La casa retumba

8,2 kilómetros es lo que la concesión Túnel Aburrá-Oriente debe romper de la montaña para unir el Valle de San Nicolás con el Valle de Aburrá, solo para que los viajeros ahorren entre 18 y 20 minutos. Pero estos minutos parecen ser más importantes que los cientos de árboles que serían talados, y el riesgo que correría la fauna y la flora, con especies únicas y escasas, según explica la Corporación Penca de Sábila. Encima de todo, el agua de la que bebe y vive el corregimiento de Santa Elena se puede ir literalmente por el Túnel, dejando a los habitantes secos y amenazando la principal actividad del corregimiento: la floricultura.

Sobre el daño ambiental provocado por los trabajos que se han realizado se ha escrito bastante, pero realmente se ha contado poco sobre el daño que está generando a los habitantes cercanos. Para la comunidad vecina al Túnel de Oriente y para las organizaciones ambientalistas este proyecto no es necesario, pues ya existen cinco vías para ir desde Medellín hasta el aeropuerto José María Córdova de Rionegro, vías que al parecer son ineficientes en el diseño y en el mantenimiento, porque de lo contrario no necesitarían otro acceso para poder unir los dos Valles.

Una de esas vías es la de Santa Elena que conecta el corregimiento desde la carrera 48 Ayacucho en el centro de Medellín, una carretera estrecha y con curvas parecidas a las que salen en los video juegos de carreras automovilísticas; a sus costados hay casas sencillas, y una que otra finca con familias que se han levantado en la tranquilidad que les da el campo y la facilidad que les da la cercanía a la ciudad. Sus únicas preocupaciones por algunos años era la guerra que había entre las bandas delincuenciales del barrio 8 de Marzo y los de La Sierra, que en ocasiones se iban por la vía para meterse al barrio vecino.

Pero desde hace algunos años eso quedó en el pasado, vivían tranquilos; las balaceras que solían oír a algunos kilómetros, los petardos y el ladrido de los perros en la noche quedaron atrás; hasta que la Concesión Túnel de Oriente empezó a escavar la montaña, a reventarla con explosiones de dinamita, que los despierta a cualquier hora de la madrugada.

–Eso lo pueden detonar a las 10 de la noche, o a las 3 de la mañana, no hay hora fija–, asegura Rodrigo Tabares habitante de la zona quien nació y se crió cerca a la vereda Media Luna y levantó a sus hijos. El hombre de altura media y barba rasurada muestra cómo el techo de su casa, donde también queda su tienda, le ha ido abriendo paso a la luz y a la lluvia con cada explosión que hacen a menos de un kilómetro. Don Rodrigo, al igual que los otros vecinos, ha hablado con representantes de la concesión pero sus respuestas son evasivas y mentirosas, según cuenta.

—Ellos dicen que las tejas se han corrido porque los carros que pasan por la vía van moviendo la tierra y así van sacudiendo los muros y el techo se corre, y que por ese mismo motivo se han generado las grietas en los muros­–. Dice mientras pone algunas papas rellenas a calentar para un cliente y saca unos refrescos de la nevera. Él sabe que en más de 30 años que ha estado en esa casa los daños por deterioro del tiempo no se presentaban así de un momento a otro y menos en el techo.

Aunque su rostro muestra a un hombre tranquilo y paciente, cuando habla sobre la actitud de los ingenieros de la concesión sobre los reclamos de la comunidad su ceño fruncido delata la molestia y el enojo por la situación. –Para ellos todos los daños en las casas, la contaminación del agua y la muerte de algunos animales son culpa de otros. Del tránsito en la vía, de la sequía, de los dueños, pero no de ellos–. Asegura sentado en una banca de madera a unos metros de la vía, y justo al frente de una calle que permite la integración de las volquetas que salen de la obra para la carretera de Santa Elena, vehículos que por su peso y tamaño tienen prohibido circular por esa zona.

Más abajo yendo al centro de Medellín, una familia que cría conejos ha perdido más de 10 camadas con las detonaciones, pues los conejos se estresan por el ruido y abortan. Los gazapos o crías de conejos que logra nacer, son aturdidos por las explosiones.

Juan David Ramírez vive hace dos años en la zona y es quien está más pendiente de los conejos. Mientras nos muestra las jaulas grandes de los conejos nos dice:
–El 25 de abril nos levantamos y encontramos varios conejos muertos, hasta los grandes han muerto. No hay razón porque ellos tienen comida, agua, los habíamos inyectado y todo. Y esa noche habían hecho explosiones–.

Juan David asegura que llevó las fotos a los ingenieros y se hicieron los de oídos sordos. Cuando se enteraron que se había deshecho de las crías, lo buscaron para decirle que le enseñara los animales para hacerles un estudio y él les dijo que ya no los tenía y con eso se lavaron las manos.

Juan David también nos enseña los tanques en los que tenían agua y afirma que cuando hay detonaciones se ensucian y huele a pólvora. Ingresamos a la casa, una parte que remodelaron para estar más seguros, pues la casa vieja se convirtió en un peligro para los habitantes, particularmente, para los más pequeños. Los perros también sufren con las explosiones inesperadas, –cuando eso explota los perros se ponen inquietos, con miedo y nos toca levantarnos para que ellos se tranquilicen–, dice Juan David.

Ellos son solo dos familias de las afectadas con este proyecto que para Javier Márquez, funcionario de la corporación Penca de Sábila, es un negocio financiado con dineros públicos para beneficio de los privados; es en suma un proyecto ilegal, realizado en contra de la voluntad de la comunidad, que por cierto tendrá que pagar por él dos veces: una por la valorización de sus propiedades y dos por los peajes que deberán cancelar si quieren transitar por donde antes caminaban libremente. Solo carros particulares circularían, pues hasta el momento no se habla de un sistema de transporte masivo para unir los valles; solo se sabe del Túnel y sus peajes.

Las casas retumbarán tal vez hasta el año 2018, fecha en la que se espera que se entregue la obra. Mientras tanto ellos duermen con la certeza de que su sueño será interrumpido, ya no por los grupos delincuenciales que se peleaban un territorio, sino por las concesiones que se quedaron con la montaña, la privatizaron, la tallaron y la talaron para el
negocio.

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Saúl Franco
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