Débora Arango: el desnudo de una época

El sol marca las doce, en un día despejado y anónimo en la Plaza Botero de Medellín. Los turistas posan para una fotografía en esta o aquella escultura del maestro Botero. Los vendedores ambulantes de tinto, de 'raspao' de colores, pasan de un lado a otro durante un lento recorrido y algunas paradas. Otros ciudadanos van de carrera, despojados de todo intento de contemplación. Y así, entre la confluencia de pensamientos, afanes, indigencia y trabajo, comienza otra tarde.

Por estas calles aledañas al Museo de Antioquia pasó Débora Arango tomando apuntes para sus pinturas sobre lo que veía en la Medellín de 90 años atrás: la miseria, la prostitución, la visita de Gaitán a la ciudad durante su candidatura, las luchas políticas y obreras, las procesiones en una sociedad profundamente religiosa que al mismo tiempo comenzaba a impregnarse de nuevas corrientes ideológicas y políticas, en medio de una acelerada modernización. En sus cuadros buscó retratar el alma de su época.

Débora Arango tuvo "una habitación propia y 500 libras al año" –frase de Virginia Woolf sobre la importancia de la independencia intelectual y económica para una mujer dedicada al arte–, vivió en la casa de sus padres con algunos de sus hermanos, gozó del apoyo de su familia y de la estabilidad económica de la misma. No es raro que Arango pasara tardes enteras pintando, o que viajara a Europa y a México a adelantar algunos estudios en artes, o que fuera la cuarta mujer con licencia de conducción en la ciudad. Pero, a pesar de estos privilegios para su época, fue la misma sociedad quien no supo comprender su trabajo pictórico. Generó controversia y rompió paradigmas no solo estéticos sino también morales. Fue el valor la guía de su vida.

El desnudo de una sociedad
Débora tuvo problemas de salud a temprana edad, a los quince años sufrió de paludismo que le imposibilitó seguir sus estudios normales en el colegio María Auxiliadora en 1922. Al ver su situación las hermanas salesianas le permitieron estudiar lo que más le gustaba: pintura y costura. Esto le permitió estrechar lazos de amistad con la hermana María Ravaccia, una monja italiana, que la impulsaría en su camino hacia la pintura, poniéndola a copiar láminas y a hacer ejercicios en óleo, y así poco a poco fue despertando una gran pasión y amor por el arte.

Las mujeres solo podían pintar bodegones de frutas, flores o retratos. El hecho que cogieran un pincel y que se dedicaran a coser era visto más como una virtud de una joven educada. Era impensable que las mujeres fueran consideradas como artistas, ese era un lugar que estaba reservado para los hombres. Pero, entre las láminas que copiaba cada día guiada por Ravaccia, Débora no desistió de su sueño de dedicarse toda su vida a la pintura.

Después de permanecer seis años con las monjas salesianas, Débora, que se sentía atraída por temas que no habían sido retratados en Colombia, decidió emprender sus estudios con Eladio Vélez entre 1932 y 1935, y luego entró a estudiar en Bellas Artes (1935). Sin encontrar lo que buscaba, salió de allí y probó suerte con Pedro Nel Gómez durante 1935 a 1938, con quien se sintió muy entusiasmada y del cual comenzó a aprender sobre el desnudo, pero este le cerró las puertas de su casa de forma inexplicable.

Venganza sublime
Cuando el mundo observaba el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, cuya noticia invadía todos los medios de comunicación a finales de 1939, Débora recibió una invitación del Club Unión, el más distinguido de la ciudad, a exponer sus pinturas, como lo relata Ángel Galeano en su biografía sobre la artista. Allí expuso seis acuarelas y tres óleos que le bastarían para llamar la atención y ganarse el rechazo de los jerarcas eclesiales, políticos y sociales de la época. Dado que entre sus cuadros había desnudos, que eran considerados como algo inmoral y vulgar, la prensa y la crítica se abalanzó sobre ella, unos para defenderla y otros para condenarla.

"Un desnudo no es sino la naturaleza sin disfraces... La vida, con toda su fuerza admirable, no puede apreciarse jamás entre la hipocresía y el ocultamiento entre las altas capas sociales; por eso mis temas son duros, acres, casi bárbaros; por eso desconciertan a las personas que quieren hacer de la vida y de la naturaleza lo que en realidad no son", expresó Débora en una de las entrevistas que concedió a raíz de la polémica, ya que no solo sus desnudos causaron conmoción sino también la realidad social que habitaba en sus pinturas: borrachos, peleas callejeras, sátira política. Con su pincel desnudó a una sociedad abrigada de prejuicios, paradojas, indiferencia, paradigmas de belleza y silencio.

Para el año 1987 Débora donó 187 cuadros al Museo de Arte Moderno de Medellín, tras lo cual el museo decidió publicar un catálogo sobre su vida y obra, con ensayos críticos e imágenes. La ciudad la recordó de nuevo, pero esta vez para admirarla y condecorarla, tanto así que entre los reconocimientos que recibió está el Doctorado Honoris Causa en artes plásticas de la Universidad de Antioquia (1995) y Orden de la Democracia "José Félix de Restrepo", Concejo de Sabaneta en 2004, un año antes de su muerte. Después de toda una vida de trayectoria, en una de las últimas entrevistas que concedió le preguntaron qué era para ella el arte, a lo que respondió: "¿Arte? Es la única venganza sublime".

Sin máscaras
La tarde avanza sobre Medellín. El año 2017 comienza y en el Café Botero se escuchan varias canciones de Adele. Mientras tomo un café, y pienso en la vida de Débora Arango, ahora inmortalizada en el billete de 2000 pesos, recuerdo una afirmación de Lucrecio Greenblantt, Premio Nacional de Crítica y Ensayo: Arte en Colombia (2014): "nunca sabremos cuál habría sido el destino de la obra de Arango de haber permanecido en México, un ambiente menos pacato y conservador, más abierto a nuevas propuestas estilísticas". ¿Qué habría pasado con esta mujer a la que le fueron negados los conocimientos de los maestros de su época, cuya obra se ocultaba en las galerías e incluso a la que sacaron del Diccionario de Artistas Colombianos de Carmen Ortega en la edición de 1983? Débora es un retrato de su época, le tocó padecer los prejuicios, el olvido, el acceso restringido de las mujeres en el ámbito intelectual y artístico y aunque, como dice Greenblantt en su crítica, el caso de Débora no fue nada nuevo, porque muchas mujeres también padecieron el rechazo de su época, sin duda también afirma que "(…) el siglo XXI nos ofrece algo es la oportunidad de acercarnos al arte dejando de lado las máscaras de la falsa moralidad que tuvieron que vestir nuestros antecesores. Tal vez entonces reconozcamos que a pesar de la marginación a la que se le confinó, Arango fue una testigo aguda de su tiempo y que, en sus casi trecientos cuadros, nos dejó uno de los más desgarradores testimonios artísticos de Colombia en el siglo XX".

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Yorley Ruiz Manco
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