Miércoles, 20 Abril 2016 00:00

Rosa, voceadora en las laderas

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Rosa frota sus débiles manos para ahuyentar el frío que sube a través de sus pies morados por una ulcera varicosa y penetra su cuerpo magullado por los años de excesivo trabajo. Su cuerpo fue operado para extraerle una masa benigna, y esto le ocasiono un paro cardiaco. Ella ha sido conocida como una mujer fuerte y fraterna. Es una voceadora que ha dedicado 27 años de su vida a vender diarios y periódicos en la ciudad, caminó las laderas de la Comuna 8 entregando la prensa a sus clientes quienes en su mayoría viven por el barrio Las Estancias, Caicedo y Villa Liliam. Era común verla reposando en media loma, apoyada en su bastón, bajo el intenso sol para seguir su camino; la mayoría de los conductores de las busetas de Caicedo y La Sierra le daban un empujón que terminaba con su agobio y su cansancio. Sentada en el mismo lugar donde hace 26 años recibió la noticia del asesinato de su hijo por milicianos en el barrio Antioquia, por no unírseles, Doña Rosa Elena Mira, nos cuenta su historia como trabajadora, madre y persona con movilidad reducida.  

Antes de ser una pregonera de prensa, trabajaba como empleada del servicio en una casa, después aseaba una academia de baile, al tiempo que hacía y vendía frituras para sus patronos, hasta que quebraron. De esos empleos no le quedó ni un peso por cuenta de pensiones, a pesar de que logró ser afiliada al seguro; acabó su salud al beneficio de otros y a ella solo le queda el dolor de sus enfermedades por el afán que da el hambre y la firme idea de no depender de nadie. Su único consuelo es su otro hijo de 49 años quien también ha sido afectado  a causa del narcotráfico y la explotación laboral.

Doña Rosa empezó a trabajar como voceadora con un capital prestado, porque las agencias no dan en consignación, así que compro en Serviprensa diferentes ejemplares de los periódicos y se fue a vender de casa en casa. Desde las 4 de la mañana salía de la casa a recoger los periódicos y con los que más trabajaba era con El Colombiano, La chiva ahora el Q' Hubo, El Tiempo, El Espacio y El Espectador. El mejor día era los domingos y conseguía hasta con que mercar, pero las ventas tenían que ser altas, porque ninguno le daba, ni le da, más de 500 pesos; realmente en los últimos años ella ha podido vivir es de la solidaridad y caridad de sus lectores y vecinos, más que de las ganancias de la prensa.

Mientras conversa sentada en una silla y cerca de su caminador, ve a los niños del vecindario jugar por una rampla en la que en otrora veía desfilar, a toda prisa, hombres armados al servicio de milicias y paramilitares. De repente Rosa se queda en silencio, inclina su cabeza como quien busca entender mejor lo que pasa y oímos que su hijo golpea con fuerza algún objeto de pasta; una vez sabe que no sucede nada, habla  en voz baja:

“Él es especial. Cuando tenía 18 años una mujer lo enamoró y lo arregló, todo lo que ganaba se lo daba a ella. Él no ha podido superar eso a pesar de haber estado en el hospital mental más de tres veces. Dejó de trabajar, se la pasaba calle arriba y calle abajo. De tanta confusión  se entregó a la droga, se dejó convencer de unos ladrones y terminó robando, con tan mala suerte que un día les cayó la policía y solo lo cogieron a él. Y a pesar de probar su enfermedad, los médicos legistas y los jueces lo mandaron a una cárcel en Acacías, Meta, y de allá salió más enfermo, tanto que se perdió, no recordaba dónde vivía. La familia que lo recogió, le pedía casi todos los días que anotara los números de teléfonos que él sabía y  llamaban a preguntar que si lo conocían, hasta que por fin dieron con el número telefónico de la casa de unos familiares del barrio trinidad y así regresó”.

El hombre pasa por la sala haciendo pucheros y renegando, Doña Rosa va con la mirada donde él y regresa. Él da unas patadas a un muro y caen dos pedazos de adobe.   

­— ¿Oiga que va a hacer? ¿Va a tumbar la puerta? -Grita con una voz fuerte que no parece salir de su cuerpo- Recoja eso, vea que ya tumbó la puerta.

Doña Rosa aprendió a leer cuando ya pasaba los 20 años, en una escuela del barrio Trinidad, en compañía de niños. Sus recuerdos de esa época no son muy claros, pero sí tiene imágenes gratas como cuando la profesora le decía que aprendiera primero que todo a firmar. Con las matemáticas ha tenido una experiencia dura, sus sumas y restas claras,  solo se dan en la práctica; sumar o restar números en el papel no se le da muy bien, pero se ha sabido defender con su trabajo de voceadora.

A Doña Rosa no le tocó la época en la que los voceadores gritaban los titulares de la prensa; lo más parecido que le ha tocado es el de gritar el nombre del medio. Tampoco pasa entre filas de carros en la vía como lo hacen muchos, ella mantiene un lugar fijo en las escalas de la Iglesia Nuestra Señora de los Dolores en Villa Liliam parte baja, o Las Estancias para otros. Para entregarles a sus lectores los encargos tiene una ruta fija desde hace años. Ella es el puente, el medio que le ahorra a los clientes y a las empresas de los diarios dinero, tiempo y logística, con lo que consigue escasamente unos pesos comer algo antes de irse a dormir.

A cambio de dedicar su vida y su salud no ha recibido más que algunas gorras, delantales, uno que otro morral con publicidad del medio, y alguna invitación a una fiesta, cosas que a ella le parecen bien y suficiente porque ignora la importancia de su trabajo para las empresas editoras de prensa, quienes se han valido de estas personas en situaciones económicas difíciles.

De caminar y caminar por las laderas entregando el periódico a ella solo le ha quedado la ulcera varicosa, una mano quebrada e inútil que un bus le dejó por arrancar sin precauciones cuando ella  atravesaba la calle;  y también le queda una que otra mano amiga que la ha socorrido en momentos trágicos. Doña Rosa ahora y después de 18 meses de estar hospitalizada, regresa de nuevo a trabajar con dinero prestado a las gradas del Templo Nuestra Señora de los Dolores, donde grita:  +

“¡El Colombiano, El Q'Hubo, El Mundo, El Tiempo!”- a viva voz, mientras su cuerpo se duerme, deseando que no sea más la caridad quien le dé de comer, sino la justicia, así sea la divina.

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