Se reedita ´Al calor del tropel´, reflejo de la radicalidad del movimiento estudiantil

La Fogata Editorial y Lanzas y Letras presentan una nueva edición, corregida y actualizada, de la obra escrita por Carlos Medina Gallego que recrea la mística de resistencia y las vivencias cotidianas del movimiento estudiantil en sus épocas de mayor radicalidad. Presentamos las palabras de las editoriales y del propio autor que prologan esta nueva edición.

 

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Desde todo el país, compras online: http://www.lafogataeditorial.com/libros/al-calor-del-tropel

 

Por qué esta reedición, por qué ahora

 

En las presentaciones públicas de nuestros libros le damos especial importancia al debate, las opiniones y las sugerencias de los participantes. “Sería bueno reeditar Al calor del tropel, un libro de referencia para el movimiento estudiantil”, dijeron, en una ocasión. Tomamos nota de la sugerencia. Consultamos a jóvenes —y no tan jóvenes, ya que la primera edición del libro es de 1992—, hablamos con estudiantes que hoy se organizan en las distintas facultades del país. El veredicto fue unánime: sería muy bueno reeditar el libro. Para eso están nuestras editoriales: para recoger las inquietudes, necesidades y demandas del movimiento social. El paso siguiente, entonces, fue llevarle la idea al autor.

Carlos nos recibió en su casa, aceptó la propuesta sin dudar. Sellamos el acuerdo sin papeles, sin firmas: bastó la fraternidad y la confianza.

Sin adentrarnos en debates que exceden a este modesto espacio introductorio de una obra que marcó épocas, sí podemos decir cuál ha sido nuestra motivación política —como editores, como militantes de iniciativas culturales, pero militantes al fin— al apostar a la reedición de este texto.

Quienes hacemos La Fogata Editorial, quienes sostenemos Lanzas y Letras, creemos que la memoria histórica tiene peso propio, más allá de las coyunturas. Entendemos esta reedición como un aporte a mantener viva la mística de lucha, el sentido de compro- miso, la vocación de entrega militante que expresa la obra original. La realidad actual sigue tan signada por injusticias estructurales, por padecimientos y cercenamientos a las libertades, como lo es- taba en la época de radicalización juvenil que refleja esta historia.

Hoy como ayer las expectativas de cambio social siguen estando en la juventud, en particular en aquella que resiste la marginalidad, el estigma social y el racismo; la misma que en décadas pasadas pobló las universidades públicas y vivió los padecimientos de los barrios populares, siguiendo el ejemplo de Camilo Torres. Una juventud que, al igual que los y las jóvenes de Al calor del tropel, desborda la universidad, se compromete con el estudio, con la militancia, y mantiene viva la lucha por cambios estructurales. Junto a esa juventud, seguimos creyendo que el fondo de la propuesta y la práctica política estudiantil iniciada el siglo pasado es cuestión del presente.

 

La Fogata Editorial Lanzas y Letras

Noviembre de 2016

 

Prólogo a la tercera edición

Carlos Medina Gallego

El camino recorrido por el activismo estudiantil en las dos últimas décadas está cargado de sueños y esperanzas, de escuelas cotidianas de formación que se confrontan con las viejas y ancladas prácticas de movilización, que se reinventan y se colorean de los entusiasmos con que siempre está vestida la legítima protesta juvenil.

Una nueva generación de liderazgos se coloca al frente de la lucha por una educación pública al servicio de las necesidades del país, que esté financiada con suficiencia y oportunamente por el Estado, que sea gratuita y con la oferta de bienestar necesario para garantizar que los ambientes y atmósferas universitarias proporcionen el aire suficiente y sano para que los futuros conductores de la nación se formen al más alto nivel y con las mayores oportunidades. Esta nueva generación tiene un orden de motivaciones distintas a las que nos movieron a nosotros en la década que va de finales de los 60 a comienzos de los 70, en un universo global que los coloca frente a nuevos retos personales y colectivos.

 

Pese a esto, en su corazón habita el pálpito de la rebeldía, un humanismo que se niega a desaparecer en el abismo del pragmatismo económico, y residuos del altruismo que llevó a miles de jóvenes de otras generaciones a asumir grandes sacrificios en el convencimiento de estar haciendo lo correcto. Esta nueva generación debe hacer la lectura correcta de su tiempo, encontrar la razón de ser de su forma de existir en lo colectivo, abrigar pequeñas y grandes luchas reivindicativas con la mayor objetividad posible y en el marco de logros alcanzables. Debe moverse con mayor inteligencia que la nuestra, porque son mayores los retos, más grandes los obstáculos, y no por ello insignificante el mundo de las oportunidades. Deben, como comunidad, hablar una sola lengua, la de la unidad, y salirse de la torre de babel de las ideologías, sin abandonarlas como fundamento pero haciendo especial énfasis en lo político, que es lo que realmente transforma; hay que dejar hablar a la práctica que une y callar a la palabra que distancia.

 

Estamos entrando a un momento histórico complejo, cargado de grandes incertidumbres y expectativas donde, inevitablemente, los jóvenes de hoy van a tener que jugar un papel determinante en la construcción de una sociedad más digna, libre y democrática. Estamos tratando de cerrar un largo ciclo de violencia que se niega a morir y que sigue consumiendo la vida de los más humildes en la voracidad acumulativa de poder de los más poderosos. El camino de construcción de paz no es nada fácil, porque no desaparece de un día para otro la discordia que alimentó décadas de odio y de venganza. Pero los jóvenes universitarios de hoy tienen que tomar en serio su papel, sacar suficiente distancia del pasado, y proyectarse cargados de amor por la vida en una ruta de reinvención del país de sus padres y abuelos. Tienen que poner fin a esa costumbre despreciable que establece que los hijos de los pobres vayan a los campos de batalla para que los hijos de los poderosos vayan a las zonas francas y a las zonas rosas.

 A esta altura de mi existencia no soy nadie para recomendar nada, pero si pudiera reiniciar mi vida, sin arrepentirme de nada de lo hecho —que fue lo que le correspondió a los jóvenes de mi tiempo, cuyo espíritu se ve reflejado en este libro—, comenzaría por prestar mayor atención a mi formación profesional y humanística, compensar de mejor manera los sacrificios de mi familia, estar más cerca de las necesidades de la gente que de las de mi organización política, y construir conjuntamente con los otros una ruta de realizaciones pequeñas de las que pudiera dar razón al cabo del tiempo. Acompañaría más a los liderazgos naturales que a los liderazgos impuestos y me formularía como propósito hacer de mi país un territorio en el que cada uno de sus habitantes tuviese garantizado los derechos fundamentales.

Este país necesita de muchos y bellos profesionales para que lo habiten del lado de la gente y los territorios; estoy convencido que un buen ingeniero, un buen médico, un agrónomo, cualquier profesional ejerciendo humana y justamente su oficio, cargado de amor por los seres humanos y por su patria es, por ese solo hecho, un auténtico revolucionario.

Si hoy pudiera comenzar de nuevo, mi programa político se- ría sencillo y contundente: lucharía para que en mi país la vida se respetara a cabalidad y tuviera una connotación sagrada; para que nadie, ni institución alguna, se considerara con derecho a poner fin a la vida de un ser humano. Trabajaría del lado de los ambientalistas en la defensa de los patrimonios comunes de la humanidad: el agua, los páramos, los bosques, las selvas, el aire, la iluminación solar, la biodiversidad, el planeta como recurso de vida; por la utilización adecuada y racional de los recursos y por una cultura sustentable de las relaciones del ser humano con la naturaleza.

Buscaría por todos los medios que se garantizara a plenitud el derecho a la alimentación y la seguridad y la sustentabilidad alimentaria de la nación; que en todos nuestros hogares la gente tuviese derecho a sus siete comidas diarias y que los niños y niñas, además, lleven repletos de frutas y dulces sus bolsillos cuando corran tras las mariposas y los sueños. Trabajaría para que todas las familias tuvieran una casa lo suficientemente amplia donde dar cabida a la solidaridad y a la sonrisa de las mujeres y de los trabajadores, una casa que tuviera más espacio y luz que cosas innecesarias y asfixiantes. Una casa que, además, estuviese construida desde nuestras tradiciones pluriétnicas y multiculturales.

 No economizaría el menor esfuerzo por conseguir para todos una educación de calidad desde el vientre hasta la muerte, en la vida y para la vida, cargada de las pertinencias y necesidades del país y repleta de oportunidades para todas las condiciones socia- les; una educación capaz de orientar los talentos y condiciones de cada uno, en la que los programas tengan en consideración las capacidades y limitaciones de cada ser humano, potencien las primeras y vayan llenando con paciencia el reloj de las segundas.

Volvería a marchar sin la menor duda por el hospital de La Hortúa y por el derecho a una salud de calidad, preventiva y curativa, a cargo del Estado. Por el derecho al trabajo digno, bien remunerado, de calidad, que tenga todas las garantías y seguridades laborales y prestacionales, la mayor estabilidad. Un trabajo que les permita a todos los ciudadanos y ciudadanas del país reproducir sus condiciones de existencia y las de sus familias, con calidad, sin angustias ni incertidumbres.

 Acompañaría las luchas de las mujeres y de las comunidades LGTBI por sus derechos; saldría a marchar en tacones si fuese necesario, sin el menor escrúpulo ni la menor vergüenza. Levantaría en alto la bandera de la no violencia contra la mujer y la no exclusión por ninguna causa. Me sumaría a la lucha de los defensores de los derechos humanos, a las de las comunidades afrodescendientes e indígenas y la de los sectores populares; volvería a marchar cuantas veces fuese necesario para demandar derechos y trabajaría para hacerlos efectivos.

Luchar por el derecho a la vida digna, la alimentación, la vivienda, la educación, la salud, el trabajo, la cultura, el ocio y la re- creación, sería —o seguiría siendo— mi nuevo programa de lucha política.

Hoy pienso que los jóvenes estudiantes tienen una mayor responsabilidad política, y que deben participar decidida y organizadamente en los escenarios de la lucha política democrática por los cargos de elección popular en todos los espacios posibles. Deben hacer a un lado los impedimentos ideológicos, políticos y morales para cumplir con la obligación ética y moral de servir con integridad y honradez a su sector social y a su país.

La publicación de esta nueva edición de Al calor del tropel, que ha acompañado la lucha estudiantil en las últimas décadas, debe servir para orientar la lucha de los jóvenes en un deslinde con su pasado y en la construcción de un nuevo horizonte de realizaciones, que debe comenzar con la recuperación juiciosa del espíritu que inspiró el surgimiento y la lucha de la Mesa Amplia Nacional Estudiantil —MANE— y su programa mínimo. Esa es la historia de hoy.

 

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