La resistencia de los cantos y las ollas

Cinco mujeres chocoanas encontraron la forma de resistir a la crueldad del desplazamiento forzado, mediante el avivamiento de los cantos tradicionales del Pacífico Norte, la conservación de la cocina de su región y la defensa de los derechos humanos. Sus voces entonan sus historias de vida y sus imaginarios de futuro. Estos son sus testimonios.

 

Ana Escolástica Ríos Hinestrosa fue la niña mimada de su abuela. Una traviesa que cuando pequeña se escapaba al monte a recoger leña y se robaba pedacitos de masa de arepa para aprender a amasar. Una mujer que después de parir doce hijos, de cultivar su tierra y de preparar una y otra vez su receta favorita, terminó en Medellín desplazada. Hoy a sus sesenta y seis años Ana Escolástica conserva en un su mente y corazón los recuerdos alegres de aquella niña y las tristes añoranzas de la mujer que tiene que conformarse con evocar a Chocó con sus cantos, con su comida, desde Medellín, porque a su tierra teme regresar.

Lo más doloroso de llegar a Medellín es sentir que uno no es igual… la gente como que no considera que uno viene de partes lejanas y viene en malas condiciones, algunos, porque no son todos. Yo pensaba: así me maten me quiero devolver”, Ana Escolástica Ríos.

María Elvia Mosquera, a los trece años quiso vivir en Medellín, buscando trabajos domésticos para ayudar a su mamá en Chocó. Oriunda de Santa Rita Idó, tiene las manos largas, casi siempre tras la espalda cuando canta. Su voz es uno de sus mayores encantos. Casi no ríe, pero al cantar parece que resonara en las carcajadas de alegría que alborota su cultura. “Para mí cantar es sanar, cuando canto se me olvida el dolor”, dice. Fue desplazada de Chocó y luego redesplazada del barrio Enciso de Medellín, hacia el corregimiento de Altavista. Su única forma de decirle NO a la guerra ha sido resistiéndose a comer más pescado del que comen comúnmente en Medellín y cantando sus alabaos en la capital antioqueña.

“A mí me ha servido mucho cantar, porque cuando canto no me duele tanto, se me borra un poquito tanto sufrimiento”, María Elvia Mosquera.

Yolanda Perea Mosquera, de cabello trenzado hasta la cintura y vestidos siempre largos y coloridos, vino de Río Sucio Chocó asediada por la persecución de un fantasma. A los once años sufrió abuso sexual y su reacción fue contarle su madre. Cuando su madre le reclamó a los perpetradores, ellos la asesinaron brutalmente. Como negando la realidad, todos acusaron a Yolanda de hablar de más: le impusieron la carga de la muerte de su madre, le impusieron la marca del silencio. No solo la condenó su familia, también sus abusadores, quienes la persiguieron por muchos años. Pese a todo, ella aprendió a no callar y no solo por ella, sino por otros. Hoy es defensora de Derechos Humanos y adelanta la labor de una organización para el legado de su madre, quien además fue fundadora de una escuela en Río Sucio, Chocó.

“Cuando uno entiende todo lo que ha sufrido su pueblo, entonces uno comienza a hacer acciones a las que otros se van uniendo de a poco”, Yolanda Perea Mosquera.

Esneda Quinto es contadora, enfermera, cantaora y líder. Le gusta tanto el orégano en las comidas que explica que tiene una fusión culinaria entre el Pacífico Norte, la Costa Atlántica y la región antioqueña. Ella lidera el grupo Memoria Chocoana, en el que se canta, se cocina y se conversa. “Canto para que otros se acerquen a nosotras, porque la música nos une como seres humanos”, dice, mientras su delgado cuerpo intenta desplegar todo el amor maternal que contiene hacia su pequeño José David.

“Usted escucha unos tambores y puede ser un negro el que esté tocando, pero no le importa, lo que lo llama es el sonido, no quien lo produce. Eso hacemos cuando cantamos, que otros se acerquen a nosotras y conozcan nuestra cultura”, Esneda Quinto.

Sol Mena, una mujer que le tocó afrontar el peso del desplazamiento en su condición de viuda y con siete hijos, hoy, en Medellín, vive sola. Hablar de sus hijos se le dificulta, recordar su vida en el Chocó cuando la minería era su labor, no es fácil. Para ella, pertenecer al grupo Memoria Chocoana le ha ayudado a reconocerse como parte de un colectivo.

Lo que Ana, Elvia, Yolanda, Esneda y Sol tienen en común, es que vienen de un territorio atravesado por el Atrato, una arteria fluvial que nutre la tierra y los pies de las mujeres para que bailen al ritmo de sus palmas, de sus voces, de sus odios y sus amores. Un lugar que a pesar de ser esclavizado, excluido, saqueado, damnificado y desplazado, conserva todavía la alegría de su gente.

Esto es Chocó, una mixtura de olores, sabores y sonidos de la tierra que sobrevive, desde la lejanía y la dureza del cemento antioqueño, en los corazones de quienes tocan tambores, de quienes alzan sus voces para contar una historia, de quienes perseveran en comer solo pescado con plátano y ñame, de quienes cargan con el peso de décadas de olvido, injusticias, abusos, compadrazgo, solidaridad y afecto. La conservación de las prácticas culturales en espacios de residencia de comunidades desplazadas, es un ejercicio de la memoria que emana de los pueblos y que contribuye, en un posible proceso de postconflicto, a la no revictimización y la no repetición de las violencias.

Pese a que el desarraigo despoja a las comunidades afrodescendientes de todo cuanto poseen, es en este marco de violencia y desplazamiento en el que se comprueba que la cocina y el canto son prácticas culturales inalienables a las mujeres chocoanas. Aunque los grupos armados muestran a las comunidades que ni siquiera los templos, las matronas o los ancestros pueden protegerlos de la guerra y las obligan a partir, el ejercicio de estas prácticas les permite a las mujeres contar relatos, historias de su pasado, realidades de su presente y anhelos de su futuro. Sus sufrimientos y sus alegrías se inscriben en su cuerpo, un cuerpo que se convierte en un recipiente cultural, a través del cual sazonan y musicalizan el reconocimiento de su cultura en un territorio ajeno.

Cantar es para las mujeres abrir la esperanza de la sanación, alzar una voz colectiva para salir del anonimato; cocinar es crear con las manos el futuro diario de sus hijos, no solo para que coman, sino para que se alimenten de la carga cultural que resiste tras la olla de Bocachico.

Share this article

About Author

Daniela Ruíz
Leave a comment

Make sure you enter the (*) required information where indicated. HTML code is not allowed.

Nosotros

Periferia es un grupo de amigos y amigas comprometidos con la transformación de esta sociedad, a través de la comunicación popular y alternativa en todo el territorio colombiano.

 

Por ello comprendemos que la construcción de una sociedad mejor es un proceso que no se agota nunca, y sabemos qué tanto avanzamos en él en la medida en que las comunidades organizadas fluyan como protagonista. Es en este terreno donde cobra siempre importancia la comunicación popular.

últimas publicaciones

Contacto

Medellín - Antioquia - Colombia

 

Calle 50 #46-36 of. 504

 

(4) 231 08 42

 

periferiaprensaalternativa@gmail.com

 

Bono solidario

o también puede acercarse a nuestra oficina principal en la ciudad de Medellín, Edificio Furatena (calle 50 #46 - 36, oficina 504) y por su aporte solidario reciba un ejemplar del periódico Periferia y un libro de Crónicas de la Periferia.