El purgatorio de los perros

Pasadas las 10 de la noche llegué a la vereda Mochuelo Bajo, en la localidad de Ciudad Bolívar, Bogotá. Basado en algunos artículos de El Tiempo y Pulzo, esperaría una zona infestada de ratas, moscas y olores nauseabundos, y según algunas búsquedas previas en internet esperaría grupos de delincuentes armados en medio del silencio y la oscuridad, pero lo primero que se ve por la calle principal es un montón de perros, de todos los tamaños, razas y colores deambulando, jugando entre ellos. Miro a las panaderías, a la peluquería, a la tienda, a la carnicería y también veo grupos de por lo menos tres perros a la espera de que salga un comprador y les comparta algo de comida.

Un señor que sale de la panadería les arroja un pedazo de pan y al instante queda rodeado de perros. Este señor camina con ellos por unas calles destapadas mientras saltan y ladran a su alrededor. La imagen es una bola de perros que se rompe por los saltos y ladridos que claman comida.

En Mochuelo bajo al suroccidente de Bogotá, cerca al relleno de Doña Juana, se han acostumbrado a vivir entre los perros condenados a morir lentamente de la sed, del hambre, y de la sarna que se come su piel por partes ante la mirada cómplice de niños, jóvenes y adultos; no importa que la indiferencia los afecte a ellos en la salud, la seguridad y la tranquilidad.

—Acá si un perro le ladra usted no se le puede enfrentar porque ahí mismo llegan los otros encima a gruñirle–, afirma un habitante mientras arroja agua desde el andén de su casa a un solitario perro.

Hay noches que los perros no cesan de ladrar a los movimientos extraños en las cercanías de los tejares, que son muy comunes en este y en los barrios aledaños. Los extraños movimientos se deben a ladrones que merodean esas fábricas para robarlas, o a personas que abandonan en las madrugadas algunos perros, e incluso gatos que viven de techo en techo y que poco tocan tierra porque siempre hay un grupo de perros que al verlos sacan energías de dónde no hay para atraparlos y matarlos.

En los tejares que aportan gran cantidad de empleos para Mochuelo bajo y los barrios aledaños han adoptado algunos perros, especialmente a los más grandes que en las épocas de invierno buscan refugio cerca al calor de los hornos y en la cálida tierra naranja del barro.

—Los tejares se llenan de perros que en épocas de lluvias buscan refugio. Esos animales son muy inquietos. Una vez estaban organizando la energía de la fábrica, dejaron los cables pelados en el suelo y como es que llega un perro y se pone a jugar con ellos y se electrocuta. El animalito quedó achicharronado–, asegura Jesús, un obrero de los tejares.

Gracias a su cercanía con los tejares, las casas de la zona son de adobe, y no de cartón o madera como muchos barrios populares de Colombia, ya que pueden comprar el adobe con facilidad y a mejor precio que los demás. Pero según algunos habitantes eso es lo único barato que se consigue por en esta zona.

En el día se ven más perros en la calle que en la noche, en cuatro cuadras es posible contar 50 canes; en algunas esquinas se posan hasta siete, echados en los andenes o desparpajados como si la calle destapada y empolvada les perteneciera. Allí las viejas volquetas y carros particulares que sirven de transporte público deben pedir permiso a los canes para transitar. Cuando el pito rompe el sueño, el animal se levanta con tanta pasmosidad y lentitud que provoca la ira de los habitantes, y pese al peligro los niños son los que reaccionan contra los canes, según testimonio de los vecinos.


—Usted ve tantos perros aporreados es porque los niños los maltratan, les hacen maldades, les dan patadas, les tiran agua caliente y piedra–, afirma una vecina de Cedritos.

Con tanto perro en la calle se esperaría ver las calles sucias, bolsas rotas y la basura regada, pero Mochuelo bajo lucía más limpio que muchos sectores centrales de Bogotá.

Cuando la perrera municipal va a recoger los perros, la mayoría de los habitantes se oponen a que se los lleven y muchos hasta los entran a sus casas, pero cuando se van, los sueltan de nuevo. Un perro pequeño que dormía bajo el sol del mediodía en un andén fue despertado por una cocada de agua fría.

—Tuvo suerte de que no fue agua caliente o aceite –, asegura una vecina.

Esta situación, se parece a la de nosotros en este país, maltratados por los dirigentes que nos usan para robar y hacerse más ricos y nosotros seguimos ahí, a la espera de un pedazo de comida, atravesados por el hambre y pegados de la esperanza, para que se les conmueva el corazón, e igual que en Mochuelo bajo parece que esto está lejos de pasar.


En este lugar de condena canina cuando se camina en contra viento, llega el olor a perro abandonado y los pelos no se ven pero parecen entrar por las fosas nasales y ahogarnos.

En este purgatorio de perros medio destrozados que se tumban en cualquier sitio de la calle, exhaustos, sedientos y hambrientos, con la piel y la esperanza reseca por la indiferencia humana que solo atina a arrojarle agua para espantarlos, en lugar de ofrecérsela para tomar, existen perros encerrados, apartados de la chusma, perros con todas las comidas y cuidados, pero esa suerte no es para siempre.

— ¿Ese perro es tuyo? –, pregunté a un niño de 10 años.
—No, ya no–, responde él, parado con las manos en la cabeza y mirándolo seriamente, como si habláramos de un juguete.
— ¿Ya no lo quieres? Se nota que él sí te quiere mucho–, añadí.
—Es que ya no es de nosotros, lo regalamos a un amigo y él tampoco lo quiere ya.
— ¿Por qué lo regalo?
—Es que ya está viejo y feo –, asegura el niño mientras entra por agua para arrojarle ante la mirada incomprensiva y triste del perro.

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Saúl Franco
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