El agua santa de una mujer lavandera

“Sigue lavando, lavando la lavandera inmolada, sigue lavando, lavando al final de la quebrada…ella sigue sentada en el filo de la quebrada, con el agua brillante de tanto lavar y lavar”.
Garzón y Collazos

Año 2012. La matrona me muestra su cédula, el documento dice: María Angélica Saldarriaga Ríos, nacida en Medellín un 19 de abril de 1904. Y compruebo que es verdad, tiene 108 años, de los cuales fue lavandera durante treinta y cinco años.

Cuando llegué a su casa ubicada en el corregimiento Santa Elena de Medellín, me adentré en un lugar acogedor, por la sombra que hacen los árboles, las enredaderas y flores nativas, y los pollitos detrás de las gallinas. Se formó una pintura cuando apareció ella, mujer campesina enderezada y modesta, con delantal y pañuelito impecablemente blanco, falda larga y zapatos cómodos. Con una sonrisa amplia me saluda: buenos días amor ¿cómo está? entre, bien pueda y siga.
Recuenta con regocijo que tuvo doce hijos, diez que sobrevivieron y dos que perdió; estuvo casada con Adán de Jesús Alzate, quien trabajó por treinta y tres años en las Empresas Públicas de Medellín, “por eso vivíamos en casas de las Empresas, ahí críe a mis hijos; también lavé un poco, por treinta y cinco años nada más. Ella es Luz Elena mi hija –dice señalando a una señora de 38 años–, nunca se ha separado de mí y me acompaña desde siempre”. También vive con Jovan Felipe, su bisnieto, hijo de su nieta Ana Lucía, a quien crió. Ahora tiene trece años, me explica: se va donde la mamá a coger el estudio toda la semana y regresa nuevamente los sábados. Hace veintidós años es viuda y por eso tiene una pequeña pensión. Tiene, cuenta con sus manos, más de setenta y cinco nietos, treinta y cinco biznietos, y no sabe cuántos tataranietos, porque son muchos.

María Angélica narra cómo lavaba: “hacía un murito de madera, como una batea, cogía una piedra grande y ahuecada en la mitad, –todavía la tiene en su casa y me la muestra–, la piedra tiene 100 años. Cuando lavaba la ropa, la colocaba en un llanito que me prestaba y autorizaba el doctor Giraldo de las Empresas, porque sin su permiso no lo podía hacer, y allí asoleaba la ropa y la ponía al sereno para que blanqueara, eran casi siempre camisas blancas, usaban pecheras, puños y cuellos blancos que yo almidonaba, porque eran de doctores de leyes y de medicina. Cuando lavaba ropa oscura y pantalones gruesos lo hacía con una media y la untaba de jabón, que eran barras blancas y largas, con las medias untadas de jabón refregaba la ropa, hasta dejarla limpiecita”.

Allí donde lavaba era abundante el agua de las quebradas cercanas y hacía un charquito separado con piedras, para detener el agua y poder lavar. Separaba el agua para los riegos y el agua limpia para los alimentos, se preocupaba mucho para que el agua se utilizara bien, la colocaba en vasijas que había que cargar, porque no había ni mangueras, ni acueducto, ni nada por el estilo. Cuando había manchas le echaba una frutita azul, lo que llamaban azul de metileno o de Prusia, y entonces la mancha se desaparecía en un instante.

“Lavaba por docenas y las llevaba a Medellín; cobraba dos pesos por cada una, siquiera el mercado era muy barato, como los huevos a cinco centavos, y alcanzaba para todo; luego subió a cuatro pesos la docena. Entonces las sobre sábanas y las colchas las cobraba según el peso, por ejemplo, tres por una, o dos por una y así de acuerdo al tamaño de la pieza, ya que el valor de una pieza era muy barato, pero con esa plata nos alcanzaba para comprar muchas cosas”, dice María Angélica.


Cuando ella lavaba la ropa, recuenta, la empacaba en costales muy limpios, bajaba la carga de doce docenas en dos bestias por camino de herradura, por trochas, por el Cartucho, buscando senderos, porque no había carreteras; del mismo modo la ropa planchada, porque también planchaba, como lo explicaba, almidonando los cuellos, los puños y pecheras. “La ropa planchada la montaba en mi cabeza; como veinte docenas. La bajaba por ahí por donde está la tienda El Rosario, que eran puras mangas, y de ahí subía y bajaba pero no tenía que ir a Santa Elena”. Esos caminos eran los caminos de los arrieros, por ahí llegaba al Parque de Bolívar donde vivía toda la gente rica de Medellín y allí amarraba las bestias mientras volvía; iba al edificio los Búcaros, a las Torres, y a otros edificios, a entregar ropa.

“Todavía lavo ropita y le ayudo a Luz Elena, mi hija la que le presenté ahorita, le ayudo en la cocina y no me da pereza, solo que me siento muy ciega y muy triste, porque tengo un terigio en este ojo que no me pueden operar”. Dice además, sentirse muy orgullosa de su oficio de lavandera. Las señoras a las que les lavaba la querían mucho y la socorrían con ropita. Cuando hubo carretera por fin, bajaba en bus escalera, y en ese entonces guardaba la ropa en la calle Guarne, por un puente que existía”.

María Angélica llegó a un punto de la vida sin preocupaciones, dejando ver y sentir su paz. Hay vivencias que solo se pueden entender a cierta edad y no antes, entre éstas, el vínculo y la conexión de las mujeres con la casa, y todo se va hilvanando y urdiendo, porque de igual modo María Angélica me recuerda el encuentro perfecto entre la prosperidad y la naturaleza de la supervivencia. Ella, una mujer de 108 años absolutamente lúcida y prudente, por todo lo que ha vivido.

No lo dudo, esta reminiscencia nos debe seducir a buscar señales y puntos de encuentro con las relaciones que atañen redes, que entretejen las mujeres, y por ello no solamente me he ocupado del pasado como complacencia, sino como rescate de la memoria, porque recordar significa, en este caso, pasar por el corazón de las mujeres, o del mismo modo por manos callosas y laboriosas que con la magia del agua, hicieron de una labor el servicio a la humanidad como fuente de vida y de sustento para su familia. Ese recuerdo irrumpe para ir y volver donde el corazón me ha llevado: al agua santa de esta mujer lavandera.

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Maria Isabel Giraldo
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