Miércoles, 20 Abril 2016 00:00

Nada para la guerra

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Quiero traer a colación este párrafo de cien años de soledad, que nos relata en parte lo que hemos vivido las mujeres milenariamente: “La crónica de los Buendía, acumula una gran cantidad de episodios fantásticos, divertidos y violentos, y la de Macondo, desde su fundación hasta su fin, representan el ciclo completo de una cultura y un mundo. El clima de violencia en el que se desarrollan sus personajes es el que marca la soledad que los caracteriza, provocada más por las condiciones de vida que por las angustias existenciales del individuo”.

La soledad que marca a las mujeres con las que he conversado y escuchado, además de sus condiciones precarias de existencia, se suma a la situación de violencia en que les ha tocado vivir, ya que es un cuerpo femenino el que sufre, reducido por las circunstancias que pasan,  como es  la muerte violenta de sus hijos, esposos, y/o padres; pero además son discriminadas por la estructura de poder  y de género,  usado por la colonización y hegemonía del mundo. La mujer más que nadie es dominada y subyugada, y esto atraviesa la historia del movimiento social de mujeres y de la humanidad.

Las historias de las víctimas se usan como principal argumento para la guerra. Pero en verdad son el principal argumento para la Paz; esta frase fue dicha en la mesa de diálogos en La Habana por una víctima, a sus victimarios. Es muy contundente empezar a entender las posturas de las mujeres en este proceso del “pos conflicto”, que más pudiéramos decir, es de  pos-acuerdo ya que entramos en diálogos y propuestas, y seguramente el conflicto no terminará.

Casi todos los testimonios de las Mujeres víctimas, tienen características de lucha, como la resistencia a la guerra, la búsqueda de la Paz en todos los rincones,  donde se colocan nuestras huellas diarias, y el caminar hacia el reconocimiento, porque la exclusión permanente de ser sujetas políticas marcó mucho, pues no éramos escuchadas en nuestras prácticas históricas de paz,  y a la vez, la participación política y social era incipiente; por esto ahora como constructoras con voz,  cuerpo, mente y letra de mujer hacemos que esta realidad sea mirada con lente diferencial, porque hemos aprendido de las experiencias del mundo a hacer de la  noviolencia una forma de vida.

Los rostros de las mujeres tienen una mirada infalible, pero la misma sensación de esperanza, más que de desesperanza. La resistencia, la capacidad de sobreponerse a las atrocidades y la lucha por la sobrevivencia, son aportes de las mujeres en la defensa de la vida, en este contexto de guerra interna que desde hace cinco décadas tiene lugar en el país.

Vemos que cada vivencia es única e irrepetible, tiene alma de Mujer, es un ejemplo de entereza y de coraje, como la de Fabiola Lalinde, con su operación Sirirí, incansable hasta dar con su hijo y señalarle al Estado su obligación a la verdad, justicia y reparación; lo mismo la de Teresita Gaviria una de las madres de la Candelaria,  que perseverante repica junto con las campanas de la iglesia cada miércoles su pedacito de historia, que guarda en la memoria con afán de que su hijo sea recordado y no olvidado. O Manuela, quien me dice cansada, con desánimo y sin rabia, que no sabe ni volvió a ver a su esposo nunca más,  desde aquel día que salió con su desayunito que ella le empacó para irse  a la fábrica donde trabajaba.


Pero no solo la guerra ha dejado muertos; la muerte llega sin estar en ella, es una simple paradoja, pero es una realidad que pasa en Colombia, como en ningún país del mundo. Es simple y llanamente unir pedazo a pedazo las memorias de cada mujer que ha sido víctima, de paramilitares, de la guerrilla, de bandas de sicarios, de muchos victimarios que no se conocen; porque  con las que he dialogado, de casi todas las edades, sus relatos  señalan la manera de romper el círculo de la violencia, vienen intentando  resarcirse de la miseria que deja la guerra para reinventarse la Paz, recuperando ese tejido social tan necesario. Simbólicamente hablando es hacer la colcha de retazos, y al unirla, colocar el poder de convicción que nos caracteriza; solo necesitamos creer en ellas,  es decir en nosotras, para la reconstrucción de la verdad, ya que con la guerra nada.

Encuentro estas cifras que suministra la Unidad de Víctimas,  que son aterradoras. Hasta este momento hay 3.657.438 mujeres que han sido reconocidas como afectadas personalmente en el marco del conflicto armado. Eso significa, ni más ni menos, “que más del 50 por ciento del total de víctimas son mujeres”, dice al periódico El Tiempo Gabriel Bustamante Peña, subdirector de la Unidad de Victimas.
Sigue informando el señor Bustamante, de ellas, más de 3 millones fueron desplazadas a la fuerza de sus pueblos, veredas y hogares. Otras 440.000 han sido asesinadas. La lista es sobrecogedora: siguen luego las amenazadas, las torturadas, las que desaparecieron sin dejar rastro, las niñas y adolescentes reclutadas a la fuerza, las mutiladas por minas explosivas, las secuestradas.

Y termino comentando que el mayor número de desplazamientos se ha cometido en Antioquia, contra 528.626 mujeres, que son el 14.5 % del total. Le siguen dos departamentos de la región Caribe: Magdalena, con 226.000 víctimas, y Bolívar, con 223.000. En cuarto lugar aparece Nariño. El quinto es Cesar.

Trato de hacer que este recuento, a pesar de los pesares, sea elocuente,  pensando en mi rostro de Mujer y la ojeada a esta Colombia desangrada -porque este cielo no me ha abandonado jamás- para inventarnos desde nuestra vida cotidiana una solución pacifica de los conflictos y “el derecho a vivir sin miedo”, como lo dicen las mujeres de María la Baja, al pie de los Montes de María, en el centro de Bolívar.

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