Presidente, la guerra lleva rato en las ciudades

El presidente Santos afirmó en el Foro Económico Mundial realizado en Medellín, el pasado mes de junio, que si no se aprobaba el plebiscito con las FARC para refrendar los acuerdos de La Habana, se iba a retornar a la guerra, y más aún que la guerra iba a llegar a las ciudades. “Información amplísima que ellos están preparados para volver a la guerra, y la guerra urbana que es mucho más demoledora que la guerra rural. Eso es una realidad, lo sé, y por eso es tan importante que lleguemos a un acuerdo”.

La afirmación generó una fuerte controversia; se le reprochó al presidente querer infundir temor en la ciudadanía para presionar la aprobación de los acuerdos. No obstante, más allá de la polémica más generalizada, es interesante analizar la afirmación del presidente.

En perspectiva histórica, las ciudades han sido territorios de disputa, de presencia y de actuación armada en estos años de conflicto, es decir de guerra, como dice el presidente Santos. De hecho por muchos años algunas ciudades colombianas fueron consideradas como las más peligrosas del mundo, según el informe del Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal de México; Bogotá incluso fue considerada la ciudad más peligrosa de América según encuesta realizada por la agencia de noticias Associated Press, con casi 10 homicidios diarios, duplicando el promedio continental.

En el estudio “Violencia juvenil en Contextos Urbanos” realizado por el CERAC en 2014, se identifican las dinámicas de la violencia en Bogotá, Cali, Medellín, Cartagena e Ibagué, en la segunda mitad del siglo XX. Con sus matices y variaciones, hay unos momentos comunes en la violencia en las ciudades en Colombia.

Algunos de esos momentos comunes tienen que ver con la presencia guerrillera en las ciudades, con la retoma paramilitar de éstas, y con la posterior consolidación de poderes territoriales con funciones sociales, políticas, militares y económicas en los territorios urbanos.

Durante todos los años 60, 70 y 80 las ciudades alimentaron de jóvenes rebeldes las filas insurgentes, al tiempo que dicha presencia guerrillera aumentaba. Este proceso fue detonado por conflictos sociales y económicos que el sistema político era incapaz de tramitar por las vías democráticas e institucionales. El Frente Nacional y los gobiernos posteriores no sólo no resolvieron el problema de la violencia, sino que lo profundizaron.

A esta presencia inicial de la insurgencia en las ciudades, sobrevino la actuación de los carteles del narcotráfico en los años 80 y 90, con atentados, bombas, sicariatos, etc. Parte de la década del 90 y del 2000, fueron escenario de la expansión y consolidación de las milicias guerrilleras, y de la retoma paramilitar de éstas bajo el gobierno de Álvaro Uribe Vélez.

Así mismo, es importante señalar que esta confrontación armada en las ciudades ha estado íntimamente relacionada con la conflictividad social y política que se presenta en dichos centros urbanos. Al respecto, y en un contexto de análisis de las áreas de conflicto en Bogotá, el mismo estudio del CERAC dice: “Estas áreas tienen en común tres aspectos: (1) Los peores indicadores socioeconómicos. (2) Mercados criminales relacionados con la provisión ilegal de servicios de seguridad; el narcotráfico; el tráfico de armas; el contrabando; el lavado de activos, etc. (3) Las principales problemáticas de violencia juvenil”.

Hoy, como expresión cruenta, desalmada y vil de las realidades urbanas, persiste la desaparición forzada, la limpieza social, y el desplazamiento intraurbano. Apenas se empiezan a superar las batidas ilegales por parte del ejército, pero aún no cesa el reclutamiento de los combos y las pandillas atizadas por las “bandas criminales”, nuevo nombre del fenómeno paramilitar. Los índices de calidad de vida de las ciudades mejoran bastante en las rendiciones de cuentas de los alcaldes y secretarios, pero las situaciones concretas se complejizan y empeoran.

No obstante, las ciudades, sus problemas, sus necesidades, sus actores, han estado marginados de la actual agenda de paz, y sólo son mentados para amenazar y hablar de los riesgos del no en el plebiscito; o sea para hacer campaña.

Es verdad, y una fortuna, que sobre las ciudades colombianas no hay amenazas permanentes de bombardeos, ni edificios en ruinas. Sin embargo la guerra está en las ciudades hace rato, presidente; que usted desde el pedestal que ocupa no la sienta, es otra cosa. Puede empeorar para las clases medias y altas, preocupadas por las altas tasas de inseguridad; pero sin duda hay millones de colombianas y colombianos que vivimos en la zozobra de la confrontación en los barrios de Colombia, y que vivimos los rigores de la necesidad y la exclusión.

Por eso se hace necesario impulsar iniciativas de construcción de paz desde las ciudades, que nos lleven a construir vida digna en los territorios urbanos. Esa es la tarea.

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Sebastián Quiroga

Vocero Nacional del Congreso de los Pueblos - Politólogo

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