La otra mitad de nuestra historia

Ahora, cuando celebraremos un nuevo aniversario de la lucha de la mujer por sus derechos y contra la violencia, se hace necesario seguir profundizando sus orígenes y su contenido.

La historiografía burguesa quiere hacernos creer, y con mucho éxito, que la lucha de la mujer en América se inició desde finales de la época colonial, cuando se dieron los primeros pasos hacia su recortada independencia. En otras palabras, fueron las criollas, descendientes de “blancos” europeos, las únicas capaces de tal enfrentamiento, precisamente por su origen étnico y social.

Pues bien, en este tema debemos avanzar, para dar al traste con tal mentira, que tanto daño le ha hecho al movimiento femenino, en particular, y al popular, en general. Se trata entonces de recuperar no sólo nuestro verdadero pasado sino los orígenes de tan importante lucha, que representa la otra mitad de la historia.

Cuando en el siglo XVI se dio la brutal invasión imperialista eurocristiana de nuestro continente, en desarrollo de la concepción de la codicia particular, los pueblos originarios se defendieron –y siguen haciéndolo– con todo lo que pudieron, para garantizar la supervivencia de su cultura, fundamentada en la concepción del bien común. Y cuando decimos los pueblos originarios, estamos hablando de hombres y mujeres; es decir, que ellas participaron ¡y de qué manera!, contra los bárbaros invasores, utilizando variadas formas de lucha fundamentales para garantizar, por lo menos, la supervivencia.

Así que, escudriñando en la verdadera historia, nos encontramos con otra realidad: la lucha de la mujer americana se inició con las indígenas y, algo aún más importante, era y es una lucha con un objetivo político claro, pues se trata de la defensa de su cultura comunitaria, la más avanzada que se conozca. Así se explica también en el libro La concepción americana del bien común: “las indígenas son las precursoras, en América, de la lucha por los derechos de la mujer, al defender su modelo comunitario de sociedad contra el imperialismo colonialista europeo al servicio de la codicia particular”.
Son incontables las heroínas indígenas, de las cuales cabe mencionar, a manera de ejemplo, unas cuantas: Anacaona (“Flor de Oro”), cacica de los Jaraguas, en Santo Domingo; Kura Ocllo, Mama Asarpay y Micaela Bastidas, todas tres incas; La Gaitana o Guaitipán, cacica en Timaná, Colombia; Guacolda, de los Mapuches, en Chile; Urquia, de los Teques, Apacuana, de los Quiriquires y María Rha, de los Tacarigua, en Venezuela; Bartolina Cisa, de los Aymarás. Ellas son apenas una pequeñísima muestra de valerosas indígenas que todo lo entregaron por defender sus pueblos. Y qué decir de las que hoy en día mantienen la lucha en el continente, muchas de ellas violentadas, desplazadas, encarceladas y asesinadas.

Pero, la lucha de la mujer no se quedó aquí; las negras, hombro a hombro con sus compañeros, hijos, hermanos, padres y demás familiares, también se enfrentaron a los explotadores imperialistas por su libertad y demás derechos y, en muchos casos, lograron fundar palenques, avanzados “semilleros de libertad”, en donde ellas jugaron un papel protagónico. Es de destacar, por ejemplo, a Guiomar, Polonia, Juana Francisca, María Valentina y Juana Llanos, en Venezuela, a Juana Ramírez, heroína en Maturín, y a María Dolores del Valle, en Argentina.

Se suman, luego, las campesinas, quienes desde un comienzo, junto a los hombres, iniciaron la eterna lucha por la tierra y demás reivindicaciones para un digno vivir. Así mismo, entran en el enfrentamiento las mujeres de las capas populares, azotadas por las políticas dominantes, particularmente la explotación económica y sexual. Y a partir del siglo XVIII, en búsqueda de la independencia burguesa, se vinculan muchas mujeres de las llamadas altas capas sociales, exaltadas, ahora sí, por la historia de las clases dominantes; desde entonces, se pretende mostrar que este hecho es el inicio de la lucha femenina.

De todas maneras las mujeres del pueblo, las que hemos visto atrás, siguieron dando el combate, de manera heroica, y lo continúan dando hoy en día, sin que esto sea registrado por la oficialidad burguesa y, en gran medida, tampoco por gran parte de la izquierda, la cual por su dependencia a la cultura europea, persiste, como si perteneciera a las clases dominantes, en desconocer al pueblo y en este caso a la mujer.

En el siglo XX, ellas lograron ubicar y precisar una de las razones de su situación, como es el machismo, originado en la familia patriarcal cristiana y burguesa, importada del viejo continente, con sus secuelas en cuanto a explotación y violencia intrafamiliar, y lo denuncian y atacan de manera valiente y consistente, logrando importantes triunfos, entre ellos las modificaciones de las constituciones nacionales con las que se incorporaron normas que manifiestan su igualdad económica, social, cultural y política, y que por su incumplimiento, han obligado a que la lucha persista.

La mujer es la otra mitad de la historia; por tanto, sin ella nada puede construirse. Es necesario avanzar en la recuperación de la verdadera historia, si aspiramos a construir un país democrático, incluyente, equitativo, soberano y en paz, al servicio del bien común.

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Jaime Celis Arroyave
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