La lucha social se agudiza en los EEUU

Yo voto con el Partido Verde Estadounidense, así que 2016 no fue la primera elección donde voté por una mujer. Tengo el privilegio de votar Verde por vengo de un estado liberal, donde no tengo que temer que mi voto pueda ser un voto que contribuya a que el Partido Republicano gane los votos necesarios para tomar los delegados del consejo electoral que representan mi estado, los cuales son 10 de los 435 delegados. En total, el consejo electoral tiene 538 delegados, de los cuales 435 son elegidos según la población de cada estado; por ejemplo un estado como Montana con baja población tiene un delegado, mientras un estado como Texas con alta población tiene 38 delegados; y el presidente es elegido por los delegados en el consejo electoral, y estos por ley no están obligados a votar como el voto popular de su estado. El resto de votos de delegados, 103 están divididos entre 100 Senadores, dos por estado, y tres que representan a la población que reside en Washington D.C., que es una ciudad que no se hace parte de ningún estado por ser el distrito capital federal.

Creo firmemente que votar por un partido diferente a los dos dominantes, Republicano y Demócrata, es necesario para la democracia del país, aunque sea indirecta, pero admito que no es una cuestión que he tenido que pensar mucho por mi condición privilegiada de haber nacido en uno de los estados más progresistas de la nación.

Para quienes reducen su discurso diciendo que los dos partidos son lo mismo, están equivocados. Aunque desde afuera puede parecer que las administraciones liberales y conservadoras de los EEUU son iguales, la verdad es que sí hay diferencias. Es cierto que el sistema bipartidista se protege, y hay similitudes entre los dos partidos, pero hay grandes diferencias entre tener una administración Demócrata Progresista versus una administración Republicana Conservadora. Las diferencias son muy sentidas dentro del país, y tienen que ver con derechos humanos, medio ambiente, salud, educación y  libertades civiles. Hablando de Trump, el sujeto está contra la libertad de la prensa, es aislacionista en un mundo globalizado, no ‘cree’ en el cambio climático, nunca ha tenido una oficina pública, de hecho  nunca ha tenido que responder a nadie sino a sí mismo, y planea elegir  jueces conservadores para la corte suprema que afectará esta generación y la próxima venidera en todo sentido jurídico, desde leyes de financiamiento de campañas electorales hasta libertades civiles. Sin duda una administración Demócrata hubiera sido mejor para el país.

El Partido Demócrata

Una amiga, militante del partido Demócrata escribió: “Nosotros hicimos esto a nosotros mismos. Por no instalar un sistema de educación accesible para todos, creamos un grupo masivo de votantes que no han pasado por la universidad. Fallamos en no tomar posturas fuertes por justicia racial y por ello no animamos a las minorías para que militaran dentro del partido Demócrata. Fallamos en asegurar el empleo para trabajadores desempleados por la globalización y automatización de las industrias y así, dejamos que un grupo previamente Demócrata se convirtiera en una masa enojada, miedosa y traicionada por el partido. La retórica no basta”.

Estoy de acuerdo con muchos de sus sentimientos. 16 de los últimos 24 años han sido manejados por administraciones Demócratas, pero no han apoyado a su base, e incluso han contribuido a deteriorar a los sindicatos obreros y la asistencia social, y simultáneamente han apoyado el modelo neoliberal y globalizado. Esto lo han hecho durante una fase donde hemos visto la muerte del periodismo de investigación y el reemplazo de ensayos largos y editoriales de análisis en Twitter y realitys tv, donde cualquier persona dice cualquier cosa y termina siendo ‘la verdad’, sin tener que pasar por ninguna revisión contrastada con cifras u otros argumentos. O sea, lo retórico se vuelve en verdad política. Es un mundo peligrosísimo para la democracia.

Históricamente, electores en los EEUU sin una educación universitaria tienden a votar Republicano. Los Demócratas saben esto tanto como los Republicanos, pero los Demócratas no han reformado el sistema educativo en cuanto a la  privatización de la Universidad, ni han bajado costos para que las universidades públicas sean accesibles, cuando al mismo tiempo que los empleos que son bien pagados en las industrias actuales de los EEUU, requieren de un diploma universitario. Además, esa base tradicional de obreros ya no tiene el poder que tenía para presionar a través del sindicato por sus derechos laborales. Estos están, como dice mi amiga, cansados de la retórica. Por ejemplo, es verdad que el salario mínimo tiene que subir, pero estos desempleados quieren trabajo con salario digno, no reemplazar sus trabajos por industria exportada, o estar robotizados por un trabajo de servicios, de servidumbre, con un salario mínimo.

Se puede sumar a esa frustración económica otro gran error del discurso Demócrata. En esta elección: los que votan por Trump son “racistas y homofóbicos”, pero esto no es verdad. Trump es racista y homofóbico, pero no es lo mismo decir que toda la gente que consideró votar por el partido Republicano lo es.  Esta acusación alejó a muchos estadounidenses blancos, más que todo en áreas rurales, que están sufriendo por su condición de clase y el partido subestimó las necesidades materiales de estos.  Mientras en otras épocas activistas han sido más efectivos en juntar esas necesidades cruzando raza y clase, en este ciclo electoral Trump llegó con la promesa que esa gente han querido escuchar: un empleo digno con buen pago, o sea, una promesa tradicional del partido Demócrata.

Él no va a cumplir con esta promesa, pero este no es el punto. El punto es que dijo lo que la gente necesitaba escuchar, mientras los Demócratas estaban señalándoles de ser racistas y homofóbicos por pensar en votar por Trump. Para ser clara: los Demócratas tienen dentro de su plataforma un plan para la economía de la clase media, que es mejor para la clase media que las mentiras de Trump, pero la campaña de Clinton eligió no enfocarse en ello. Es una lucha de clases, en gran medida. El partido Demócrata demonizó la clase trabajadora blanca por ser racista y no se enfocó en la dimensión de la economía, donde el partido Republicano (o el loco demente Trump) les prometió trabajo digno con buen salario. Tal vez es necesario reconocer que es menos racismo y más necesidad económica lo que causó que la clase obrera blanca abandonara el partido Demócrata en esa elección. Acordamos, al final, que esta misma gente eligió a Obama dos veces en los últimos ocho años.

 

Trump y el Partido Republicano

Trump llegó a ganar la presidencia sin el respaldo de “su” partido, y su habilidad de resolver las diferencias entre su campaña rebelde y las élites de su partido va a determinar cuánto tiempo se queda en el puesto. Trump, quien nunca ha tenido que recibir órdenes de nadie, va a tener que reconciliarse con el partido porque su éxito depende de esto. Ya ha empezado a bajarse  de las promesas de su campaña con las cuales el partido no estuvo de acuerdo: ya no va a construir un muro entre los EEUU y México, va a trabajar con cabilderos, y no va a revocar el ObamaCare. El partido Republicano, después de esas elecciones, tiene control del Senado y la Casa de Representantes, que quiere decir que le puede hacer mucho daño al país si Trump se pone en fila a marchar con ellos. Trump no es un conservador tradicional del partido, ha denunciado los tratados de libre comercio y quiere gastar en infraestructura desde el gobierno federal, dos cosas con las cuales el partido Republicano está en contra, y nadie ha mencionado cómo se va a resolver hasta la fecha

Me atrevo a decir que la mayoría de la gente que votó por Trump no son racistas, misóginos, homofóbicos o locos, como él ha probado ser. Aun así, algunos sí lo son: desde que ganó Trump, el KKK volvió a marchar en público, y han subido crímenes de odio contra minorías étnicas, negros, latinos, inmigrantes y homosexuales. Organizaciones de derechos humanos están temiendo, y con razón, por lo que pueda deparar al pueblo Estadounidense si el gobierno nacional no controla esa situación lo más pronto posible.

Sexismo en los EEUU

Los números finales, tanto como los números de abstención, no han sido publicados hasta la fecha, pero algo claro es que los hombres blancos prefieren a Trump, o si no a él como sujeto, por lo menos al partido Republicano. Este dato no sorprende a nadie. Los que tienen el poder no lo van a entregar gratis, y los hombres blancos en los EEUU siempre han tenido el poder, y sigue en ello. La diferencia de preferencia por género en esta elección sí fue sorprendente, la más grande desde los años 50: según los primeros números, las mujeres prefirieron a Clinton por 12 puntos, y los hombres a Trump por 12 puntos, poniendo 24 puntos de porcentaje entre género en preferencia.

El país es más sexista que racista. Cuando Obama fue elegido a la presidencia de los EEUU, hubo un cambio simbólico en términos del  racismo en este país. Lo mismo hubiera podido ser Hillary para las mujeres y el sexismo, un cambio simbólico para empezar otro trato hacia las mujeres, y hablar de sexismo desde la perspectiva de una mujer. Lamentablemente el país no está listo para tener una presidenta, o sea, ni simbólicamente está listo para cambiar el discurso sexista y poner en marcha otra relación entre géneros.

Me duele decirlo, pero Bernie Sanders le hubiese ganado a Trump. No porque la gente sea más izquierdista, ojalá, sino porque debatiendo con Bernie, Trump no hubiera podido reducir su debate a insinuaciones sexistas. Entre dos hombres blancos, no hubiera podido jugar el rol de maltratador, ya que siendo macho blanco versus macho blanco hablando de política, Trump no hubiera ganado a ninguno.

Mi amiga militante del partido Demócrata lo resumió así: “Otra vez, un hombre blanco que habla más duro, grita, es más agresivo, quien nunca expresa desconfianza de sí mismo ni hace auto-reflexión, va a tener un ascenso, en vez de una mujer profundamente cualificada y experimentada”, y sigue, aún más grave, en las implicaciones para las mujeres en la sociedad:  “Puedo tener la seguridad que cuando soy víctima de acoso callejero es algo tácitamente y sistemáticamente condonado por otros, incluyendo la oficina más alta de la nación. Puedo tener la seguridad que la gente en mi gremio me va a ver como una ayudante en vez de lideresa, y que voy a tener que amablemente explicar mi experiencia para ganar un trabajo y después con toda certeza ser pagada con menor salario. Puedo tener la seguridad que los líderes en los lugares del trabajo, incluyendo las ONGs, se van a enfocar ‘en la misión’, en vez del trabajo de deconstruir sistemas de racismo, sexismo, clasismo y sus propios sesgos”.

Y otra amiga mía, Jackie, reflexiona cómo tantos padres y educadores expresaron el día después de las elecciones, a nivel personal, no saber cómo responder a sus hijos y alumnos: “Es más que el haber perdido mi partido político, y más que la derrota de ideales progresistas. Es un insulto personal, es un golpe a traición. Esto no es porque la gente esté cansada con el “establecimiento”, es porque no importa lo que una mujer hace, aprenda, diga o logra, porque siempre va a ser una mujer. Fue muy duro mirar a los ojos a mis hijas esta mañana, para saber que su luz interna, su curiosidad y su entusiasmo para la vida siempre van a confrontarse con hostilidad. Hostilidad contra su audacia de pensar que son valiosas simplemente por ser. El mensaje es claro: chicas, pueden ser todo lo que quieran, menos… suficientes”.

Poniendo mi política al lado, es necesario reconocer que las mujeres están de luto en los EEUU, más que todo las generaciones de mujeres progresistas desde mi abuela y desde mi mamá, que tomaron tanto orgullo en poder votar por una mujer, y por tener una esperanza tan grande de vivir para ver la primera presidenta de la nación. Sinceramente, espero que vivan para verla, aunque no sea Hillary Rodham Clinton.

Voto Popular versus Consejo Electoral

Trump no ganó el voto popular en los EEUU, algo muy importante para entender. La mayoría de los votantes en los EEUU no quieren a Trump, sino a Clinton. Hasta que voten los delegados del consejo electoral en diciembre, Trump no ha ganado la presidencia. Sin duda las movilizaciones de estos días en los EEUU están tratando de afectar las votaciones de los delegados, los cuales tienen el poder y derecho legal de votar por Clinton.

Demócratas han ganado el voto popular en 6 de las ultimas 7 elecciones presidenciales, pero los constituyentes de los EEUU están divididos y muy polarizados en su política. Encuestas recientes han mostrado que cada partido teme de la política del otro, o sea, tenemos miedo de nosotros mismos, y estamos votando casi 50-50 al nivel nacional.

Ninguna elección puede ser reducida solo a género o a raza, pero los números de quienes votaron en esa elección son impresionantes. Los blancos en los EEUU siguen siendo la raza que más sale a votar, y al final son ellos los responsables de elegir a Donald Trump. Mientras más información demográfica sea conocida, más atención se le va a prestar a la diferencia entre educación, edad, clase económica, y todas las cosas que dividen la raza en subagrupaciones, pero mirando las cifras es claro que los blancos lo eligieron, y más precisamente, los hombres blancos:

  • Hombres blancos representaron 34% de los votos y votaron 31% Clinton, 63% Trump, 6% otro
  • Mujeres blancas representaron 37% de los votos y votaron 43% votaron Clinton, 53% Trump, 4% otro
  • Hombres negros representaron 5% de los votos y votaron 80% Clinton, 13% Trump y 7% otro
  • Mujeres negras representaron 7% de los votos y votaron 94 % Clinton, 4% Trump y 2 % otro
  • Latinos representaron 5% de los votos y votaron 63% Clinton, 33% Trump y 5% otro
  • Latinas representaron 6% de los votos y votaron 68% Clinton, 26% Trump y 6% otro

La lucha y la esperanza

Al nivel nacional, el sistema bipartidista está siendo reevaluado por la población después de este ciclo de elecciones presidenciales. Ningún partido tenía la base y su liderazgo unido atrás de un candidato (en el partido Demócrata la base estuvo atrás de Sanders mientras el partido escogió a Clinton, y en el partido Republicano la base estuvo atrás de Trump mientras el partido tiraba para cualquiera que no fuera él). Más gente votó con otros partidos que en elecciones anteriores y estadounidenses están prestando más atención a la política. Todo esto es necesario para hacer cambios al sistema.

La gente blanca tiene la responsabilidad de parar el resurgir de grupos de supremacía blanca que están de fiesta por haber ganado Trump y ya se están organizando para esto. La lucha se ha vuelto muy real e intensa nacionalmente durante unos días contados desde el 8 de noviembre. La respuesta no ha demorado por parte de los constituyentes y movilizaciones masivas están pidiendo la intervención del consejo electoral y la solidaridad entre poblaciones para luchar contra la próxima administración en cabeza de Trump. Es seguro que la lucha de Trump no va a ser simplemente burocrática, también va a tener que luchar para que sus propios constituyentes no se movilicen para destituirlo. Dentro de su propio partido tienen mucho que resolver, y los senadores más izquierdistas como Elizabeth Warren y Bernie Sanders ya están comentando cada uno de sus movimientos, mientras nombra su equipo de transición.

El gobierno de EEUU es más que todo manejado al nivel local. Los estados tienen mucho poder de autonomía. Sería irresponsable, entonces, ignorar que en las elecciones del 8 de noviembre votamos para nuestros representantes al nivel de estado.  Mientras Trump ganó por el consejo electoral, al nivel estatal el voto popular tuvo noticias más inspiradoras. California eligió su primera procuradora, Kamala Harris. Catherine Cortez Masto ganó un puesto por los Demócratas en el senado desde el estado conservador de Nevada, y es la primera latina para servir en el Senado de los EEUU. La gobernadora electa de Oregon es lesbiana, la primera en la nación que fue abiertamente lesbiana durante su campaña. Tammy Duckworth es una Demócrata veterana de la guerra en Iraq quien perdió sus dos piernas en combate y le ganó al titular Republicano para poner su estado de Illinois en manos del partido Demócrata. De gran orgullo personal para mi estado de Minnesota, elegimos la primera somalí-estadounidense, Illhan Omar, a representarnos como legisladora. Omar vino a los EEUU a los 15 años, es una lideresa para su comunidad, y feminista interseccional quien ha dedicado su vida a los derechos de las mujeres y la participación cívica. Esto sin mencionar las ganancias al nivel de condados, municipios, distritos y barrios, donde la política se pone en marcha, los elegidos y sus bases se mueven y se organizan, y el discurso de plataforma se vuele irrelevante frente a la práctica y la lucha de construir el país que queremos, como dice la constitución:  por y para el pueblo.

 

 

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Gina Spigarelli
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