Simacota

Don Héctor me contó que ese día, el siete de enero de 1965, su patrón, un hombre acaudalado que tenía varias fincas y buen ganado, lo mandó a llevar una razón a otra finca de su propiedad a la cual se llegaba después de andar varias horas y pasar por Simacota. Antes que molestarse, Héctor con 15 años de edad y acostumbrado a la rudeza del trabajo en el campo, se puso feliz. Era una oportunidad de librarse de las fuertes jornadas, y conocer de primera mano los acontecimientos que rompieron la tranquilidad y rutina de aquella región, y especialmente de ese pequeño pueblo enclavado en las montañas de las “bravas tierras de Santander”.

La guerrilla se había tomado el pueblo esa madrugada del siete de enero, y aunque en la zona aún estaban tibias las cenizas de los fuegos provocados por la violencia de los años 50 que incendiaron las vidas de los campesinos de la región, esa toma era una novedad después de unos breves años de pacificación alcanzados luego del pacto entre las oligarquías liberales y conservadoras en 1958.

En realidad el patrón de don Héctor quería enterarse de cuan grave era la situación y había inventado la excusa del viaje a su otra finca para que el joven pudiera contarle lo que había sucedido en Simacota. Pero no fue mucho lo que el muchacho pudo verificar porque cuando llegó al pueblo ya todo había pasado y por allí solo había rumores. La guerrilla del Ejército de Liberación Nacional, ELN, conformada por un grupo de jóvenes desconocidos, al parecer estudiantes apoyados por campesinos de la región, que habían llegado a San Vicente de Chucurí en julio de 1964 tomaron la decisión de “presentarse en sociedad” ese día y en ese lugar, sorprendiendo no solo a los uniformados de la policía y el ejército, sino a los habitantes. Ese día los revolucionarios después de expresar las causas del levantamiento armado, dieron lectura a un manifiesto de 12 puntos con el programa político, económico y social que resolvería las difíciles condiciones de la época.

Todo eso no se supo ese día por supuesto, sino que se fue conociendo con el tiempo. De la misma manera que yo, luego de 52 años me enteraría que el personaje que leyó el manifiesto no fue un guerrillero sino otro muchacho campesino llamado Juan Afanador quien como la mayoría de los campesinos y campesinas fueron convidados al parque central y se ofreció, ante la solicitud… o exigencia del guerrillero que comandaba el asalto, a leerlo. Eso me lo contó don Héctor, y me sorprendí más aún al enterarme que ese hombre estaba vivo y podría contarme más detalles de su experiencia; sin embargo, la búsqueda fue infructuosa en mi fugaz paso por la región.

Dos cafés amargos de muy buen aroma me permitieron conversar un largo rato con don Héctor. El suficiente para viajar con él a su dura niñez, y conocer a través de su historia de vida las condiciones sociales de la gente en esa época. El padre de don Héctor quien sufrió la penosa enfermedad de la lepra, ante la muerte de su esposa tuvo que abandonar a sus pequeños por razones legales y sanitarias en un centro educativo aislado en las montañas, allí vivían segregados todos los hijos de leprosos, y por eso, a sus siete años y a pesar de su cortísima edad, tuvo conciencia suficiente para escapar del lugar con sus hermanitos.

Solo pobreza, maltrato, abandono, trabajo y carencias de toda clase acompañaron a esos chicos por años. Ya adulto, en algún pueblo de la región don Héctor fue inspector de policía, y tuvo que convivir con las leyes que imperaban, las que por supuesto eran establecidas por las Farc y el ELN; a ellos acudían entre otros los párrocos, él mismo como inspector y las autoridades para resolver decenas de casos de convivencia entre vecinos, “ellos eran el Estado”, comenta don Héctor. La salud, la educación, la vivienda y el empleo eran precarios, y la gente siempre vivía alcanzada.

Hace 15 años don Héctor encontró una forma de vivir, o sobrevivir, a través de la venta de lotería, pero no le gusta, prefiere trabajar en los proyectos de las organizaciones campesinas, porque sueña con ayudar a resolver el abandono histórico del campesinado y a la par mejorar su calidad de vida. A pesar de sus 69 años, y sus dificultades para caminar, su paso es firme y enérgico, es incansable. Me acompañó a buscar a Juan Afanador, y me señaló cómo llegar al pueblo de Simacota, no sin antes contarme por dónde, cómo y en cuánto tiempo se llega a cada uno de los municipios de la provincia Guanentina.

Allá llegué, a Simacota, con las señas que don Héctor me dio, luego de bajar y serpentear por una angosta carretera en parte destapada y en parte pavimentada durante casi 30 minutos. A cada lado el monte amenaza tragarse la vía, los campesinos pasan sudorosos con sus mulas cargadas, y el calor sofocante alborota el olor de los helechos y la boñiga.

Me transporté a mis días de infancia cuando iba con el abuelo a ordeñar, el campo casi siempre huele a lo mismo, a recuerdos. Fui pasando despacio por las paredes de las casas, tratando de descubrir los secretos que guardaban. Es un pueblo bonito, que conserva el pasado en medio de la modernidad del internet, y de los jóvenes campesinos que ya no usan machete al cinto y sombrero sino celular. En una sola cuadra hay dos o tres carnicerías, y a pesar del extremo calor se comercia el café traído de las veredas.

Me paré en medio del parque y traté de imaginarme a Juan Afanador leyendo el manifiesto de Simacota, sin embargo solo pude escuchar nuevamente a don Héctor, y otras decenas de historias de hombres y mujeres, de diferentes lugares y épocas, duras todas, llenas de carencias todas, de humillación, de despojo; en años nada ha cambiado. De pronto lo vi, a Afanador con tan solo 15 años, en medio del parque central, rodeado de campesinos y campesinas, leyendo los 12 puntos… me cuesta saber si lo hace ahora o en 1965.

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