Aldemar y Bernardo los fontaneros

En la parte más alta de la comuna 3, Manrique, al oriente de Medellín – donde los techos de lámina de zinc bordean la montaña como queriendo contenerla de su posible deslizamiento; donde se llega desde la ciudad al corregimiento Santa Elena, con unos minutos de trocha por la pendiente ladera, que en momentos parece lanzarnos a la caótica y bullosa ciudad –, cuatro fontaneros, entre ellos una mujer, se encargan de administrar el agua para más de 3.500 habitantes del barrio La Honda.

Según cuenta Aldemar Antonio Betancur, oriundo de Aquitania en San Francisco - Antioquia, hace años, cuando apenas el barrio se empezaba a formar y no tenían acueducto ni agua potable, la gente de la zona fue a buscarla hasta los tanques de Bello Oriente, uno de los sectores aledaños:
—Fuimos hasta allá, pero nada. La vimos muy horrible traer el agua desde allá, entonces nos fuimos por esa cuchilla. Fuimos nueve personas. Les mostré a lo lejos la laguna y un nacimiento, y por allá nos resbalamos a la represa para ver de dónde era más fácil traer el agua –, dice don Aldemar mientras sostiene un lazo enrollado en su hombro izquierdo, con el que minutos antes amarró la nevera que subió por las empinadas y estrechas escaleras, donde solo cabe el pie completo de un niño.

Después de buscar la mejor alternativa se decidieron por tomar el agua de la represa:
—Un señor que ya tenía el agua para el sector de la cancha nos dio media pulgada para tener la toma de la represa, pero eso era muy poquita agua para tanta gente.
El asentamiento fue creciendo y con esto la demanda del agua, generando problemas entre los mismos vecinos. Incluso al mismo Aldemar lo amenazaron una vez con “darle machete” sino solucionaba los problemas del agua.

En 2007, para acceder al servicio, cada casa pagaba la matrícula y cada ocho días Aldemar iba de casa en casa cobrando mil pesos. De los mismos aportes, él compraba los materiales para hacer los arreglos; así fue por cuatro años hasta que crearon un comité, pero la gente se cansó a los dos años y lo dejaron otra vez solo.

El caserío de La Honda seguía creciendo. Desplazados del departamento y de otros barrios de Medellín llegaron buscado un pedazo de tierra para volver a empezar o cambiar de vida. Para mejorar el servicio recogieron 30 mil pesos por cada casa y buscaron el agua de Las Empresas Públicas.
—De Bello Oriente nos vendieron la pega para traer el agua; con 7 u 8 millones que recogimos, compramos los materiales y empezamos a tirar el agua.
Dele, dele, dele trabajando mucho hasta que trajimos el agua.

Sin ser ingenieros, Aldemar y sus compañeros tuvieron que hacer cálculos para que la pendiente y la presión garantizaran el buen flujo del agua a todas las casas. Pero con el nombramiento de un nuevo presidente de la Junta de Acción Comunal, cambió la dinámica del reparto del agua a la comunidad.

—El año pasado el nuevo coordinador tenia nuevas ideas. Le daba 15 minutos a una casa y 15 a la otra. Yo no le quería comer de esos cuentos y me sacó. Eso así no da porque la gente es corriendo para recoger el agüita.

Don Aldemar recibía 300 mil pesos cada mes por su trabajo de día y de noche, y ahora él se gana algunos pesos con trabajos ocasionales.

Por su lado Bernardo Polo, un afrodescendiente de estatura media, piel sin arrugas visibles en la cara a sus 46 años, lampiño y cejas pobladas, oriundo de San Juan de Urabá y con ocho hermanos, es uno de los actuales fontaneros en el barrio La Honda; al igual que don Aldemar, su trabajo es de día y de noche. Hasta la una de la mañana va su labor, que es mucho más que abrir y cerrar llaves.

Bernardo lleva 14 meses en este trabajo que le ha permitido conocer su barrio cuadra a cuadra, al igual que las necesidades de sus vecinos sobre el líquido vital que ahora tienen solo día por medio; aunque ocho meses atrás tenían que esperar hasta cuatro días para ver agua en sus canillas.

Ser fontanero en un barrio en formación exige mucho cuidado, supervisión y acciones inmediatas, especialmente cuando hay daños.

—Por este sector abro la llave desde la 1 de la madrugada hasta las 7 de la mañana y la gente se levanta a recoger o pone las lavadoras –, asegura don Bernardo mientras sube rengueando por las empinadas escalas de 70 centímetros de ancho aproximadamente que se pierden cuesta arriba entre el cielo y la montaña. El hombre abre la llave, señala un tubo que pasa por encima de un techo y explica cuál es el destino que tendrá el líquido.

—Don Bernardo, mi papá le mando a decir que por allá arriba hay un daño y que ya cerramos la llave –, le dice un niño que se nos acercó, mientras nos ubicábamos con dificultad y cuidado en las escalas. El fontanero se devolvió por sus herramientas. Al voltear, ya se observaban las millones de luces de la gran ciudad que crece constantemente, y que lo empujó a lo más alto en busca de una tierra para tener un techo.

Por trochas llenas de polvo, barro, monte o cemento, él recorre su barrio que en otrora no era más que montañas, árboles y hierba. Mientras trepa la ladera apoyado de un tubo de media pulgada, recuerda su trabajo en Turbo con un contratista que servía a Unión de Bananeros de Urabá - UNIBAN-.

—Yo trabajaba haciendo mantenimiento a unas fincas bananeras y en el 2005 estaba cruzando un puente de madera, cuando me caí y me golpeé por las costillas y me fracturé la pierna. Allá me la iban a cortar pero yo puse una demanda y me mandaron a hacerme el tratamiento acá en Medellín –. A don Bernardo le decían que tenía cáncer en un hueso de la pierna; a veces dice que es un tumor benigno que se agravó; el caso es que su pierna se encogió, se chupó, y él mantenía acostado sin poder hacer nada por su familia ni por él mismo, a la espera de un donante para operarlo.

Avanzamos entre los ladridos de los perros que azaran la noche y la música estridente de las discotecas al fondo, mientras él pregunta cada tanto en algunas casas que si tienen agua. Nos internamos en el monte buscando el tubo dañado. Una vez descubierto el daño, el hombre sube alumbrando con una linterna por una trocha cerca de 10 minutos y cierra la llave. La bajada es con más facilidad y rápida, como si no tuviera su pierna lastimada.

De su mochila saca una segueta, una tarro de gaseosa con pegante, un trapo, un cuchillo, y un puñal que reemplaza el machete que le estorba más, y se alista a reparar el tubo quebrado por algún incauto que probablemente bajaba palos por ahí.

Bernardo arregló el tubo bajo la luz de la luna. La linterna apretada entre el cuello y el mentón. A su espalda la ciudad que imagina que los fontaneros ya no existen, y que todos los habitantes en Medellín tienen agua a cualquier hora, porque tenemos la afamada Empresas Públicas de Medellín. Lo cierto es que si no fuera por estos hombres, más de un barrio no existiría.

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Saúl Franco
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