Recordando a Gonzalo Arango

Mi amistad con Gonzalo fue tan fugaz como profunda. Nos conocimos en el Barrio Santo Domingo Savio de Medellín; nuestra primera conversación, recuerdo, un 11 de noviembre del año 1967, giró en torno al Nadaísmo. “Gabrielito -me dijo-, yo solo aspiro a enriquecerme espiritualmente y a esto, sacrifico con placer todo bienestar exterior, lo decorativo y lo superficial. Me quiero hacer profundo en la intimidad”. Yo le compartí luego por qué había elegido trabajar en ese barrio. Nuestra charla se prolongó hasta las dos de la mañana. Al despertarnos hacia las ocho de la mañana nos dimos cuenta que fuimos atracados: se nos llevaron la guitarra con la que habíamos amenizado un poco la primera charla y además el ladrón o los ladrones, nunca supimos nada de ellos, se nos embolsillaron nuestras billeteras. La de Gonzalo con $6.500 y la mía con apenas $5.000. Gonzalito me dijo: “Gabriel, si algún día llegas a saber quién o quiénes fueron los que nos blanquearon deciles que te devuelvan la guitarra y que se queden con nuestros capitales para que nos ayuden a no poner nuestra felicidad en el dinero”.

A los pocos días encontré la guitarra en la casita y llamé a Gonzalo para contarle lo sucedido, entonces me dijo: “voy a subir de nuevo al barrio para que celebremos el milagro”. Cuando vino le presenté a la Hermana Roselin, una monja del colegio Mary Mount que estaba deseando invitar algunas estudiantes para que hicieran con ella un trabajo de acompañamiento a los habitantes del barrio. Roselin nos dijo: “no vamos a subir a regalar espejitos de cobre con la imagen de la Virgen de los Milagros. Yo creo en el milagro de mejorar el mundo con el milagro de la voluntad".

Resolvimos entonces con Roselin y las niñas de su colegio, con Pablo Gallinazo, con Eduardito Escobar y otros amigos de Gonzalo, celebrar una misa nadaísta a base de poemas como rito de la palabra y compartiendo el pan, pero transubstanciando primero el corazón. En los poemas Gonzalo se inspiró diciendo: “el hombre moderno crucifica con sus actos diariamente a Cristo y con sus pensamientos niega sus verdades. Dios, viviendo en nosotros y nosotros en Él, en absoluta identidad, en la plena beatitud del amor humano y el divino, sin necesidad de este instrumento sucio que es el conocimiento o la razón, la razón no es conciencia”. Después de la misa nadaista, Pablo Gallinazo comentó sobre la monja Roselin: “es tan bella que provoca creer en Dios”.

Tiempo después a Gonzalito lo echaron de El Espectador y de la Revista Cromos. Entonces fui a visitarlo a Bogotá y lo invité a un almuerzo de amistad. Recuerdo bien que a las primeras cucharadas de sopa le sonaron sus intestinos y entonces comentó: “Si oís Gabrielito, mis intestinos gritan ¡Socorro, nos están alimentando!”.

Cuando fui trasladado en el año 70 al barrio Prado, Gonzalo me escribió esta carta que aunque se me perdió, la grabé en la memoria de mi corazón: "Gabrielito, alguien dijo -creo que fue Nietzsche-: 'los hombres que no tenemos Dios, debemos buscar amigos'. Pero yo me pregunto si la amistad no será el regalo más hermoso y divino de Dios entre los hombres. Yo creo que sí, porque cuando estoy con personas como vos, siento que a mi corazón le nacen alas para abrazarte en lo más hermoso del espíritu divino, por lo que tenés de amigo y de hermano, al mismo tiempo de poeta, de alma solar, de estrella cagada como diría el gran maestro de Otraparte, Fernando González… ¡ay! por Dios Gabrielito, y yo que me confesaba en el municipio de Andes - Antioquia de decir cagón y pendejo. Afortunadamente la paila mocha pasó de moda, porque si no, cómo sería la achicharrada que se me esperaría en averno donde nuestro común enemigo, el gran satán, se frotaría de felicidad las manos al recibirme y dar sus órdenes perentorias”.

 

LA ORACIÓN POR TODOS

Un minuto de silencio
Y luego os diré por quién.
¿O sería mejor pedir un minuto de protesta?
Y no es por los muertos
ni por la inocencia asesinada.
Es por los vivos
que siguen muriendo para nada.
Por los que sufren y su dolor no tiene porvenir.
Por los que trabajan y sin embargo tienen hambre.
Por los que suspiran en las prisiones
y en las fábricas
por un rayo de luz y de libertad.
Por el solitario que busca en el tumulto
un corazón amigo.
Por los exiliados,
por los miserables
por los desposeídos
que buscan una patria en su propia patria.
Por los que no tienen techo
y en el temblor de cada día
esperan que al fin brillará la luz para todos.
Por los que no tienen nada
ni un metro de tierra en que caer muertos
y de ellos dice la piedad que son inmortales.
Por los que sueñan con el rostro amado
y al despertar los espera el odio,
la avaricia
y el mercado negro de las almas.
Por los que tienen miedo de vivir
y esto los hace cobardes
matando en su corazón lo que hay de coraje
pureza
y esperanza.
Por los que odian y matan sin saber por qué
y en su feroz ademán
tiembla una débil nostalgia
de solidaridad humana.
Por la pobre ramera sacrificada otra vez
en el pozo de las lapidaciones
de una moral hipócrita y farisea.
Por los humillados
cuya única chispa de dignidad
está en la hoja fría de los puñales.
Por los sabios atómicos
que descubren las ecuaciones de la muerte
en una probeta de laboratorio
y celebran con júbilo
el triunfo de la razón
y de esta lógica infame.
En fin… por todos:
por ti, por mí,
para que cese el dominio tiránico
de la cruz y el patíbulo
y se nos dé para esta vida
la salvación que se nos promete
en el más allá.

Gonzalo Arango
De su libro OBRA NEGRA. Ediciones Carlos Lohlé, Buenos Aires 1974

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Gabriel Díaz
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