Paz ¿para qué?

Que es el acuerdo de paz más completo, dijo uno. El acontecimiento más importante ocurrido en Colombia en los últimos setenta años, dijo otro. “Una paz histórica” dijo el negro. Que “el último día de la guerra”… ¡con las FARC! debió apuntar alguien más. “Fin de la guerra”, gritan esperanzados muchos. Que ¿cuándo será el primer día en paz? preguntan cautas muchas comunidades, en las que también aguardan para que esa paz firmada para callar los fusiles los incluya a ellos que han sido las víctimas inermes de una violencia que no pidieron, ni iniciaron, ni desean, pero que han padecido y que ha dejado centenares de muertos y desaparecidos; casi siete millones de desplazados, pueblos abandonados, cordones de miseria engrosando las ciudades por gentes salidas del campo, que también en la ciudad padecen la violencia cotidiana del hambre, la exclusión y la desesperanza, conjugada con la guerra impuesta por otros actores armados que apenas aparecen en el radar de la justicia y del Estado como aliados de causa en la generación de un sentido común, basado en el miedo y paranoia para impedir que los de abajo se junten.

Hace mucho tiempo un acontecimiento no reunía tantas voluntades de actores tan diversos en el ámbito internacional, desde Naciones Unidas; en coro los países de América, incluido los Estados Unidos, principal determinador de la doctrina del enemigo interno y de guerra contra el narcotráfico que fielmente han adoptado todos los gobiernos desde mucho antes que nacieran las guerrillas revolucionarias por estos lados. También la Unión Europea y el Papa Francisco quien manifestó estar feliz por esta noticia tras más de cincuenta años de guerra de guerrilla y tanta sangre derramada.

Otros, más agudos han señalado que tan solo falta hacer la paz con el ELN, el EPL, las BACRIM, y hasta con las EPS o con la corrupción. Y qué tal los que sugieren al doctor Uribe y su corte de seguidores fanatizados por el odio y la sed de venganza que por favor se desmovilicen. También están los que apoyan el proceso de diálogo para la terminación del conflicto armado pero no al gobierno, y otros más, muchos más, que creen que la paz comienza el día en que el Estado Social de Derecho proclamado en la constitución de 1991 junto con los Fines Esenciales del Estado y principios tales como la dignidad humana, el bien común, la soberanía popular, la vida y el ecosistema comiencen a ser respetados y tomados como norma viva para el ejercicio del poder político, buscando la eficacia del Estado en la construcción de una sociedad prospera, equitativa, incluyente y justa.

No faltan los escépticos que siguen dudando, a fuerza de tantos fracasos en este camino para hacer la paz, que sea posible el fin del conflicto armado, ni con las FARC-EP que ya dejó sentado a lo largo de estos cuatro años su férrea voluntad de abandonar la guerra como método de lucha a cambio de transitar por los escenarios políticos democráticos en el marco de un Estado Social de Derecho, sin renunciar a su propuestas de cambio; ni con el ELN que pese a múltiples esfuerzos y a su decisión manifiesta de encontrar caminos para dialogar como grupo armado con el gobierno, no logra articulase con este para proseguir en dicho intento.

Otros, no sé si llamarlos “enemigos de la paz”, amigos de la guerra o nombrarlos como la caverna conservadora y fascista, entre los que se incluye cierto procurador partidario de la quema de libros “peligrosos” para la juventud al mejor estilo Nazi, han salido a las calles a realizar marchas y recoger firmas en contra de los acuerdos. Han realizado paros armados y todos los días fustigan con saña fiera desde los aclimatados sets de los grandes medios de comunicación. Todos estos ya están montados en el tinglado para convencernos que lo mejor que le puede pasar a los colombianos es que continúe la guerra, quizás porque así no nos percataremos que la corrupción, la avaricia y el despilfarro están causando más muertes, de niños incluso, como en La Guajira y el Chocó, más destrucción del hábitat y por ende la destrucción del futuro de las generaciones venideras como es el caso de la mega-minería y la explotación forestal a gran escala por parte de transnacionales.

Basta ver que buena parte de quienes ladran furiosos contra el proceso de diálogo se beneficiaron del despojo de cerca de seis millones de hectáreas a campesinos mediante la utilización de los más variados métodos violentos entre los que destacan asesinatos, masacres, desapariciones forzadas y desplazamientos masivos, para entender la razón de tanta bravuconada y de tantas ganas de hacer la guerra con la sangre de hijos ajenos.

Esta guerra les permitiría conservar los privilegios en medio de la peor impunidad a esos que ahora se nombran como terceros de buena fe, pero que en gran parte han sido determinadores, financiadores, actores directos o cómplices del despojo. Por ello recurren al discurso adverso a la paz, le han apostado y hecho esfuerzos ingentes para que los diálogos fracasen. Están empeñados en una suerte de alianza mafiosa cuyo éxito depende de que puedan mantener el control político sobre las instituciones del Estado que han venido cooptando y controlando progresivamente y de la que no se han salvado ni el congreso de la República, ni las Fuerzas Armadas, ni componentes importantes del ejecutivo; ni siquiera la justicia en las altas cortes, en el nivel nacional, ni mucho menos las instituciones del orden territorial han escapado a dicha influencia ejercida mediante la corrupción, el despilfarro y la impunidad puestas al servicio de los intereses de esta élite enemiga del país.

Otra postura es la de aquellas élites que sin duda alguna le han apostado al proceso de paz a bajo costo. Esto es sin grandes transformaciones y “sin comprometer el modelo económico”; de la mega-minería, de la entrega de tierras a grandes inversionistas, preferiblemente foráneos; de la inversión extranjera y los tratados de libre comercio con pérdida de soberanía alimentaria, destrucción del agro y de la industria nacionales. Ah, y claro, ojalá también manteniendo los bajos salarios y las condiciones laborales de tercerización y pauperización de los trabajadores.

De lo que no cabe duda es que la inminente firma del acuerdo con la FARC-EP en La Habana y el muy posible desatranque de los diálogos con el ELN para poner fin al conflicto armado representan una gran oportunidad para que el movimiento social y popular, y los sectores democráticos puedan introducir cambios transcendentales en la vida nacional. Esto, a través de nuevas condiciones como la reforma al sistema electoral y de partidos con financiación de las campañas y mayor control de sus finanzas, aunado a la implementación del voto electrónico y la conformación de un poder electoral dotado de independencia y autonomía presupuestal. También del estatuto de la oposición y regulación de partidos que estimule la participación y la inclusión de sectores sociales y políticos históricamente excluidos.

Así mismo, a través del combate frontal a la corrupción en el marco del proceso de descentralización y desconcentración para el fortalecimiento de las regiones y los municipios, al igual que la elección popular de alcaldes locales, fortalecimiento de las JAL, jueces de paz. Igualmente, la Reforma Rural Integral en su componente de Banco de Tierras y planes específicos para fortalecer la economía campesina y la producción agroalimentaria, junto con la democratización de la propiedad rural. Esto implica además el ordenamiento y/o normalización de la propiedad en especial en aquellas zonas del país donde la violencia ha hecho estragos y facilitar el acceso a la propiedad de la tierra a por lo menos un millón y medio de campesinos sin tierra o con poca tierra.

Esta es una oportunidad para avanzar hacia la profundización de la democracia real y robustecer el poder constituyente primario con cambios sustanciales para construir un país más justo y equitativo, algunos de los cuales tendremos que ganarlos o reforzarlos o quizás “blindarlos” en una eventual Asamblea Nacional Constituyente en cuya tarea debemos esmerarnos desde ya sin dar tregua ni aflojar el paso. “Todos a una”.

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