Doctorcitis aguda

En los últimos meses se ha conocido la adulteración de la hoja de vida del Alcalde de Bogotá con la invención de un largo recorrido académico. Este hecho es endémico entre los políticos colombianos, quienes presumen de poseer un elevado nivel académico y ostentan títulos universitarios que nunca han obtenido.

El culto a los “doctores” en Colombia
Desde el siglo XIX en Colombia se estableció la costumbre de denominar como “doctores” a los miembros de las clases dominantes, una parte de los cuales estudiaba derecho o tenían el título de abogados. De esa forma, se estaba heredando una rancia tradición de la época colonial en que existían los títulos nobiliarios que se compraban como expresión de la “pureza de sangre”. Por ejemplo, se podía adquirir con dinero el apelativo de “Don” o “Doña”, con los que se elevaba el “estatus social” del poseedor. Aunque esos títulos no desaparecieron con la Independencia si fueron perdiendo brillo, y empezaron a ser sustituidos con el de “Doctor”, que se aplicaba principalmente a los abogados. Y en Colombia, como digna herencia del leguleyismo santanderista, nos empezamos a llenar de ese tipo de doctores, que no eran solamente los que tuvieran título de abogados, sino los rábulas, tinterillos y especies similares. Por extensión, el apelativo de “doctor” se le aplicaba a cualquier miembro de las clases dominantes, rurales o urbanas, aunque fuera analfabeta, porque marcaba distancias sociales: era un símbolo de diferencia y de superioridad. Se obligaba a la gente común y corriente a llamar “doctor” al gamonal, al hacendado, al notario, al escribano, al juez, al patrón o simplemente a quien se considerara a sí mismo como superior. Dígame Doctor era, y todavía sigue siendo en muchos lugares del país, la orden de los mandamases, para humillar a los demás y darse una aureola de grandeza.

A nivel académico una ley de 1852 suprimió el grado de bachiller y estipuló los títulos de doctor en Medicina, Jurisprudencia, y Ciencias Eclesiásticas. Durante casi un siglo y medio era la norma denominar como doctor a cualquiera que tuviera un título universitario, principalmente en el campo del derecho. Eso se mantuvo hasta 1980, cuando mediante el Decreto 080 se reglamentaron por primera vez los diversos niveles de estudio en el seno de la universidad, y se estipuló que Doctor es un título académico de formación avanzada, al cual se llega luego de haber superado varios niveles de estudios y elaborar una tesis que contribuya a ampliar un campo del saber.

Falsificaciones de títulos y otras mañas de políticos y arribistas
En la época en que en Colombia cualquier miembro de las clases dominantes o cualquier advenedizo se hacían llamar “Doctor”, sin tener ni siquiera un título profesional, no existía una academia universitaria que exigiera los títulos de Doctorado. Eso sí se hacía en los Estados Unidos y en los algunos países europeos, donde esos eran títulos de nivel superior que se le conferían a aquellas personas que, tras grandes esfuerzos y muchos años de dedicación, elaboraban una tesis original sobre un determinado campo del conocimiento, en la que se realizaba algún aporte significativo al saber humano.

Cuando después de 1980 el apelativo de Doctor se empezó a modificar, por el nuevo sentido que asumió el vocablo -ligado al mundo académico-, los miembros de las clases dominantes criollas no quisieron quedarse atrás y lo han seguido ostentando, ahora camuflado bajo una supuesta formación académica, pero sin realizar ningún esfuerzo ni dedicación especial para escribir una tesis. Ellos quieren seguir siendo los “doctores” de siempre, y la mejor forma de conseguir pergaminos académicos ha sido comprarlos, falsificarlos o presumir de poseer títulos que no se poseen, mediante la adulteración de la información consignada en los currículos personales, en los que se ostentan títulos ficticios de Doctorado o se hacen pasar por doctorados simples pasantías que se han realizado en alguna universidad de Europa o de los Estados Unidos.

Al respecto vale la pena recordar dos casos representativos de la capacidad de mentir y adulterar información por parte de miembros de las clases dominantes, con el objetivo de presentar un palmarés académico que no tienen y así aparecer ante los ojos de la opinión pública como sabios y estudiosos. El asunto alcanza las más altas esferas del poder económico y político, donde se presume de ser Doctor, se adulteran otros títulos académicos, incluso de inferior calidad, o se pretende haber sido “profesor visitante” en prestigiosas universidades del mundo.

Al respecto valga recordar que durante la presidencia de una “inteligencia superior” que rigió a Colombia entre el 2002 y el 2010, en su hoja de vida oficial que se exhibía desde la Casa de Nariño se informaba que el personaje en cuestión había sido “Profesor Asociado de la Universidad de Oxford” (Inglaterra) entre 1998 y 1999 y que había obtenido “una especialización en administración y gerencia de la Universidad de Harvard”. Esas afirmaciones eran falsas, porque no existe ningún programa de especialización en la Universidad de Harvard con ese nombre y tampoco fue profesor visitante, algo imposible porque para eso se requiere el título de PDh (Doctorado), algo que este individuo no ha alcanzado.

Si mentir de este modo se hace desde el primer empleo público de Colombia, no debe sorprender que se haya generalizado inventar y falsear títulos de Maestría y de Doctorado, como lo demuestra lo hecho por Enrique Peñalosa, actual Alcalde de Bogotá. En efecto, este tecnócrata neoliberal que presume de ser un “sabio” en asuntos urbanos lleva décadas - léase bien, décadas - diciendo que es Doctor de la Universidad de París en Administración. Más concretamente, desde 1984 en el libro titulado Democracia y capitalismo, asegura que lo es. Lo significativo es que en esa institución no exista ese doctorado.

Cuando se dieron a conocer las falsedades de los supuestos títulos de Enrique Peñalosa, la Alcaldía de Bogotá salió a desmentir diciendo que este “nunca ha dicho… que tenga un doctorado”. Sin embargo, en una entrevista concedida a un periódico del Brasil, y publicada el 15 de septiembre de 2015, Peñalosa sostuvo con seguridad: “Me gradué como economista e historiador, con un doctorado en París”.

Las mentiras de Enrique Peñalosa no son solamente sobre un supuesto título de Doctorado que no posee, sino también de una pretendida Maestría que nunca hizo. Estas falsificaciones no son simples anécdotas sin importancia, sino que constituyen delitos, puesto que la adulteración en la información se ha hecho con el objetivo de alcanzar un cargo público de elección popular. Esto indica que la información trucada, en la que se ostentan títulos académicos que no se han logrado, buscaba presentarse ante los electores como un personaje con méritos intelectuales de sobra para desempeñar el cargo de Alcalde de la capital de Colombia. En el formato de hoja de vida que Peñalosa llenó para posesionarse como Alcalde de Bogotá, de manera consciente se consigna información falsa, en la que se afirma que este es Doctor. A este delito se le denomina “falsedad ideológica”, y tiene implicaciones administrativas y penales, que, por supuesto, a este tipo “doctores” nunca se les va a aplicar, si recordamos que la justicia (de los otros doctores, de los abogados) es para los de ruana.

En conclusión, el deseo de figurar y de buscar prebendas de algunos personajes los lleva a presentarse como “Doctores”, con la pretensión de mostrarse como “intelectuales”, “académicos”, “investigadores” o “pensadores”. Igual que en el siglo XIX, de este tipo de doctores ficticios y arribistas académicos –tipo Enrique Peñalosa– está lleno Colombia.

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Renan Vega Cantor
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