¿Cómo no sentir en el corazón el hambre de los demás?

Medellín es una ciudad de exageraciones, contrastes, de ricos y pobres, muy pobres, que a veces se topan cara a cara, pero esquivan las miradas temerosas e indiferentes; almas que habitan la ciudad separadas por estratos sociales, segregadas por clases, apellidos, marcas, calles y hábitos, pero sobre todo, por la capacidad económica, por lo que llevan en los bolsillos y lo que pueden llevar a su boca.

En la ciudad de Medellín, entre bares, verduras y cantinas en el sector de Tejelo en la Comuna 10, el Centro de Medellín, hay varias mujeres en un restaurante que desde las 7 de la mañana están cocinando y lavando para preparar platos sencillos de buen sabor y económicos. Su ganancia en pesos es poca para las seis personas que trabajan allí, pero la satisfacción es grande.

Amanda Marín Carvajal, una mujer de estatura media, tez blanca, reservada en la conversa, oriunda de Arboleda, Caldas, es cocinera – aprendió cuando apenas tenía 12 años, su casa fue la escuela y desde los 16 empezó a trabajar en restaurantes e instituciones -, y con su sazón ha levantado 8 hijos. Mientras revuelve una ollada de espaguetis que sazona con salsa de tomate y una pizca de amor, cuenta que a pesar de su esfuerzo y disciplina no ha logrado conseguir una casa propia. Su salario no le permite ahorrar ni darse lujos, pero sí mantenerse y cubrir sus necesidades básicas.

—Estoy aquí porque me gusta preparar la comida, y me parece justo que la gente más pobre pueda pagarse una comida decente y coman bien. Al menos una vez al día –, dice Amanda mientras cambia de mesa la olla grande llena de pastas que emana un vapor y se riega por toda la cocina aumentando la temperatura que a las 9:30 de la mañana ya tiene a todas las cocineras con gotas de sudor en la frente.

Su uniforme verde limón con gorro blanco que les cubre el cabello, las acompaña todo el día, y Amanda solo se quita a las 8 de la noche cuando regresa a su casa, en el barrio Popular dos, donde llega y se pone a ver telenovelas que la arrullan, y al rato la dejan dormida; claro, después de ayudar a sus dos hijos con las tareas.

A pesar de lo temprano, ya se ven varias personas que se sientan en algunas de las 30 butaquitas de plástico de colores puestas alrededor de las mesas metálicas de acero inoxidable.


—Un desayuno con pastas por favor –, dice un hombre con un uniforme verde de una bebida energizante que se vende en los semáforos de la ciudad, a la vez que frota sus manos. Él sabe que lo que realmente le da energía para todo el día es un buen desayuno.

Doña Luz Riaza Amaya, una mujer de 60 años, que nació en el barrio el Picacho en la comuna 7- Robledo, es cocinera curtida y recorrida por diversos restaurantes y negocios de la ciudad. Mientras revuelve los frijoles en una olla que le llega a la altura del cuello y con ojos sonrientes nos dice:

—Yo tengo una hoja de vida hermosa, gracias a Dios, aquí en la calle.
Luz se ha enfrentado a la crudeza de la pobreza, a esos trabajos cuyas condiciones parecen castigos; pero ella los supo aprovechar y uno de los primeros trabajos que recuerda es el de cuidar cerdos en el barrio Antioquia, también vendió chiclets, lavó ropa, vendió tomates y cebollas con sus hermanos en carretas. Hasta fue mecánica en el barrio Manrique.

—Yo he trabajado en muchas cosas por amor a mis hijas. El padre de ellas era drogadicto y se fue para la calle y por allá lo mataron, entonces me toco a mi sola la lucha.
Sus hijas están bien, han estudiado y han creado algunas empresas, solo una le salió descabezada como el papá, dice doña Luz mientras sus compañeras que oyen el relato se ríen. Ella regresa a revolver la olla. Por momentos le pido que me hable más duro porque los extractores de aire llenan de un ruido sutil la cocina. La mujer de contextura gruesa y piel canela se muestra activa constantemente; está pendiente de las sopas que le toca hacer para el menú, que es el mismo todos los días pero que los comensales pueden combinar.

Activa y pendiente también dice estar y haber estado de sus 16 nietos, 3 bisnietos, 6 hijas y su hijo.
—Yo tengo un combo más grande que este que hay aquí –, dice mientras retira rápidamente el cucharón de la olla y me mira seriamente.
—Yo he hecho de todo para levantar a mis hijos, me tocó hasta pedir de puerta en puerta y hacer lo que nunca pensé ni deseé hacer, con tal de que no les faltara nada.

Doña Luz, que muestra conocimientos de servicio al cliente y mercadeo, siempre se ha sentido acompañada y querida por sus hijos, así como bien recompensada por su trabajo, porque según ella su patrona nunca la deja sin plata.

El restaurante fue establecido en un lugar por donde trabaja gente pobre que lucha para conseguirse el día a día. Ellas cuentan que hay personas que no tienen los $3.600 entonces se comen la sopa sola, o en otras ocasiones, que llegan sin un peso porque no hicieron nada. Ante esas circunstancias, se miran entre ellas hasta que alguna decide asumir el costo del plato.

—Yo un día tuve hambre, me tocó pedir limosna. ¿Entonces cómo no voy a sentir yo en el corazón el hambre de los demás? –, dice mientras su voz se quiebra, su frente suda y las ollas hierben, cerca de conseguir el punto de cocción perfecta. En su juventud y años de más vitalidad soportó la ley del silencio en el barrio el Picacho, donde fue presidenta de la Junta de Acción Comunal y trabajó con Empresas Públicas poniendo el alcantarillado. Con Luz se puede hablar de todos los temas, incluido la política; está actualizada del acontecer nacional. Seguro que ahora podría tener más comodidades en el complejo mundo político, pero ella eligió al igual que sus compañeras la vida sencilla y plena de ayudar a otros, de ofrecer buena comida a poco costo y alimentos de primera mano. Esa es su vocación, cocinar desde muy temprano para saciar el hambre de muchos.

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Saúl Franco
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