Editorial 125: A la fiesta vamos a bailar

Motivados por el coro del auditorio que decía “la paz de Colombia es la paz del continente”, sus rostros y sus cuerpos atravesaron las cortinas rojas de la tarima del Teatro Nacional de Ecuador. Eran doce, encabezados por el comandante Pablo Beltrán, y los custodiaba la guardia cimarrona, unos negros y unas negras fuertes y bellas de las comunidades del suroccidente colombiano que se tomaron en serio el trabajo que les dio la seguridad del evento, de custodiar y proteger a la delegación de paz del ELN, la misma que como un grupo de rock famoso saltaba a la tarima ante los aplausos y la ovación del público.

El auditorio lo conformaban casi 600 personas; 400 de ellos eran colombianos y colombianas, del suroccidente y del centro del país que habían viajado más de 30 horas y soportado retenes y requisas en las carreteras con tal de ver en persona la instalación de la fase pública de la mesa de negociaciones entre el ELN y el Gobierno Nacional. Los otros 200 eran parte del movimiento social ecuatoriano y funcionarios de la casa de la cultura de ese país que habían brindado hospitalidad a los viajeros, y en un acto de fraternidad y solidaridad declararon esa institución y sus hermosas instalaciones como territorio de paz latinoamericano.

Las comunidades viajaron a Quito porque habían sido invitadas a una fiesta democrática, la instalación de la mesa de diálogos de paz, en la cual el punto de participación es el primero y para ellas el más importante. Pero ante la negativa del Gobierno colombiano y la cancillería ecuatoriana de permitir su presencia en el acto formal de instalación decidieron hacer su propia fiesta, para invitar sin rencores a todos y todas: un acto político cultural colombo – ecuatoriano, en el teatro nacional, al cual asistieran ambas delegaciones, los países amigos y los garantes del proceso de paz, pero a ésta solo asistieron la delegación del ELN y los delegados de los países amigos como Holanda, Suiza, Suecia, entre otros; la del Gobierno no fue.

Lástima. La gente también los hubiera aplaudido, porque lo que perseguía la actividad era construir así fuera por un momento, así fuera simbólicamente, un escenario de paz, uno que jamás se han permitido los colombianos y colombianas, uno en donde la sociedad también se siente al mismo nivel con la insurgencia y el Gobierno. Uno en donde pueda expresar sus esperanzas y sus sueños. Uno en donde se pueda construir colectivamente el país de todos, no el de una pequeña élite.

Por esa razón, aunque Juan Camilo Restrepo en su discurso oficial habló de una participación “acotada y no vinculante”, la gente valoró la altura, el tono y el respeto de su discurso, principalmente porque en este reconoció a la otra parte; y por eso estaban esperanzados con la presencia o al menos el saludo del Gobierno en aquel acto político cultural. Su ausencia fue una señal negativa, un gesto inequívoco de rechazo a la participación activa y decisoria del pueblo en la solución de las causas del conflicto político, social y armado; fue más que un desplante. El Gobierno no quiere que la gente se involucre enserio en el desarrollo del primer punto de la agenda de diálogos. El Gobierno quiere una fiesta en donde la sociedad no pueda bailar.

Y aunque la actividad político cultural resultó emotiva y reparadora para los que habían maltrecho su humanidad con el largo viaje, las comunidades regresaron a sus territorios con la pregunta frente al futuro del proceso. Es una lástima que el Gobierno y su delegación mantenga la idea de que el acuerdo de paz es un asunto privado entre la guerrilla y ellos. Es lamentable que consideren de poca monta la oportunidad de poner a funcionar la oxidada máquina de la democracia, cuyo corazón es precisamente la participación activa, dinámica y especialmente decisoria de la gente, del pueblo que nunca ha tenido más escenarios democráticos que los monótonos e ineficaces procesos electorales a los cuales se va a cambio de dádivas, tejas y tamal.

La oligarquía colombiana le tiene miedo a la democracia. Siente pánico de solo imaginar que millones de personas puedan deliberar sobre los asuntos más importantes de la nación, se asusta con la idea de que la gente se pueda encontrar y en medio de un diálogo nacional decida darse una oportunidad con otros líderes, con otra concepción de la vida, y con otros intereses diferentes a los del salvaje sistema que hoy tiene a miles de millones de seres humanos aguantando hambre en todo el planeta.

Colombia es el tercer país más desigual del mundo, sin embargo sus élites no tienen ni el más mínimo sentimiento de autocrítica. Han gobernado bajo el mismo régimen por más de 200 años, y logran cínicamente echar la culpa de las desgracias del país a otros. Se roban los recursos con los que los colombianos podrían tener una calidad de vida digna, y son capaces de sacarles la plata de los bolsillos para llenar de nuevo las arcas vaciadas por su corrupción. Aun así están convencidos que no existe nadie capaz de administrar y gobernar mejor, y menos la gente que trabaja y produce riqueza a la nación, y lucha todos los días de su vida para sobrevivir y sacar adelante a su familia.

Existe miedo en la oligarquía. Miedo a que se acabe la razón de su guerra, miedo a que le quiten sus privilegios, miedo a que se pongan al frente otros y otras capaces de distribuir mejor, de soñar colectivamente y de construir un país en el que quepamos todos y todas con abundancia no solo material sino espiritual.

El paso hay que darlo. Se puede empezar por el castigo en las urnas a los partidos que han gobernado hasta ahora, sin vacilaciones con los uribistas o santistas. Hay que construir liderazgos propios y creer en ellos; hay que juntar esos liderazgos, y esa unidad debe tener al centro los intereses de los más pobres. Es necesario movilizarnos y participar con vocación de poder. La lucha es por la unidad de los partidos y corrientes que tienen el corazón puesto en la idea de transformar el mundo.

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