La olvidada literatura afrocolombiana

“Negro de Antillas/ de Panamá, de Colombia, de México, /de todos los surlitorales,/ -dondequiera que estés, no importa que seas nieto de chibchas,/ españoles, caribes o tarascos-/ si algunos se convierten en los tránsfugas/ si alguno se evade de su humano destino, nosotros tenemos que encontrarnos, intuir, en la vibración de nuestro pecho,/ la única emoción ancha y profunda, definitiva y eterna: somos una conciencia en América”. Fragmento de Poema sin odios ni temores del cartagenero Jorge Artel (1909- 1994), uno de los máximos exponentes de la poesía afrocolombiana.

Una conciencia en América
Bajo la noche de un martes anónimo, cálido y corriente en el centro de Medellín, los vendedores de frutas y verduras gritan las últimas ofertas, los paraderos de buses extienden sus filas de espera, los bares sueltan sus primeras notas de tango y salsa. Las calles se deshabitan y habitan, unos se van con paso acelerado mientras otros apenas llegan a reposar el día. Aún faltan algunos minutos para que comience el recital de poesía afrocolombiana que anuncia la cartelera del Café Ambrosía que mira hacia el teatro Pablo Tobón Uribe.

Desde el patio del café el declamador parece invocar el espíritu que alguna vez invadió al poeta Langston Hughes en un barrio de Nueva York durante los años veinte, y que dio paso al movimiento Renacimiento de Harlem, que hizo de la tradición oral negra ritmo y dicción a través del jazz, de los blues, del be-hop y los cantos espirituales. El mismo espíritu que impulsó el Movimiento Negritud en París con Léopold Sédar- Seghor y Aimé Césaire, en los años treinta, que no solo protestó contra el colonialismo de la Francia de ese tiempo sino que reivindicó el concepto de negritud como honor hacia la madre África; el mismo que visitó los puertos colombianos, los de Puerto Rico y los del Caribe y que originó el Movimiento del Negrismo que permitió, en Colombia, que el Estado declarara protección de la diversidad y la cultura dentro de la Constitución de 1991 (art.7). Un espíritu ancestral, memorístico, luchador y rítmico que ha buscado hacer en América una conciencia, una voz, un canto; ese mismo espíritu es el que habita en Sabas Mandinga, quien entre ojos cerrados y susurros parece invocarle.

Un artista que renace entre ecos
La noche avanza, en breve el reloj marcará las 8:00 p.m., los espectadores son pocos. Sabas le da las últimas indicaciones a Andrés Bustamante que reproducirá y detendrá las canciones que acompañarán su presentación. La hora llega y Bustamante lo presenta ante el público, interpretará un canti-cuento poético-musical de Cuba y las Antillas. Mandinga se ha quitado su camisa y se ha quedado con su chaqueta abierta, desnuda su pecho, cierra los ojos, encoje de vez en vez su cuerpo, mientras su voz expresa altos y bajos sonidos, palabras claras y otras ocultas.

Este hombre de estatura media, de piel canela y cabello corto rizado, de más de 60 años de edad, hijo de una mujer de "sangre blanca" y de un indio negro, a quien la familia de su madre lo desheredó por su color de piel es, aunque olvidado, uno de los mayores declamadores de la poética afroamericana del país. Su interés por su cultura africana en América despertó por la expresión que usó una de sus maestras en su colegio de Pereira, cuando le llamó la atención y le dijo: "Negro disciplinado". Desde allí se comenzó a preguntar sobre la palabra negro, sobre lo que significaba ser negro. Su búsqueda nunca terminó a pesar de que estudió Ingeniería Mecánica en la Universidad Tecnológica de Pereira. Después de graduarse buscó suerte en Medellín para ejercer su carrera, pero al conocer a Héctor Abad Gómez, que para ese entonces era, según él, decano de la Universidad Autónoma, le ofreció trabajo pero como artista, lo anunció en todos los medios del momento como una encarnación de las voces negras y desde entonces, con los conocimientos en teatro que adquirió en Bogotá, comenzó su carrera artística que hoy cumple más de 30 años.

"¡Ay Changóó, changóó...!", cantan los bafles del café mientras Mandinga cuenta cómo es el encuentro entre la cultura y la religiosidad europea y africana, el sincretismo religioso que surge y la importancia de Changó y Santa Bárbara, y las adoraciones que se hacían para mantener ocultas a los ojos de los colonos sus verdaderas deidades, a partir de un relato donde interpreta varias voces. En medio de su presentación demuestra la sensualidad femenina negra y los movimientos a los que los tambores invitan.

Se hace un receso de veinte minutos, el "maestro Cervantes", un hombre adulto, jorobado, silencioso, de mirada amable, se sube al pequeño escenario y se sume en las teclas de su saxofón, más tarde acompaña parte de la última intervención de Mandinga, y al finalizar, pasa entre mesa y mesa a la espera de un aporte por su interpretación. Sabas termina su performance entre aplausos, y una sonrisa. Un artista que a pesar del olvido resurge entre ecos de un pasado que lo acompaña y de un presente que lo dibuja de nuevo como un gran interprete de la poesía afroamericana en Colombia.

Como en tierra ajena
El Caribe colombiano ha dado al país grandes exponentes de letras como el Premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez, Ramón Illán Bacca, entre otros, como lo expresa el historiador Andrés García Sandoval en su texto el Soneto más negro, que desde sus mundos habitados e imaginados han creado obras magistrales. Además de estos reconocidos personajes, en nuestra historia hay otros que han sido borrados y olvidados de ella, como Juan José Nieto Gil de Baranoa (1805-1866), el único presidente negro que ha tenido Colombia, quien escribió la primera novela histórica del país basada en la época de la conquista llamada Ingermina o la hija de Calamar; Manuel Zapata Olivella de Santa Cruz de Lorica (1920-2004), un intelectual, diplomático y escritor que buscó hacer desde sus textos una reivindicación de lo negro y lo indio, además de sus aportes a la música y a la poesía afrocolombiana; Candelario Obeso de Mompox (1849- 1884), considerado como el gran poeta colombiano del siglo XIX quien desde su obra enfatizó en el ritmo y en la dicción dentro de la escritura poética, como se refleja en su obra Cantos populares de mi tierra (1877); y Jorge Artel de Cartagena (1909- 1994), quien incursionó en el verso libre dando lugar a la voz de los ancestros, al mar, el puerto, y sobre todo a los ritmos, como se ve en su obra Los tambores de la noche (1940). Hombres que son apenas una muestra escondida de lo rica y variada que es la literatura y cultura afrocolombiana.

A pesar de este panorama, iniciativas no gubernamentales como Cepafro (Centro Popular Afrodecendiente) que trabaja, entre otras cosas, por el reconocimiento de los derechos étnicos y culturales de los pueblos afrodescendientes a través de espacios de formación e investigación; e iniciativas gubernamentales como la Biblioteca de Literatura Afrocolombiana impulsada por el Ministerio de Cultura en 2010, que recoge obras poéticas y literarias de varios autores afrocolombianos como los mencionados anteriormente, así como la voz y el son de mujeres poetas; buscan rescatar y confrontar al país con su memoria, con sus olvidados artistas y la otra parte de su historia.

Sabas Mandinga, quien también es ilustrador, sigue habitando los cafés, las calles y bares del Centro de Medellín, esa ciudad que por noche de presentación en sus teatros le permitió ganar lo que en un mes como ingeniero, y que ahora lo ve ofrecer, cuando haya oportunidad, un CD con su obra en encuentros culturales de poesía a los que es invitado y en los que él mismo propicia. Un hombre que ama sus raíces, y que invita a amarlas y reconocerlas, haciendo caer en cuenta a quienes lo escuchan que la literatura afrocolombiana es todo un mar de matices, sonidos y voces que hacen parte de la historia de esta patria.

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Yorley Ruiz Manco
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