle la oportunidad a lo inexplorado que muchas veces es lo nuestro.

Y lo último, entender que nuestra identidad no es un melodrama contado por la televisión nacional sino la materia prima de nuestras historias, que además pueden ser contadas de miles de maneras, por miles de medios, desde otras miradas, y que nosotros, simples mortales, los protagonistas de la cultura, podemos hacer de nuestros medios de comunicación un lugar más nuestro y más nosotros con las luces, con las cámaras, con la acción.

Share this article

Login to post comments

Nosotros

Periferia es un grupo de amigos y amigas comprometidos con la transformación de esta sociedad, a través de la comunicación popular y alternativa en todo el territorio colombiano.

 

Por ello comprendemos que la construcción de una sociedad mejor es un proceso que no se agota nunca, y sabemos qué tanto avanzamos en él en la medida en que las comunidades organizadas fluyan como protagonista. Es en este terreno donde cobra siempre importancia la comunicación popular.

últimas publicaciones

Contacto

Medellín - Antioquia - Colombia

 

Calle 50 #46-36 of. 504

 

(4) 231 08 42

 

periferiaprensaalternativa@gmail.com

 

Apoye la Prensa Alternativa y Popular

o también puede acercarse a nuestra oficina principal en la ciudad de Medellín, Edificio Furatena (calle 50 #46 - 36, oficina 504) y por su aporte solidario reciba un ejemplar del periódico Periferia y un libro de Crónicas de la Periferia.